Reynoso: literatura de asfalto y esquina

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Se llamaba Oswaldo Reynoso y no es una exageración decir que es una de las cumbres de la narrativa peruana contemporánea.

Escritor de culto, de arrestos contraculturales, encuadrado en la generación del 50, Reynoso inauguró una ruta narrativa singular en el panorama de la literatura peruana. Profesor formado en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta, inició sus incursiones en la literatura muy pequeño, según solía mencionar cuando las pesquisas periodísticas inquirían acerca de sus comienzos. Y lo hizo al abrigo de los libros que cobijaba la bien nutrida biblioteca familiar y de aquellos otros que albergaba la biblioteca de Arequipa, ciudad en la que nació en 1931, y a la que llegaban, desde Argentina, vía el tren del puerto de Mollendo, en cuidadas ediciones, las obras de autores fundamentales del parnaso literario.

El primer fruto de su romance con la literatura fue un libro de poemas, Luzbel, dado a conocer en 1955. Nunca volvió sobre la poesía, si bien su narrativa se encuentra fuertemente impregnada de matices líricos. Luego de este chispazo inaugural vendría, seis años más tarde, Los inocentes, un conjunto de relatos que sacudiría los medios literarios nacionales, y en cuyo prólogo nada menos que Arguedas volcaría palabras de entusiasta acogida a un estilo innovador de escritura en que él veía «(…) a la jerga popular y la alta poesía reforzándose, iluminándose (…)» (Arguedas, 1997, p. 14). En 1965, vería la luz En octubre no hay milagros, y en 1970, El escarabajo y el hombre.

Transcurrirían veintitrés años hasta el momento en que Reynoso se animara a publicar otra vez. En 1993, daría a la estampa En busca de Aladino, novela corta en que el narrador se aboca a la búsqueda infructuosa de una «moral de la piel» (Reynoso, 2014a, p. 10), búsqueda que se mantiene viva aún en un libro como El goce de la piel, relato articulado en tres movimientos, publicado mucho después, el 2005, y en que ya desde el epígrafe se puede leer: «Desprecia el corazón que no ama la piel». Y en 1995, en Los eunucos inmortales –novela en que Reynoso, como ya lo había hecho en sus otras obras, exhibe una depurada técnica narrativa– condensaría su experiencia vital de doce años en la China de Den Xiaoping, desarrollando una historia en clave autobiográfica sobre el trasfondo de los infames sucesos de la Plaza de Tian’anmen, en 1989.

A partir de 2005, y de modo intermitente hasta el 2014, volvería a publicar. Vieron la luz el ya mencionado El goce de la piel, Las tres estaciones, En busca de la sonrisa encontrada, El gallo gallina, y Arequipa, lámpara incandescente.

Los inocentes marcó un punto de inflexión en la literatura peruana. En estos relatos adquieren protagonismo el barrio, la collera, y el idioma de la esquina con sus personajes marginales, los desahuciados de una sociedad desigual. Esta obra, a despecho de las reacciones de la mojigatería oficial de entonces, es la que inauguraría la ruta que la llamada narrativa urbana empezaría a transitar desde entonces. Con las historias perpetradas allí afloró una estética que ponía en primer plano el sórdido filón de una sociedad fragmentada, incorporando un registro narrativo impregnado de las voces, los giros y la sensibilidad erizada de los habitantes de los barrios populares   –mosaico de inmigrantes pobres y gentes de clase media venida a menos– con todo lo que ello implica: la replana urbana en ebullición, la atmósfera decadente de los bares populares, la rebeldía transgresora catalizada por la pobreza y la crisis social, y la presencia de la efervescencia sexual más descarnada y descarada. Los inocentes, situada en perspectiva, es una obra que ha resistido la más dura crítica –la del tiempo– y ha recibido la mayor de las acogidas, aquella que proviene de los lectores que con ánimo renovado, generación tras generación, aún siguen sus historias.

El recordado escritor Manuel Scorza le propondría publicar otra vez Los inocentes, pero esta vez en una edición de alcance masivo –la recordada serie «Populibros»–, a condición de que el título fuera substituido por uno más comercial. Luego de mostrarse renuente, Reynoso aceptó, sugiriendo uno que había sido propuesto en medio de una francachela una noche en el mítico bar Palermo: Lima en rock.

La crítica más ortodoxa reaccionó con encono escandalizado tras la publicación, en 1965, de su primera novela, En octubre no hay milagros. Alguien llegó a decir que la obra debería ser tirada a un estercolero. Y no era para menos. Sobre el trasfondo de una festividad tradicional de cientos de años firmemente arraigada en la conciencia religiosa limeña, Reynoso elabora un fresco en que la podredumbre moral de la clase aristocrática limeña extendiendo sus tentáculos hasta someter al poder político, la descomposición social y el arribismo de las capas populares, y la conciencia ideológica, que se debate entre el intelectualismo quietista y la acción revolucionaria, se entremezclan abigarradamente a través del masivo ritual transitoria y falsamente nivelador de las distancias sociales que encarna la procesión del Señor de los Milagros. Ateísmo, aguda crítica social, lenguaje procaz y la presencia de personajes envilecidos por el estigma del sexo prohibido: elementos estos cuya presencia la Lima pacata de los años sesenta no había de tolerar.

