Platón y McLuhan en un mundo digital

platón y mcluhan estudios generales

I

Fedro o de la belleza, es un célebre diálogo escrito por Platón. Además del tema central anunciado a través del título de la obra, algunos de sus pasajes están dedicados también a abordar la cuestión referida a la transmisión del saber y al papel que cumple para ello la escritura. El filósofo de la Academia, trayendo a colación un mito de origen egipcio, da cuenta allí de los perjuicios que conlleva el empleo de este medio. Platón se encuentra convencido de que el verdadero saber, aquel saber que conduciría al filósofo a la augusta contemplación de las ideas arquetípicas –aquellas que constituyen el mundo verdadero, imperecedero y eterno–, no puede ser transmitido a través de la escritura, pues ella no es sino una suma de caracteres inertes que sólo dicen lo que en un momento determinado decidió su autor que dijeran, y, por tanto, no pueden establecer un diálogo fluido y enriquecedor para justificar lo que se plantea allí o para rebatir algún cuestionamiento que eventualmente pueda ser formulado por alguien que lea lo escrito. Es esta una de las razones por las que Platón emplea el diálogo como ejemplar medio de expresión de su pensamiento. Él, ciertamente, recurre a la escritura, pero para recrear el medio que considera más idóneo para pulir y transmitir el pensamiento: el enfrentamiento dialéctico de ideas a viva voz que haría posible acceder al plano de la verdadera realidad.

Platón asume que la escritura es una extensión artificial de nuestras capacidades, en este caso, de nuestra capacidad de pensar, hablar y transmitir ideas. También asume como convicción que el ejercicio de la escritura fija el pensamiento y lo anquilosa, atenuando de esta forma la memoria, pues a través de la escritura se cuenta con un medio externo, a modo de prótesis, que facilita el recuerdo. Y este proceder constituye para el filósofo griego una falencia, pues las ideas, cuando se apela a la escritura para recordarlas, no son suscitadas por el propio espíritu, sino por un instrumento ajeno a este. Aunque Platón se encuentra instalado plenamente ya en la cultura del alfabeto, manifiesta una cierta nostalgia por la oralidad de las culturas ágrafas. Platón, así, está señalando en una dirección por la que muchos años después Marshall McLuhan (aunque con otro talante y, claro, desde otra matriz histórica y cultural) también transitaría al teorizar acerca de los medios.

II

La escritura es un medio, y como tal, genera un impacto innegable sobre la manera en que nos aproximamos a la realidad y la representamos. El alfabeto fonético, propio de la cultura occidental, la palabra escrita y la invención de la imprenta, que permitió la masificación del libro, son aspectos cuya confluencia a mediados del siglo XV determinó de modo hegemónico la trasmisión de contenidos culturales y la instauración de una manera peculiar de percibir el mundo. Pero este escenario –y ésta es una de las ideas nucleares de la concepción de McLuhan–, tras la irrupción de los medios electrónicos de comunicación e información, se ha visto radicalmente transformado.

Marshall McLuhan, el célebre teórico de la comunicación canadiense, hace más de medio siglo inició las investigaciones de aquel fenómeno que ahora constituye el relieve que otorga su forma al mundo que habitamos: las nuevas tecnologías de transmisión y procesamiento de la información. Decía McLuhan que la tecnología eléctrica (ahora llamada digital) nos devolvería a una atmósfera cultural semejante a aquella bajo la cual viven los pueblos ágrafos. La dimensión oral, que en estos pueblos es fundamental en la transmisión de sus saberes, está recobrando su centralidad en el seno de las actuales sociedades modernas, merced al uso de las nuevas tecnologías de la comunicación. En este contexto, la cultura tipográfica, aquella basada en el uso del alfabeto fonético y que alcanzó su auge a través de la reproducción de aquellos productos culturales a los que llamamos libros, una vez que fuera inventada la imprenta por Johannes Gutenberg, estaría viviendo su ocaso: los medios calientes, caracterizados por su alta definición y por propiciar la extensión de un solo sentido, y, gracias a ello, implicar un bajo nivel de participación, están cediendo su lugar a los medios fríos, aquellos que poseen una baja definición e integran más de un sentido, logrando, con esto, un alto nivel de participación (una terminología, sea esto dicho de paso, en que resuena la distinción efectuada por Claude Lévi-Strauss entre sociedades frías o ágrafas, y calientes o históricas). Piénsese en la escritura y en la radio, medios discontinuos y unidireccionales a través de los cuales los mensajes exigen muy poco del receptor para ser comprendidos, de allí su condición de «calientes». Y, por otra parte, considérese la manera en que el mensaje circula a través de la televisión (un lienzo móvil coloreado por píxeles) y el teléfono (los sonidos de las palabras yendo bidireccionalmente): su baja definición implica una mayor participación del receptor para captar el mensaje, y, por ello, son medios «fríos».

