Entre el cielo y la tierra y la perspectiva de Oliver Stone sobre la guerra de Vietnam

entre el cielo y la tierra y la perspectiva de oliver stone sobre la guerra de vietnam

La guerra de Vietnam significó para ese país del sudeste asiático una terrible catástrofe a todo nivel. Centenares de miles de personas muertas, entre soldados y civiles; millones de cráteres cubriendo la superficie de sus zonas agrícolas como producto de los intensivos bombardeos a que fueron sometidas; desastres ecológicos causados por los agentes químicos empleados por el enemigo –el ejército norteamericano–  para destruir los sembríos de arroz –uno de los principales productos de Vietnam–; en fin, familias enteras desplazadas, huyendo de las bombas y el napalm –gasolina gelatinosa en llamas arrojada desde los tristemente célebres B-52– con que el invasor destruía sus vidas.

Oliver Stone, el reputado cineasta norteamericano y veterano de aquella desigual guerra, plasmó en una impactante trilogía aquel acontecimiento infausto. Pelotón, de 1986, retrata el drama de la contienda desde la perspectiva de un grupo de soldados norteamericanos que ven vueltos contra sí mismos el odio que han llevado consigo para enfrentar al enemigo. Tres años más tarde, Nacido el 4 de julio aborda la tragedia de los veteranos de guerra que retornan a su país con graves secuelas físicas: un joven que ha terminado parapléjico a causa de la explosión de una mina en el campo de batalla intenta adaptarse a su triste realidad en medio de un clima que, paradójicamente, le es hostil por la oposición de los jóvenes norteamericanos a una guerra que consideran injusta, y frente a la cual, finalmente, también aquel veterano disminuido físicamente adoptará una postura crítica, al punto de convertirse en un activista en contra de la guerra.

Basada en el libro testimonial publicado por Le Ly Hayslip, una mujer vietnamita que vivió directamente los furores de la guerra, la tercera entrega, intitulada Entre el cielo y la tierra, sería exhibida en 1993. El filme, ahora, se ocuparía de los estragos que la guerra causó entre la población civil vietnamita. La protagonista del filme, una joven que ha crecido sufriendo la crueldad a partes iguales, tanto de soldados norteamericanos como de compatriotas suyos,  guerrilleros del Vietcong, luego de ser torturada en una base militar de apoyo norteamericana, y, poco después, violada por milicianos de su país, huye a Saigón, en Vietnam del Sur, donde se pone al servicio de una familia acaudalada. Luego de atravesar una serie de penurias,  conoce a un militar norteamericano que se enamora de ella, la convierte en su esposa y la lleva a vivir a Norteamérica. Pero su vida no será fácil. Tras el inicial deslumbramiento ante el disparatado consumismo del estilo de vida norteamericano, la joven se estrella contra la debacle moral de su consorte, acusado de haber cometido crímenes de guerra durante su permanencia en Vietnam.

Tras un giro terrible, aunque en alguna medida previsible, ella se encontrará sola para hacerse cargo de sus hijos y buscar el sustento que les permita subsistir. Años después, ya con una vida cómoda, y diríase exitosa, volverá a su patria para reconciliarse con aquellos de los cuales tuvo que separarse, y, de alguna manera, para cerrar las heridas que la guerra dejó en su alma. Después de haber atravesado un sendero sembrado de sufrimientos, tras haber sufrido el infierno de la guerra y la estancia quedamente dolorosa del exilio, el retorno a casa es el bálsamo que restaña las heridas. A la destrucción, vesánica y sin sentido, que se aleja en el tiempo, pero que permanece con cruel claridad en la memoria, sigue la edificación de un futuro incierto pero esperanzador. Pues en aquel espacio en que se sitúan los hombres, frágilmente emplazados entre el cielo y la tierra –tal como ven su mundo los campesinos vietnamitas–, se solazan el sufrimiento y la injusticia, pero también habitan el amor, el perdón y aun el olvido.

La sabiduría oriental se encuentra presente desde el inicio de la historia. Aparece discretamente, pero trasluce la peculiar cosmovisión asociada al culto budista que se practica en Vietnam. La sabia resignación con que aquella humilde gente se enfrenta a los avatares de la vida, avatares como los que soportó la nación vietnamita, acosada buena parte de su historia reciente por la voracidad colonialista francesa y, luego, por los afanes intervencionistas de Estados Unidos, lejos de expresar sumisión o temor, está ahí como la cifra que muestra el temple de un pueblo que sabe esperar con estoica paciencia la llegada de tiempos mejores. Oliver Stone al presentar este aspecto de la cultura oriental, en general, y, en particular, de la cultura vietnamita, permite aproximarse al espectador a una perspectiva en que se puede apreciar la significativa distancia espiritual que separa a Occidente (y, en este caso, específicamente, Estados Unidos), extraviado en medio del vértigo del consumo (aquella escena en que la joven protagonista camina embelesada entre los cientos de productos, bajo la luz intensa, en un supermercado, apunta a ello), del sosiego espiritual que halla el hombre oriental en sus modestos templos y en la serena preceptiva de sus creencias religiosas.

El filme recibió críticas dispares y los conocedores le atribuyen un mérito artístico que lo sitúan por debajo de las otras dos películas de la saga. Pero sea de esto lo que fuere, lo cierto es que Entre el cielo y la tierra nos aproxima a aquel ángulo de la guerra del Vietnam que quizá no ha sido explorado con detenimiento en el cine: las funestas secuelas que sobre las personas que no empuñaron las armas dejó la guerra. Además de las altísimas cifras de muertos y desaparecidos, de los miles de lisiados y mutilados, y del gravísimo daño causado al sistema agrícola en partes significativamente extensas de su territorio, tanto como el crimen ecológico que significó el uso de defoliantes y agentes químicos contra el equilibrio ambiental en la zona en que se libró la guerra, emerge el drama tremendo de familias obligadas a separarse, ya sea para huir a territorios en su mismo país, muy alejados de sus comunidades, ya por la forzada migración a países occidentales, con el costo que esto supone debido a la potencial doble discriminación a la que estarían expuestos: por cuestiones raciales y por su presunta condición de enemigos.

La trilogía de Oliver Stone es una obra de frontal denuncia. Denuncia de la irracionalidad de la guerra, y, más aún, de una guerra de agresión. Su retórica violenta (algo que también hemos visto, por mencionar algo, en Asesinos por naturaleza y en su última producción, Salvajes) está enderezada a exponer la dimensión bárbara del hombre y, de modo señalado, del hombre occidental, que en el camino de su voraz expansión y desmedido afán de dominio no vacila en cometer crímenes contra la humanidad bajo la fachada de una supuesta guerra de liberación.

Un gran cineasta, un tema controversial y un buen filme.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas (No hay valoraciones aún)
Cargando…

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *