Tareas, una intrusa en casa

tareas estudios generales

Me dedico a la docencia desde hace 20 años y he pasado por casi todos los niveles de enseñanza (primario, secundario, academia, universidad para jóvenes y adultos). Hoy, padre de dos casi adolescentes en edad potencialmente escolar, una de las principales angustias que suele golpear nuestra tranquilidad y armonía familiar es la carga laboral que traen los chicos a casa: las tareas, que desde ya hace unos años han abierto toda una discusión en el mundillo educativo y puesto en cuestión su verdadera importancia en el proceso de cognición.

Fueron los árabes quienes introdujeron esta palabrita en nuestro vocabulario. Viene de tariha: asignación a hacerse en corto tiempo, y ya luego castellanizándola variará a la infame, maldecida, aborrecida, odiada, despreciada, tarea.
Muchos especialistas del sector educativo (principalmente psicólogos, padres, administrativos y por último docentes) han reflexionado durante años sobre el tema, y como todo en esta vida, han llegado a dos posiciones radicalmente irreconciliables: los que están a favor y los que están en contra.

Los que le van a la primaria opción destacan el esfuerzo, la disciplina, dedicación, distribución de tiempo, refuerzo en el tema y todo envuelto en ese hábito que todo “buen alumno” debe tener. Los de la segunda propuesta, en cambio, hacen un parangón con las horas extras laborales, sostienen que carecen de valor pedagógico, frustran a los niños, impiden que realicen otras actividades, provocan tensión familiar, abandono escolar y hasta se animan a hablar de desigualdades sociales.

Claro, se han buscado puntos medios. Por ejemplo, no dejar más de tres tareas por día (no funcionó porque los profesores jamás se pusieron de acuerdo). Otras escuelas que proponen hacer las tareas en el mismo colegio (implica que los chicos se queden a vivir en estos, disculpen la exageración, solo hasta las 5:45 de la tarde). Eliminar horas a cursos intrascendentes como arte, música, deporte (eso sí ya bordea la demencia pedagógica y nos regresa al medioevo). Y bueno dejo de contar, hasta allí llegó el esfuerzo de intentar hacer algo por los verdaderos actores del proceso educativo: los estudiantes.

Volvamos por favor a los árabes y al concepto de tarea: asignación a hacerse en corto tiempo. Allí el punto, los docentes que alucinan que su curso es el más importante de todos (o sea todos), los docentes que alucinan que dejando más tarea serán reconocidos por los padres (no entendieron que el alumno es el protagonista), los docentes que alucinan que una tarea debe llevarte varias horas (lo más seguro es que ni él podría hacerla). Claro que como docentes quedan sujetos a un director(a) que se alucina más importante que todos los docentes, y si éstos no dejan tareas, no corrigen, y por ende no están trabajando podría haber sanciones.

Como vemos, ninguno se guía por el concepto de tarea, todos cantan su himno al yo y el perjudicado sigue siendo el alumno. Tareas sí, pero tareas, o sea, breves asignaciones de dos a tres ejercicios que reafirmen lo explicado en clase, y claro, por qué no introducir a los jóvenes estudiantes en proyectos pequeños (ABP) que los prepararán de manera veraz para la vida universitaria y no sentarlos en la sala de la casa durante lo que les resta del día.

Opciones hay, estimados colegas. Lo primero a trabajar es en nosotros mismos, en nuestros pequeños egos que terminan desencadenándose contra los propios estudiantes (tal vez sin querer queriendo). No vaya a ser que un día nos encontremos con la escena de The Wall en donde los estudiantes terminan cobrando justicia contra el tiránico profesor, pero saben una cosa, muchos se lo merecen.

*Este post es una colaboración de Renato Salas Peña, docente de la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

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