E. M. Cioran, heraldo del sinsentido

Emile Michel Cioran nació en Rumanía, en un pueblito llamado Rasinari, en 1911, en donde permanecería hasta 1921. Desde muy joven, mostró ser un lector voraz. Sus primeras lecturas fueron de autores tales como Dostoievski, Flaubert, Pascal y Nietzsche. Estudió filosofía en Bucarest. Es en esta ciudad donde  comenzará a padecer el flagelo que lo persiguió durante toda su vida y que lo lanzó al ejercicio de la escritura: el insomnio.

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Su primer libro, En las cimas de la desesperación, constituye una suerte de testamento  ante su lúgubre proyecto de matarse antes de cumplir los veintidós años. Fue el ejercicio de la escritura, a través de la cual lidió con sus más terribles obsesiones, la febril actividad que le permitió seguir viviendo. Cioran no trabajó nunca, a no ser una breve temporada, cuando se desempeñó como profesor de filosofía en la universidad. Hasta alrededor de los cuarenta años –antes de comenzar a recibir las regalías por sus libros publicados–, vivió a costa de las becas que le iban siendo concedidas en la universidad. Un buen día, dejó la filosofía académica, y se dedicó sólo a escribir. Buena parte de su obra la dio a conocer en francés. Sus libros  son  una invectiva contra la existencia y contra Dios, y, arremeten también, de cuando en vez, contra la presunta condición de saber privilegiado que ostenta tradicionalmente la filosofía. Para él, el filósofo, como alguna vez lo dejó escrito en uno de sus más punzantes aforismos es una «expectativa frustrada». (Cioran, 1996, p. 187)

Algunos hechos extraños ocurridos en su vida son a la vez singularmente significativos teniendo en cuenta el signo catastrofista que marcó su obra. Su editor destruyó la edición completa de Silogismos de la amargura, pues no se vendía. Cioran vio, con desazón, que el primer hombre a quien leía la primera página de Breviario de podredumbre  –una obra que reescribió cuatro veces– se quedaba dormido. Vivió la mayor parte de su vida en hoteles, y hacia el final de su vida, al lado de su compañera inseparable, Simone Boué, en un minúsculo departamento de París. Jamás tuvo una computadora. Se resistió siempre a recibir premios. Y decía, a propósito del auge editorial de sus libros, que «todo éxito es un malentendido». El hombre que había hecho gala de una lucidez intelectual sin concesiones,  que hundía su acerado escalpelo crítico en las verdades que se reputan las más solemnes de esta vida, murió en 1994, a los ochenta y cinco años, minado por el mal de Alzheimer: un ser terriblemente lúcido, despojado final y terriblemente de aquella lucidez.

Las ideas que Cioran desenvuelve en torno al destino absurdo de la existencia dejan notar, aquí y allá –y contra lo que podría parecer– una exaltación de la vida. El  tratamiento obsesivo que efectúa con respecto a la muerte, el sinsentido, la nada, el misticismo y los santos, la historia y Dios, entre otros temas, responde a su encono hacia un universo enfrentado a la posibilidad de no ser, un mundo condenado a la extinción. Sólo hay algo más catastrófico que el hecho de morir: Cioran habla del inconveniente de haber nacido. El mayor mal no se encuentra al final de la vida –este final no sería sino el espantoso y absurdo desenlace de un absurdo mayor–, sino al inicio mismo: en el nacimiento.  Y precisamente porque nacer para morir, salir de la nada para sin mayores aspavientos volver a ella, es un mayúsculo sinsentido. La vida es una terrible retahíla de encuentros y desencuentros, es la expresión de un monstruoso error de su creador, pero nadie la amó tanto como el propio nihilista rumano.

Fue longeva la vida de este escritor del desencanto existencial. Pero aun contrariado y desengañado frente a una existencia condenada al fracaso por aquel a quien llama «aciago demiurgo», no renunció a la vida. Su postura, así, posee un marcado tono nietzscheano, y, en ese sentido, Cioran sería, al igual que Nietzsche  –a quien respeta, según lo deja bien expresado–  un filósofo trágico: un filósofo que acepta la vida a despecho de su carga de dolor y extravío. Alguna vez escribió: «No merece la pena matarse: siempre lo hace uno demasiado tarde». (Cioran, 1998, P. 35). Sugestiva idea, sin duda. La mácula de la existencia siempre está allí: haber nacido significa haberse empantanado ya en el carnaval de un descomunal y cósmico despropósito que jamás habrá de borrarse. Ni siquiera con la muerte.

No es extraño encontrar en las obras del escritor rumano, un visceral rechazo de la filosofía académica. Cioran llama la atención sobre esa suerte de temeroso adormecimiento en que se sumerge la filosofía cuando se transforma en una forma refinada (e insulsa) de negar la condición trágica del hombre: un ser salido de la nada y encaminado inexorable y absurdamente a ella. En su labor de zapa, se propone poner al descubierto las ingenuas ilusiones tejidas en un mundo al que considera embriagadoramente absurdo, y desbaratar los espejismos que la filosofía ha fabricado en su terco afán de asir lo absoluto y explicar lo inexplicable.

De aquel saber que suele ser considerado como una de creaciones más excelsas del espíritu humano, alguna vez dijo: «(…) la filosofía –inquietud impersonal, refugio junto a ideas anémicas– es el recurso de los que esquivan la exuberancia corruptora de la vida».(Cioran, 2001:110-11).

Leer a Cioran, definitivamente, es una manera de mantenerse dolorosamente despierto.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

Referencias

Cioran, E. M. (2001). Breviario de podredumbre. Madrid: Suma de Letras.
Cioran, E. M. (1998). Del inconveniente de haber nacido. Madrid: Taurus.
Cioran, E. M. (1996). El libro de las quimeras. Barcelona: Tusquets.

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