Reynoso volvería al ruedo en 1970 con El escarabajo y el hombre. El libro se abre con un curioso y breve texto que en una sola línea se prolonga a través de cuatro páginas y en que se alude al origen de la idea que dio vida al libro, y contiene, además, en sus páginas iniciales, una secuencia de ilustraciones que de alguna manera remiten al pop art, debidas al artista plástico Jesús Ruiz Durand, autor de la imaginería visual del velasquismo. La estructura narrativa –toda una osadía técnica– conjuga tres planos: el encuentro en la mesa de un bar entre un locuaz joven y su ex profesor de secundaria, a quien le son relatados los incidentes de la trágica noche de un sábado; la inútil caminata de dos sombríos personajes a lo largo de una carretera, que sorprendidos siguen las peripecias de un escarabajo dorado que empuja su bola de excremento siguiendo un recorrido quizá tan absurdo como el de ellos mismos; la reflexión del narrador, impregnada de pesimismo, acerca de tan extraño insecto entreverada con meditaciones en torno a la naturaleza humana. Se trata de una novela experimental: el entrecruzamiento de textos escapa a la linealidad convencional de la narrativa tradicional, y el argumento se diluye en medio de estos estos tres registros narrativos que, hermanados por la presencia de la muerte, traducen la vacuidad de la existencia humana, la agitada coyuntura política de aquella época, y la crítica social del autor a las profundas fracturas sociales de nuestro país. Manuel Scorza fue uno de los pocos que ensalzó la aventura narrativa que emprendió Reynoso a través de las páginas de esta novela.

Con respecto a las obras publicadas en los últimos años, quizá se pueda afirmar que ellas no alcanzan ya las cimas a las que llegó su labor creativa hasta 1970 y que destelló una vez más en 1995 con Los eunucos inmortales. Constatación que, de ser hecha –está casi de más decirlo–, deja intacta la enorme valía de Reynoso como creador y no reduce un ápice la trascendencia de aquellas obras que la potencia de su escritura produjo hasta mediados de los años 90, y que han pasado a constituir sin atisbo de duda un hito fundamental en el camino seguido por la prosa de ficción del siglo XX en nuestro país.

Implacable, hace poco más de un mes, el 24 de mayo, la muerte se lo llevó. Medios en los que nunca le fue concedido un espacio cuando vivía lo llenaban de epítetos, resaltando, ante la irrupción de lo irreparable, el significado enorme de su legado. Pero también hubo sinceros y hasta peculiares tributos. En un texto posteado en un conocido blog local, Hernán Migoya (2016), escritor español afincado aquí en el Perú y amigo del novelista arequipeño, de manera chirriante aludió no sólo a su bien definida postura política, sino también a su opción sexual: «Oswaldo Reynoso: el maricón marxista que escribió como Dios» se leía en el encabezado. A despecho de su título, que ásperamente revela las preferencias sexuales del escritor, el post es enteramente laudatorio, y en él Migoya rinde un entrañable homenaje al escritor y ensalza sus virtudes narrativas, al tiempo que enfatiza el singular lugar que ocupa su obra en el panorama literario nacional.

Acaso el más sincero homenaje que podemos rendir al buen Reynoso, al escritor, al «poeta de la calle y de los huariques» (Reynoso, 2014b, p. 25), sea leerlo con fruición. Quien se aproxime a Los inocentes y descubra los avatares transgresores del Rosquita, Cara de ángel, Colorete, el Príncipe o Carambola; quien vea recreada la hipocresía nacional y la miseria moral que se enseñorea en un país sumergido en una crisis que parece terminal, en que las distancias sociales son ritualmente disimuladas «(…) por la magia celestina de un simple hábito morado» (Reynoso, 2014c, p. 221), como queda duramente plasmado en algunas de las líneas de En octubre no hay milagros; quien se enfrente al experimento narrativo sobre el cual se levanta la crítica feroz a la vida y a nuestra sociedad en El escarabajo y el hombre; en fin, quien esté dispuesto a enfrentarse a la turbulenta e inquietante narrativa de asfalto y esquina de Reynoso, difícilmente permanecerá indiferente al pulso vital y a contracorriente de sus historias. Ellas darán testimonio de su visceral compromiso con la belleza de la creación literaria y con el destino lacerante de nuestro país: ética y estética amalgamadas en la fragua narrativa de un escritor que lejos estuvo siempre de suscribir «el pacto infame de hablar a media voz».

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

Referencias

Arguedas, J. M. (1997). «Un narrador para un mundo nuevo». En Los inocentes. Relatos de collera. Lima: Peisa, pp. 11-16.

Migoya. H (2016). «Oswaldo Reynoso: el maricón marxista que escribió como Dios». En cholosoy.utero.com [blog]. Disponible en http://cholosoy.utero.pe/2016/05/27/oswaldo-reynoso-el-maricon-marxista-que-escribio-como-dios/

Reynoso, O. (2014a). En busca de Aladino. Lima: San Marcos.

Reynoso, O. (2014b). Arequipa lámpara incandescente. Arequipa: Aletheya.

Reynoso, O. (2014c). En octubre no hay milagros. Lima: San Marcos.

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