El amor incondicionado en las epístolas paulinas

amor incondicionado epístolas paulinas paulo de tarso

“Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios -el saber más elevado-, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy. Aunque repartiera todo lo que poseo e incluso sacrificara mi cuerpo, pero para recibir alabanzas y sin tener el amor, de nada me sirve. El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad. Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo. El amor nunca pasará. Ahora, pues, son válidas la fe, la esperanza y el amor; las tres, pero la mayor de estas tres es el amor.” (1)

El trípode basamento sobre el que se sostiene y estructura la vida del creyente y por lo tanto la identidad de comunidades nucleares cristianas (familias), comunidades de base, macro comunidades cristianas y finalmente grandes instituciones cristinas como las diferentes iglesias católicas, está definido por estas tres dimensiones existenciales a las que la Iglesia Católica llama “Virtudes Teologales”.

En este ensayo intentamos hacer unas reflexiones que permitan comprender que uno de los goznes de las Cartas Paulinas es el amor, vivido en plena libertad. Amor y libertad son dos categorías que usa constantemente el Heraldo de Cristo para transmitirnos el mensaje de salvación. Como el mismo Pablo lo indica, de las tres dimensiones de la praxis cristiana o virtudes teologales: fe, esperanza y caridad (amor), la más trascedente o quizás la más dinámica es el amor. Y claro que existe una racionalidad para que Pablo haya dicho esta conjetura.

Antes de adentrarnos en un análisis de texto en concreto, vale la pena decir algo sobre los otros elementos del trípode fe, esperanza, caridad.

Se nos dice continuamente que la fe es una dimensión ligada a la vivencia religiosa. Así, cuando se hace la distinción entre filosofía y religión, se insiste mucho en decir que el componente gnoseológico de la filosofía es la razón y el componente gnoseológico básico de la religión es la fe. En otras palabras, la filosofía, igual que la ciencia, hacen su discernimiento en base a procesos lógicos convincentes que se objetivan en principios y leyes que tienen carácter convencional. En cambio la religión hace su trabajo especulativo y práctico en base a “credos” o “dogmas” que no necesitan racionalidad, sino que tienen que ser aceptados sin miramientos: “creer sin ver”. Entonces la fe es un salto al vacío que puede provocar muchas crisis ulteriores.

Sin embargo, la fe no solo la vivimos en el plano religioso. Constantemente, en nuestras relaciones interpersonales sugerimos que debemos “confiar” (con fe) uno en el otro. Por ejemplo: una novia que debe hacer un viaje dejando al novio por un tiempo, al despedirse insiste al novio que esté muy seguro de su fidelidad y le insiste: “confía en mí”. Es obvio que los seres humanos tenemos muchísimas vivencias personales y comunitarias que requieren de la confianza recíproca. Una vida sin confianza, es decir sin fe, se convertiría en una vida muy tormentosa y complicada. La fe se convierte entonces en un elemento relacional básico, que permite a las personas estar tranquilas y serenas gracias a la dosis de “creer sin ver” que continuamente necesitamos experimentar. Como podemos ver, la fe, además de ser una virtud teologal, es una gran virtud existencial que permite garantizar la felicidad de los seres humanos. La fe como elemento que nos permite “comprender” y más que todo aceptar la trascendencia es fundamental, pues muchas proyecciones escatológicas o intentos de comprender el futuro requieren simplemente de una férrea confianza en Dios. Pensar que sobreviviremos a la muerte es un dato de fe; pensar que no reuniremos en el reino de Dios en el más allá, es una circunstancia que requiere de mucha fe.

La esperanza es otro de los pilares que componen el trípode fundamental. Es tan importante en la vida cotidiana, que sin ella fácilmente perderíamos el sentido de la vida y terminaríamos en un suicidio colectivo. La esperanza que se expresa como toda una motivación que da sentido y razón a la existencia presente, siempre ha sido expresada como la gran realización del futuro. Si pensáramos en el desarrollo de cada historia de vida, podemos darnos cuenta que nuestra vida tiene sentido pleno en la medida que algo nos ilusiona, nos conmueve, nos dinamiza, nos motiva. Por ejemplo, cuando empezamos a tener razón suficiente y somos conscientes que existimos, tal vez somos unos pequeños niños que añoramos ser jóvenes; cuando ya somos unos jóvenes, añoramos ser profesionales y adultos. Luego decimos que seremos plenamente felices si tenemos una pareja y un hogar. Eso no será suficiente, sino que añoraremos tener prole. Unas vez que tenemos los hijos, los queremos crecido y realizados. En ese continuo pero dinámico afán resulta que nos morimos. Así, la esperanza se convierte en motor de la existencia, no por algo Charles Dickens (2) nos habla de las “Grandes Esperanzas” que hacen que el mundo entero se movilice hacia un futuro mejor.

