Primo Levi, cronista del Lager

En febrero de 1944, un partisano italiano de origen judío era capturado por las hordas fascistas, entregado a los nazis y poco después enviado al complejo concentracionario de Auschwitz-Birkenau. Como casi todos los judíos recluidos allí –y en los otros campos levantados en Polonia por  los alemanes, que en total sumaban seis–, vivió pendiendo de un hilo y sintiendo cómo él y todos los allí confinados se hallaban a merced del capricho brutal de los guardias del campo de trabajo (Lager); sintiendo cómo se podía esperar allí, con absurda y exasperante naturalidad, que cualquier cosa sucediera; cómo se podía morir porque sí.

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El destino, extraño, caprichoso, insondable, determinó que sobreviviera; algo que él y muchos ex prisioneros llegaron a considerar un evento aún más absurdo que el mismo dolor sufrido en el Lager. El 27 de enero de 1945 fue socorrido por las tropas rusas que llegaron a Auschwitz, luego de quebrar definitivamente las líneas de defensa alemanas, y estuvo en el grupo de aquellos pocos que retornaron a sus casas después de haber permanecido algún tiempo en un lugar en que los más píos y los más fuertes experimentaron la desesperanza y el descreimiento. En un lugar que acaso evocara en muchos la imagen de lo que se tiene en mente cuando se piensa en el infierno.

Aquel partisano se llamaba Primo Levi y luego del también duro retorno a casa progresivamente daría a la estampa un conjunto de textos que con el tiempo se convertirían en la denominada Trilogía de Auschwitz: tres intensos libros en que su autor volcaría quizá el testimonio más sombrío y sobrecogedor de cuantos hayan sido escritos acerca de la tragedia judía que tomó lugar en estos predios de la degradación humana absoluta; aquella tragedia que lo engulló y cuyo recuerdo no terminaría de torturarlo nunca. El 11 de abril de 1987 Levi se arrojaría por el hueco de las escaleras del edificio en que vivía, quizá agobiado por el insoportable peso de haber sobrevivido: no haber estado entre los seis millones de judíos que fueron reducidos a nada en los hornos que el odio racial echó a andar tal vez fue para él algo así como una irónica condena.

Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados son los libros que componen esta trilogía del horror. Publicadas entre 1947, año de aparición de la primera obra, y  1986, cuando se da a conocer la última  –la segunda data de 1963–, son el depósito de las experiencias extremas de quien como Levi descendió a las simas abiertas por el retorcido ideario de la pureza aria y el espacio vital.

Si esto es un hombre es el recuerdo de la tenebrosa cotidianidad del Lager, un escenario de terror inverosímil y escandaloso en donde el dolor era dispensado con insana prodigalidad por los verdugos a cargo de aquella industria de la muerte, y en donde, además, la condición humana había sido reducida a su aspecto biológico más básico, hasta el punto de desdibujarse casi totalmente. El detrito de aquella operación de aplanamiento del judío recorría el campo a duras penas y con la mirada vuelta hacia la muerte: el «musulmán», aquel prisionero que progresiva e inexorablemente iba siendo abandonado por la voluntad de vivir. A pesar de la rudeza de los hechos descritos, en la obra Levi no lanza condena alguna; lo que intenta a través de la presentación de estos recuerdos es, como él mismo lo dice, «(…) proporcionar documentación  para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana». (Levi, 2006a, p. 9)

En la segunda obra de esta trilogía, La tregua, Levi relata su penoso regreso a casa y la imposibilidad de reconstruir una vida como la suya –y la de todos aquellos que tuvieron el paradójico privilegio de sobrevivir–, hecha de jirones y abatimientos que seguirán ahí aun cuando el tiempo haya pasado, y en medio de la cual salta siempre la incómoda pregunta en torno al porqué de aquel oscuro designio merced al cual millones murieron de una forma tan atroz, de una manera en que nadie debería entregar la vida. Y asoma también la certeza de que el mal sueño de Auschwitz ya nunca más se alejaría. Ahí está aquella palabra quedamente pronunciada muy temprano, en la dura lengua polaca, dando el aviso para levantarse  –Wstawać–, agazapada en algún rincón de la memoria y en los sueños recurrentes que lo acompañarían siempre, tal como Levi lo dejó plasmado en las líneas finales de esta obra. (Levi, 2006b, p. 348).

En Los hundidos y los salvados, el tercer eslabón de este ciclo del horror, Levi vuelve a situar como eje de su meditación la vida en los campos de trabajo, en el tenebroso Lager. Y retorna, también, para tratarlo con más detenimiento, a un tema que había sido mencionado en La tregua, a saber, la sensación de vergüenza experimentada por los prisioneros en el Lager, y la extraña persistencia de este incómodo sentimiento una vez ya en libertad. El extraño sentimiento de culpa experimentado por el sobreviviente asoma en estas páginas; la culpa por no encontrar razones para permanecer aquí aún, con vida, tal vez sin merecerlo.

