El placer de la lectura o lo que Finlandia nos enseña

el placer de la lectura o lo que finlandia nos enseña

Como profesor universitario, he pasado muchas horas y años pensando en los libros con cuyas historias o temas pudiera de pronto, como por arte de magia, hacer de mis estudiantes lectores asiduos o, al menos, motivados y dispuestos a terminar su novela obligatoria. Iluso yo, como siempre, creía que todo se reducía a una idea tomada por mí como un dogma: “Se aprende a leer leyendo”. Mentira. Con el tiempo me he dado cuenta que lo peor que podemos hacer para iniciar en la lectura a un joven estudiante es darle un libro.

La lectura, entendida en su nivel básico y elemental como desciframiento de señales o indicios percibidos por los sentidos, es propio de todo ser vivo. Las aves leen su entorno para interpretar las señales de la vida; por ello, estimuladas por las huellas del mundo, cazan su presa, huyen del depredador, se refugian de la tormenta cercana, migran a lugares cálidos, evitan el espacio ajeno, se aparean. Cada una de sus acciones es producto de la lectura vital de su mundo. De igual manera, el ser humano, animal en esencia, participa de esta dimensión de la lectura: interpreta los gestos de amistad o rechazo, el lenguaje de los colores y la forma de nuestro vestir, el aroma del miedo o del sexo, el rictus de furia o de perdón. Leemos infinidad de signos y señales.

La lectura, como interpretación de los signos del entorno, es innato en el hombre o, al menos, su consolidación es mucho más antigua que la lectura de grafías. En comparación a las primitivas herramientas que inventaron los primeros homínidos hace aproximadamente 6 millones de años o más, la escritura (en sus diversas variantes: fonética, pictográfica, ideográfica, jeroglífica, etc.) es una tecnología muy reciente, 6000 años antes de Cristo. Es por eso que todavía no ocupa un lugar privilegiado en el cerebro de nuestra especie.

La evolución no tuvo tiempo de desarrollar circuitos especializados de lectura para el homo sapiens. Nuestro cerebro está construido sobre el mapa genético que les permitió sobrevivir a nuestros ancestros cazadores y recolectores. Disfrutamos de leer a Nabokov y a Shakespeare utilizando un cerebro de primates originariamente diseñado para la vida en la sabana africana. (Dahaene, 2014:18)

Leer grafías no es natural en el hombre tanto como las demás acciones instintivas que posee. Por ello, en cada generación, necesitamos aprenderla desde cero. El inconveniente es que ese proceso de aprendizaje se realiza sobre la base de capacidades inexistentes. El ser humano aprende a caminar porque millones de años de evolución han condicionado nuestro cuerpo para ese fin, está preparado, es genético. En cambio, la lectura de grafías no tiene un respaldo fisiológico y mental exclusivo.

¿Qué sucede, entonces, en nuestro cerebro para que podamos leer? Stanislas Dehaene, matemático y psicólogo francés, experto en psicología cognitiva y autor del libro El cerebro lector (2014), apunta un concepto como respuesta: “el reciclaje neuronal”. Esta expresión la podemos entender como un proceso de adaptación de nuestra mente. En otras palabras, se refiere a la plasticidad y versatilidad de ciertas zonas de nuestro cerebro, señala Dehaene, que permite el aprendizaje de algunas tecnologías, como la escritura, a pesar de no tener el instrumental neuronal específico para ese fin.

La adquisición cultural se da gracias a este margen de plasticidad cerebral. Lejos de ser una pizarra en blanco que asimila todo lo que se encuentra a su alrededor, nuestro cerebro se adapta a una cultura dada cambiando mínimamente el uso de sus predisposiciones para darles un uso diferente. No es una tabula rasa en la cual se acumulan construcciones culturales, sino un dispositivo cuidadosamente estructurado que se las arregla para adaptar algunas de sus partes para un nuevo uso. Cuando aprendemos una nueva habilidad, reciclamos algunos de nuestros antiguos circuitos cerebrales de primates, en la medida, por supuesto, en que esos circuitos puedan tolerar el cambio. (21)

La adaptabilidad de nuestra mente es la idea clave. El ser humano aprende a leer, pero no se le puede enseñar a leer como si fuera un proceso decidido por la naturaleza. Para que un estudiante domine la tecnología de la escritura por medio de la lectura, no se le puede dar un libro, simplemente, y someterlo a una clase explicativa sobre cómo se debe leer y sobre cómo está formada la estructura de un texto. Visto de este modo, la enseñanza de la lectura circunscrita únicamente a un salón de clases es como la andadera en la que acomodamos a un infante para que aprenda a caminar, aunque con una consecuencia diferente. Una andadera real cumple su objetivo con el bebé, pues es un apoyo, complementa el despertar de una habilidad presente en potencia en el niño. En cambio, las solitarias sesiones descriptivas sobre qué es la lectura no logran el objetivo a plenitud; pues, muchas veces no existe ni la habilidad ni los instrumentos en el sujeto. Es necesario un proceso de adaptación antes de involucrarnos con un libro.