Pero de los tres pilares o componentes o “virtudes teologales”, la caridad, en leguaje paulino es definida como el amor, que puede definirse muy escuetamente como “el sentimiento que impulsa a las personas a la solidaridad con sus semejantes” (3). Para buscar la mejor manera de entenderla en su concepción cristiana más auténtica solo tenemos que retomar las reflexiones paulinas en la primera Carta a los Corintios. Saulo de Tarso, que en su vida de juventud había vivido en Jerusalén y estudió en la escuela de Gamaliel es un experto de las Sagradas Escrituras. Su formación filosófica y teológica estaba fuertemente marcada por la corriente estoica que precisamente haría el nexo intelectual entre la filosofía pagana griega y la naciente filosofía romano-cristina que luego se sistematizará con Agustín de Hipona, Avicena, Averroes y Anselmo hasta llegar a Tomás de Aquino. Con esta formación académica muy sólida y el conocimiento del mensaje de los Evangelios, el converso Paulo se convierte en el gran intelectual del naciente cristianismo. Inicia sus famosos viajes para expandir la Buena Nueva no solamente con su presencia, sino con sus constantes reflexiones que las hace en un estilo epistolar que todos conocemos.

Veamos el contenido de sus reflexiones en torno al amor, que junto con su idea de libertad se convierten en el eje de toda su producción teológica, que al mismo tiempo se ha convertido en el referente fundamental de la ulterior reflexión de la teología cristiana. Paulo comienza con la definición del amor describiendo una muy interesante alegoría, posiblemente conocida por el entorno: “Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios -el saber más elevado-, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy.” (4) El mundo en que se mueve es un espacio de mucho tránsito, de mucho comercio. Posiblemente hablaba en muchas lenguas, y un políglota siempre es una persona de prestigio cultural y por lo tanto importante. Por otro lado recordemos que el ambiente cultural donde se movía Pablo estaba plagado de competencias filosóficas de las escuelas neo platónicas, donde el Epicureísmo, el Escepticismo y el Estoicismo, a cual más, querían imponer sus ideas. Posiblemente muchos intelectuales de esa época se hacían llamar sabios, profetas, eruditos, etc. Frente a este panorama académico tan seguro y formal Pablo desbarata argumentos contraponiendo a todo el amor, como novísimo principio ético sin el que todo es como bronce o campana que retiñe, pero solo ahí queda.

Continúa Pablo de Tarso con su genial definición: “Aunque repartiera todo lo que poseo e incluso sacrificara mi cuerpo, pero para recibir alabanzas y sin tener el amor, de nada me sirve». Con esta sentencia todo tipo de preponderancia, prepotencia e incluso cualquier tipo de filantropía e inclusive el extremo caso del suicidio heroico, si no tienen una motivación de amor desinteresado e incondicional de nada sirve. Pablo propone una caridad limpia, de la que estuvieron muy alejados en su tiempo y hoy estamos también quizás o en peores condiciones. Por doquier encontramos instituciones civiles, ONG´s, instituciones religiosas, instituciones benefactoras en general que pregonan a voz en cuello su genial obra filantrópica. El cuestionamiento paulino muy vigente hoy sería: Todo lo hacen por amor incondicional, o en el fondo buscan indirectamente lucrarse con creces o por lo menos enaltecer su ego descomunal. En los últimos tiempos se habla mucho de responsabilidad social corporativa que debe estar motivada no por filantropía, ni por caridad, ni por colaboracionismo, sino intrínsecamente por un imperativo categórico que te dice: Tienes que hacer el bien, tienes que ser responsable, tienes que proteger el medioambiente, tienes que defender la vida; no por ninguna motivación extrínseca sino porque esa es tu naturaleza, esa es la esencia que determina tu “ser-humano”. Y eso es amor en lenguaje cristiano y paulino.

