Un loco llamado Vincent

Vincent van Gogh murió un año antes de que nazca Vincent van Gogh. No es un juego ocioso de palabras o una chanza. Al venir al mundo, el creador de Noche estrellada, aquel genio que más tarde se convertiría en el inclasificable precursor de vertientes revolucionarias en el universo de la pintura, recibió el mismo nombre de su hermano, muerto al nacer exactamente un año atrás. Es de imaginar la tétrica impresión que experimentó el pequeño Vincent cuando vio su propio nombre en la lápida de aquel hermano mortinato.

DOCU_GRUPO A handout photograph shows Self-portrait, by Vincent van Gogh

Se ha hablado de un trauma prenatal (Frank, 1985), generado por los sentimientos que embargaban a la madre, temerosa de que el destino le arrebatara otra vez al hijo que esperaba y al que quizá veía como sustituto de aquel otro, tan querido y esperado, que no había podido vivir. Aunque no es posible constatar tal hipótesis, no deja de ser inquietante la conjetura acerca de que la vida dolorosa de Van Gogh haya sido el producto de un desajuste afectivo que lo marcó desde el mismo vientre materno. Porque su vida, lo sabemos, fue dolorosa y trágica.

Decidido a dedicarse al arte, Vincent empezó sus estudios de pintura en 1880, cuando ya tenía veintisiete años. Los estudiosos de su obra se refieren a la relación desproporcionada que existía entre su vehemente deseo de pintar y su falta de talento. Luchando de manera tenaz contra este obstáculo, Vincent hizo brotar belleza de sus torpes manos, embadurnando lienzos días enteros, casi sin descanso. En algún pasaje de una de las cartas enviadas a su hermano, dice el buen Vincent: «Hoy he trabajado desde la siete de la mañana hasta las seis de la tarde, sin moverme, salvo para comer un bocado a dos pasos de mi sitio; (…) Por el momento estoy sumido en mi trabajo con la lucidez y la ceguera de un enamorado. (…) Ni una gota de cansancio». (Jaspers, 2001, p. 214)

Su hermano Théo, dedicado al comercio de arte en una galería de París, logró ofertar una de sus pinturas por una modestísima suma. Fue  el único cuadro que vendió en toda su vida. La ironía de la vida, que marcó a fuego el sino del pintor holandés, determinó que a poco de su muerte sus obras empezaran a venderse por miles de francos, para más tarde valorizarse en millones de dólares. El artista que en algunas ocasiones, apremiado por la estrechez de medios, vendió sus cuadros en paquetes como «telas para repintar», jamás sospecharía que su destino era la inmortalidad: «Como pintor no significaré nunca nada de importancia: lo siento absolutamente». (Jaspers, 2001, p. 222)

Escribió, con una maestría que no ha pasado inadvertida, cientos de cartas a Théo, el hermano que lo sostenía económicamente y que le enviaba los lienzos y las pinturas con que el díscolo Vincent recreaba el mundo que sus ojos y su alma de artista percibían de otra manera. Aquellas misivas fueron publicadas bajo el título simple de Cartas a Théo. En sus cartas ponía la vida. Como en sus cuadros. Sumido en ocasiones en la melancolía, golpeado por la fatalidad, la incomprensión y el ansia fervorosa de absoluto, le escribía a su hermano líneas como estas: «¿Qué soy a los ojos de la mayoría de la gente? –una nulidad o un hombre excéntrico o desagradable–  alguien que no tiene un sitio en la sociedad ni lo tendrá; en fin, poco menos que nada». (Van Gogh, 1995: p. 75)

Se enamoró de su prima Kee. Ella, que había enviudado joven, lo rechazó siempre.  Vincent la buscaba con insistencia, pero su familia la mantenía alejada de él. Un día fue a visitarla; por cortesía lo recibieron, pero le dijeron que ella se encontraba descansando. Vincent colocó su mano sobre la llama de una vela y suplicó que la dejaran verla sólo el tiempo que él pudiese soportar el calor abrasador del fuego. Espantados lo expulsaron de allí.

A finales de 1887 e inicios de 1888, había de manifestarse lo que, según Jaspers (2001) sería un cuadro de psicosis. El incidente que anuncia el inicio de la enfermedad se produciría en Arlés. Luego de una crisis durante la cual intentó atacar a Gauguin con una navaja, se cortó una oreja, y luego de contener a duras penas la hemorragia, se encasquetó un gorro vasco, metió la oreja en un sobre, fue al prostíbulo del pueblo y se la regaló a una prostituta. Debió permanecer luego de este estallido de locura un año en el manicomio de Saint-Remy. Al salir, permanecería bajo la tutela del doctor Gachet, a quien perennizaría en algunos de sus cuadros.

Antonin Artaud, otro espíritu torturado e inquilino habitual de sanatorios, le dedicó un libro, breve pero intenso como la corta vida del buen Vincent: Van Gogh o el suicidado de la sociedad. En esta pequeña obra, Artaud reivindica la figura del desajustado Vincent; en uno de los pasajes más conmovedores, dice el poeta surrealista francés: «(…) la pintura de Van Gogh no ataca a cierto conformismo de las costumbres, sino al de las instituciones mismas. Y hasta la naturaleza exterior, con sus climas, sus mareas y sus tormentas equinocciales, ya no puede, después del paso de Van Gogh por la tierra, conservar la misma gravitación». (Artaud, 2013, p. 75)

Una tarde del 27 de julio de 1890, salió con sus lienzos y pinceles en dirección a un campo de trigo. Llevaba el fusil que había pedido prestado días antes, con el que espantaba a los cuervos para pintarlos en pleno vuelo. Algunas horas después llegaba caminando a duras penas a su habitación, con una bala alojada en el pecho. Moriría dos días después, fumando apaciblemente su pipa, con su hermano sentado a su diestra. Un cuadro en que se ve una caótica bandada de cuervos elevando el vuelo sobre un brillante campo de trigo se conserva entre su maravillosa obra.

El profundo vínculo que mantenía unidos a los hermanos Van Gogh no pudo haber originado sino esto: seis meses después de la partida de Vincent, y abismado en la depresión por la ausencia definitiva de aquel a quien ayudó siempre con la mejor presencia de ánimo, Théo moría. Los restos de los dos hermanos reposan juntos en el cementerio de Auvers-sur-Oise, en Francia.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

Referencias

Artaud, A. (2013). Van Gogh, el suicidado por la sociedad. Buenos Aires: Argonauta.

Frank, H. (1985). Van Gogh. Barcelona: Salvat Editores.

Jaspers, K. (2001). Genio artístico y locura. Strindberg y Van Gogh. Barcelona: El Acantilado.

Van Gogh, V. (1995). Cartas a Théo. Santafé de Bogotá: Norma.

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1 respuesta

  1. 17 septiembre, 2018

    […] como este. Y, bueno, si esto es racional, más valdría estar loco. Si no, recordemos al buen Vincent Van Gogh, una de las víctimas de un sistema que en su época ya […]

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