Imaginemos un espacio donde el sujeto entrene su visión para captar y crear imágenes a través de la fotografía, el cine y la pintura, ya sea mediante el consumo o la creación de las mismas. Pensemos en un lugar donde los jóvenes desarrollen la capacidad de manejar el ritmo y la melodía, así como la de articulación y métrica, a través de la música y las canciones de todo tipo. Imaginemos un ambiente donde la discusión y la crítica del día a día desarrollen la capacidad de abstracción y análisis, la formulación de conceptos, el nacimiento de ideales. No estamos hablando de un curso general ni de un programa de aprendizaje. Se trata de la construcción de un entorno que estimule, adapte, “recicle”, y fortalezca cada una de las habilidades que nos servirán para aprender a leer. Así, la lectura de libros será una consecuencia.

el placer de la lectura o lo que finlandia nos enseña

Veamos a Finlandia, país ubicado al norte de Europa y que posee uno de los modelos educativos más estudiados del planeta. Sus extraordinarios resultados en el rubro de comprensión lectora de las pruebas PISA lo convierten en un objeto de estudios fundamental sobre el tema de la lectura. Según el español Xavier Melgarejo, reconocido experto en educación finlandesa, los extraordinarios resultados se deben a que se ha logrado engarzar tres engranajes en el sistema educativo: la familia, la escuela, y lo que él llama las estructuras socioculturales (citado en Lozano, 2016). Antes de los siete años a los niños no se les enseña a leer, sino que ellos aprenden una cultura de la lectura que nace en casa y se fortalece, posteriormente, con la escuela. Es decir, antes de los siete años, los niños imitan modelos y adaptan su mente a la cultura letrada; no hay un programa de enseñanza, pero sí hay un aprendizaje. Melgarejo destaca que

el hecho de que comiencen a leer a los 7 años es porque entienden que es cuando el cerebro está preparado para hacerlo. Antes de los 7 lo único que deben hacer es jugar y al cumplir esa edad comienzan a aprender de una manera contundente. (citado en Lozano, 2016)

El factor sociocultural es el que acompaña el proceso de adaptación de la mente del niño en la familia y el aprendizaje de la lectura en la escuela. Melgarejo señala que la presencia del factor sociocultural en Finlandia se da principalmente a través del sistema completo de bibliotecas, la iglesia y la televisión. La primera es relevante en tanto brinda el material indispensable para la lectura; la segunda, porque fue la encargada, en la historia del país, de promover la interpretación de los textos. Por último, el investigador español destaca, en este proceso, el rol de la televisión como una herramienta para la enseñanza de la lectura, no solo porque invita a leer a través de los programas trasmitidos, sino porque “entrena la visión” del futuro lector.

Podemos entender, entonces, que los factores no escolares (la familia y el entorno sociocultural) son determinantes en la preparación del estudiante para la lectura. Sin estas dos dimensiones, no hay técnica ni manual escolar o universitario que pueda lograr que un joven lea, porque, simplemente, no está acondicionado para ello. Un ser humano en cuyo entorno aflore el debate de ideas, se cultive la imaginación y la fantasía, se aprecie los ritmos y melodías variados, está condenado a leer un libro. Será inevitable, vital, pues la mente y el cuerpo se lo exigirán para existir.

Toda enseñanza de la lectura se dificulta si no hay un proceso de reacomodo del sujeto a un entorno que modifique su mente y la predisponga a manejar o decodificar la tecnología de la escritura. El ser humano ha sobrevivido gracias a su capacidad de adaptación a diversos ambientes. En frío o calor, hemos siempre realizado nuestra existencia. El proceso de adquisición de la habilidad para la lectura de grafías se inicia con la constitución de un medio ambiente propicio que inicie el “reciclaje neuronal” del sujeto. La palabra escrita posee no solo una dimensión semántica y racional, sino también fonológica y visual, y esta última no solo en cuanto percepción física sino también en cuanto construcción de imágenes y conceptos. Consumir un texto escrito implica, entonces, adaptar capacidades destinadas a otros objetivos. Esa adaptación la tiene que propiciar el entorno, dentro y fuera del salón de clases. El libro no es el camino para enseñar a leer, sino el punto de llegada. Si no creamos un ambiente intelectual y artístico apropiado que modifique la mente del estudiante, leer será siempre una tortura.

*Este post es una colaboración de Yuri Jesús Vílchez Bejarano, docente del Departamento de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

 Bibliografía

 Dehaene, S. (2014). El cerebro lector: últimas noticias de las neurociencias sobre la lectura, la enseñanza, el aprendizaje y la dislexia. Buenos Aires: Siglo XXI.

 Lozano, G. (2016). Tres razones por las que los niños finlandeses son los que mejor leen. En Yorokobu (en línea). Recuperado de http://www.yorokobu.es/lectura-finlandeses/

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