Paulo propone una definición del amor, no a base de enunciados axiológicos teóricos, sino en clave de actitudes, actos y hábitos concretos. El amor mucilaginoso, romanticón, pegajoso e interesado al que estamos acostumbrados no tiene cabida en la práctica cristiana de Pablo de Tarso. Es por eso que propone categóricamente: “el amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad. Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo.”(5)

Ahora bien, si analizamos nuestras múltiples y variopintas relaciones sociales precisamente hacemos todo lo contrario. En nuestra sociedad hay mucho de violencia, en contraposición a “lo paciente”; hay mucha intransigencia, mucha discriminación, mucho segregacionismo, en contraposición a la “comprensión” paulina. En nuestras relaciones familiares hay mucho celo y desconfianza, mucho de aparecer en vez de ser y mucha altanería. Por otro lado, si analizamos detenidamente nuestros “amores”, son tremendamente interesados. Nuestra manera de “amar” está muy condicionada. Al respecto Anthony de Mello en su libro Una Llamada al Amor (6), nos da a entender cuán lejos estamos los cristianos de practicar lo que Cristo nos indicó.

Y cuando Pablo dice que el amor “no se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad”, nos preguntamos: ¿nuestros sistemas políticos, económicos e incluso religiosos trabajan con la verdad o con la mentira? Parece paradójicamente más cierto lo segundo. La corrupción campea por doquier, los políticos hacen exactamente lo contrario de lo que dicen y ofrecen, los servicios públicos no están al servicio de los más pobres; los negocios suelen ser espacios canibalezcos donde se busca la menor oportunidad para devorar a los demás sin misericordia.

Finalmente Pablo redondea la idea sobre el amor cristiano diciendo enfáticamente que el amor “perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo. El amor nunca pasará.”(7) Encontramos entonces una posible respuesta a nuestras atribuladas preguntas: ¿Todo está perdido? ¿La mentira sobreabunda frente a la verdad? ¿El odio y la venganza son más fuertes que el amor y el perdón? ¿La corrupción en todas sus formas no será erradicada? Al respecto la respuesta de Pablo es muy obvia: el amor perdura a pesar de todo y es más… nunca pasará.

Frente a un mundo desconsolado, una especie de rebaño sin pastor, está siempre la magna esperanza que nos corrobora Paulo de Tarso. Y es que siempre hubo esa ingrata sensación de que el mal es más grande que el bien. Necesitamos fortalecer el mensaje cristiano traído a nosotros mediante muchas parábolas; por ejemplo, recordemos la parábola de la levadura en la masa (8) o la parábola de la semilla de mostaza (9); en ambas el bien no es aspaventero, no es tremendo y fascinante, no es muy abundante en relación al mal. Pero es desde esta pequeñez e insignificancia que emana apabullante y misteriosa su fuerza reparadora, para llevar a la humanidad entera por los caminos de la salvación, a morar eternamente en verdes y abundantes praderas.

*Este post es una colaboración de Segundo Tomás Abanto Urbina, docente de la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

Citas.

(1) 1ra. Cor. 13, 1-8. 13.
(2) Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870). “Grandes Esperanzas” es una de sus grandes novelas escritas entre 1860 y 1861. El hilo conductor de la obra es que la esperanza es el eje de toda actividad humana.
(3) Es una de las tantas definiciones que podemos encontrar en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, en wikipedia.
(4) 1ra. Cor. 13, 1-2.
(5) 1ra. Cor. 13, 4-6.
(6) Anthony de Mello (Bombay, 1931- New York, 1987). Fue un sacerdote jesuita y psicoterapeuta, conocido por sus libros y conferencias sobre espiritualidad y el amor, donde utiliza elementos teológicos de otras religiones, además de la tradición judeocristina. Algunas de sus ideas fueron revisadas y notificadas como no ortodoxas por la Congregación para la Doctrina de la Fe el 24 de junio de 1998. Entre sus muchas obras destaca The Way to Love (Una llamada de amor), donde nos hace ver a los cristianos que la manera como amamos está muy alejada del indicativo de Cristo.
(7) 1ra. Cor. 13, 7-8.
(8) Mt. 13, 33.
(9) Mt. 13, 31-32.

1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas (No hay valoraciones aún)
Cargando…

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *