Neurociencia y educación virtual: la emoción de aprender

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No cabe duda de que la tecnología ha irrumpido en positivo en la educación. Pero, así como ella, la neurociencia empieza a abrirse paso desde los enfoques neuroeducativos, y si bien ya se han dado algunos estudios relacionando neurociencia y tecnología en los campos educativos, estos aún son breves aproximaciones a, imagino, un campo que será vital en la educación de los próximos años.

A la luz de la ciencia, hoy no cabe la menor duda respecto a que se debe entender qué es lo que pasa en el cerebro de las personas para asegurar aprendizajes significativos. Saber que esos primeros años son esenciales para el aprendizaje ya que nos encontramos ante una multiplicación de neuronas en intensas conexiones sinápticas.

Cuando tratamos de relacionar el aprendizaje virtual con la neurociencia, uno de los puntos primarios que apareció fue el de la emoción: el de maximizar las emociones positivas, pero nos chocamos contra la pared de la desmotivación y el aburrimiento.

La doctora Marcela Garrido Díaz, en su libro Neurociencias y educación, explica que las emociones y la enseñanza-aprendizaje tienen una relación tan estrecha que ya se ha comprobado que la información se procesa emocionalmente y luego de manera racional. Por ejemplo, si entendemos al orgullo como una emoción esta deviene directamente de la motivación que en un aprendizaje virtual es más que relevante.

Los estudios neuroeducativos explican que el cerebro tiene una capacidad de adaptación a diferentes niveles e incluso de manera simultánea, pero que esto se marca por las relaciones sociales que siempre apuntarán a buscar un sentido que en el proceso educativo podrían ser nuestras metas o valores. Esto último nos lleva a que como docentes apuntemos a que los alumnos formulen sus pautas de entendimiento en un clima óptimo de aprendizaje para que los hemisferios funcionen de manera global e “interactúen”.

La neurociencia también ya ha fijado los dos tipos de atención que poseemos los seres humanos: la localizada u objetiva y la periférica o subjetiva, y entendiendo que gran parte de la comprensión se da después y de forma inconsciente, debemos apuntar a metodologías que refuercen esa memoria espacial/autobiográfica y moldee esa “plasticidad cerebral” a lo largo del tiempo en un ambiente amable, un entorno sano y esa herencia genética que cargamos con nosotros desde nuestro nacimiento.

Ahora somos conscientes que el aprendizaje virtual (una realidad en todas las universidades del mundo) aún no logra potenciar al 100% todas las virtudes que tiene, y si lo intentamos sostener con la neurociencia podríamos encontrar algunas propuestas de mejora para los ya sabidos puntos en contra que se le adjudica a la educación virtual.

Ese choque frustrante contra la tecnología desconocida o la administración burocrática e incluso la retroalimentación que nunca llega, generando más ansiedad por no tener el control, la incomunicación y esas fechas límites que siempre llegan antes. La vergüenza ante la exposición a los desconocidos, aunque el entusiasmo que genera el experimentar con nuevas formas de aprender, entrar en contacto con alumnos e incluso profesionales afines a uno y el orgullo que lleva culminar de manera positiva, siendo reconocido por nuestro esfuerzo, creo que es la más dulce recompensa.

Como vemos, nos adentramos en un nuevo terreno que brinda el aprendizaje y tomamos las herramientas que nos ofrece este nuevo mundo: endemoniadamente globalizado y conectado, pero también buscando a ese nuevo ser humano y rescatándolo desde sus emociones más íntimas.

*Este post es una colaboración de Renato Salas, docente del Departamento de Humanidades de la Universidad Privada del Norte.

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