En esta nueva etapa de desarrollo de los medios de comunicación, la oralidad y merced a ello el reposicionamiento de la dimensión auditiva, constituyen el eje de la comunicación. La cultura de la imprenta, que privilegia la lectura lineal y, por tanto, tiene en la visión su sentido hegemónico está cediendo su lugar al contacto sonoro y a su integración con otros sentidos (el oído, la visión y el tacto son empleados ahora simultáneamente, por ejemplo, al interactuar con contenidos digitales a través de cualquier gestor multimedia) al momento de trasmitir o recibir información. Una de las implicancias de estas transformaciones es un fenómeno que preocupa a los «intelectuales tipográficos» (para seguir con el fraseo mcluhiano): el libro en soporte físico y la misma escritura tienden a perder su lugar hegemónico en la difusión de la cultura, indicios de que una sensibilidad emparentada con las culturas ágrafas está dando su tono a nuestras actuales prácticas comunicacionales.

III

Pensemos en Facebook. Se trata de una red social que forma parte de aquel entramado digital que ya es una realidad ubicua en nuestras vidas, y es un medio en que la comunicación, aun cuando esté mediada por la escritura, se articula a través de mensajes que poseen un evidente registro oral, que incorpora, además, elementos audiovisuales diversos. En Facebook –y de manera general en las redes sociales y en los diversos canales digitales que sirven de plataformas para el intercambio global–, la tendencia imperante es escribir como se habla: la oralidad, aspecto central de la comunicación en las culturas ágrafas, está ahora presente, paradójicamente, en medio de la comunicación mediada por los medios digitales. Facebook da vida a lo que, en su momento, también McLuhan denominó «aldea global»: los usuarios se encuentran conectados de tal forma que se experimenta una sensación de cercanía e inmediatez, exactamente, como en una aldea, espacio geográfico cuya pequeña extensión propicia una conexión cercana entre sus habitantes. Se está produciendo, así, aquel fenómeno –una vez más apelando a la terminología acuñada por McLuhan- denominado «retribalización» de la cultura.

La paradoja se dibuja con cierta nitidez: nuestra contemporánea sociedad, en que bullen las plataformas digitales de comunicación y en que el software va tomando de rehenes nuestros gustos, hábitos y necesidades parece encarnar, sin pregonarlo, aquella nostalgia platónica por la dimensión oral de la comunicación. Aquellas profecías que McLuhan lanzó con respecto al futuro de la escritura y su oscurecimiento por la restauración de formas de comunicación cercanas e incluso identificables con la sonoridad comunicacional de las sociedades ágrafas, ya no lo son más: en efecto, aquellos lúcidos vaticinios se han transformado en actual realidad.

Aunque parezca una enormidad plantearlo así, emoticones, interjecciones, fotos y videos circulando a través de la fibra óptica conforman una red de mensajes que devuelven su protagonismo a la oralidad como código de comunicación (se escribe como se habla; en las redes sociales leemos, sí, pero las expresiones poseen un claro cariz oral), y, por ello, guardan desconcertante semejanza con la palabra hablada, el medio que, justamente, vincula esencialmente a los miembros de una exótica sociedad sin escritura –ya sea entre algunas de nuestras comunidades amazónicas, o entre los Masái, en las sabanas africanas– cuando atentos, sentados alrededor del fuego central, en medio de la noche, y alejados del vértigo de las sociedades «históricas», relatan y escuchan sus mitos milenarios.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

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