Traído al presente, aparece entre algunos pasajes de esta última obra, situado en medio de lo que él llama «la zona gris» (Levi, 2008, p. 497), la siniestra silueta de un personaje condenado por el incomprensible albur de las circunstancias a dedicarse a una labor execrable: el Sonderkommando.

Quizá sea la figura del Sonderkommando la que sintetiza escabrosamente la situación del campo: un escenario en que se cruzan los límites de lo imaginable, y en donde la vesania del verdugo queda normalizada, consagrando como verdad aquello que alguna vez escribiera Cioran: «no hay aflicción límite». (Cioran, 1998, p. 53). Levi los llama «cuervos del crematorio» (Galcerà, 2013, p. 4). La expresión es por demás gráfica. Los Sonderkommandos –digamos, las «cuadrillas especiales»– eran aquellos prisioneros encargados de realizar la miserable tarea de conducir con engaños a los judíos recién llegados hacia las cámaras de gas, en previsión del surgimiento de revueltas como reacción ante la sospecha de encontrarse en el umbral de la muerte. Su triste labor continuaba con el retiro de los cadáveres, minutos luego de haberse rociado el letal Zyklon-B, para raparlos y aprovechar el cabello, extraerles los dientes engastados en oro que alguno pudiera tener, y despojarlos de anillos y pendientes. El trámite final consistía en limpiar los cuerpos apilados en el suelo y conducirlos como material de desecho a los hornos crematorios.

Ciertamente, los Sonderkommandos no tenían salida: aquella tarea desgarradora, aberrante, indigna, la debían llevar a cabo a riesgo de perder su propia vida si se negaban a realizarla, si bien, en la mayoría de los casos, cuando la jefatura del campo lo decidía, también terminaban sus días en los hornos, postrero lugar de aquel recorrido de espanto donde, como todos los que sufrían aquel destino, eran reducidos a frágiles cenizas.

Fue terrible la condena que les fue aplicada a estos infelices elegidos: pasar el resto de sus días cargando con el peso de haber salvado su vida conduciendo a otros a la muerte.

Imposible imaginar el dolor, la angustia, la desesperación, en fin, el indecible sufrimiento que sintieron quienes atravesaron, como Levi, la aberrante experiencia de permanecer en un campo de exterminio. Y tanto como ello, comprensibles son los versos a través de los cuales Levi lanza una dura exhortación al lector en las primeras páginas del libro con que se inicia la trilogía:

Los que vivís seguros

                               En vuestras casas caldeadas

Los que os encontráis, al volver por la tarde,

La comida caliente y los rostros amigos:

                Considerad si es un hombre

                Quien trabaja en el fango                         

                Quien no conoce la paz

                Quien lucha por la mitad de un panecillo

                Quien muere por un sí o por un no.

                Considerad si es una mujer

                Quien no tiene cabellos ni nombre

                Ni fuerzas para recordarlo

                Vacía la mirada y frío el regazo

                Como una rana invernal.

Pensad que esto ha sucedido:

Os encomiendo estas palabras.

Grabadlas en vuestros corazones

Al estar en casa, al ir por la calle,

Al acostaros, al levantaros;

Repetídselas a vuestros hijos.

                O que vuestra casa se derrumbe,

La enfermedad os imposibilite,

Vuestros descendientes os vuelvan el rostro. (Levi, 2006a, pp. 13-14)

«Todo es posible»: con este aserto Hannah Arendt aludía a la cifra en que se hace carne la lógica monstruosa de un régimen totalitario (Arendt, 2010, p. 592). Un régimen como aquel que dio vida al Tercer Reich y que puso en marcha la Solución Final, maquinaria de producción de muerte a escala industrial con la que se perpetró uno de los más horripilantes crímenes que la historia haya registrado, y ante el cual, como en algún momento lo planteó Theodor Adorno, se impone un imperativo de reconocibles aires kantianos: pensar y actuar de tal modo que Auschwitz no se repita. (Adorno, 2005)

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

Referencias

Adorno, T (2005). Dialéctica negativa. La jerga de la autenticidad. Obra completa, 6. Madrid: Akal.

Arendt, H. (2010). Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza Editorial.

Cioran, E. M. (1998). Del inconveniente de haber nacido. Madrid: Taurus.

Galcerà, D. (2013). “Primo Levi. Contra la asimilación de la víctima al verdugo”. Disponible en http://www.proyectos.cchs.csic.es/fdh/sites/default/files/1-5%20Galcera.pdf

Levi, P. (2006a). Si esto es un hombre. Barcelona: El Aleph Editores.

Levi, P. (2006b). La tregua. Barcelona: El Aleph Editores.

Levi, P. (2008). Trilogía de Auschwitz. Barcelona: El Aleph Editores.

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