En torno a la posmodernidad

El proyecto moderno tuvo como sello distintivo la confianza en el poder liberador de la razón frente al tutelaje ejercido por la tradición y la religión. Sobre esta base, el impresionante desarrollo alcanzado por la ciencia, gestado desde que Galileo, en el siglo XVII, aplicara las matemáticas al desentrañamiento de los mecanismos profundos que rigen la dinámica de la naturaleza, y el gradual dominio material del entorno que un logro tal iría posibilitando cada vez con mayores niveles de eficacia, condujeron a pensar, con un tono de general optimismo, que el hombre, al fin, contaba con los instrumentos que lo conducirían, a través de una ruta de incontenible progreso en todos los órdenes de la existencia, hacia un estado de plena felicidad.

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Este proyecto se va gestando paulatinamente desde la Baja Edad Media, época en que los afanes nominalistas de un monje franciscano llamado Guillermo de Ockham obraron un efecto contraproducente en la historia del pensamiento, al contribuir en medida importante a sentar las bases de un nuevo suelo de asunciones –la desacralización del mundo y el consecuente e inevitable afianzamiento del proceso de secularización serían dos de sus piedras angulares–, y alcanzaría su punto de cabal desarrollo en pleno siglo XVIII, principalmente en países como Francia, Inglaterra y Alemania. Libertad, igualdad y confraternidad fueron los principios que asumidos con firmeza por los ideólogos de la revolución francesa encarnaban de manera paradigmática la confianza en que la potencia racional cultivada disciplinadamente por el hombre había de encaminar al género humano hacia un punto de la historia en que finalmente la armonía social, el orden político y la paz definitiva entre los pueblos alcanzarían cabal realización.

Auguste Comte y Karl Marx, pensadores de mediados del siglo XIX, son dos típicos representantes de la confianza en el progreso y la razón. Ellos, en efecto, asumen posturas que buscan hacer realidad los ideales enarbolados por la modernidad. El positivismo, doctrina planteada por Comte, traduce la creencia de que la ciencia posibilitará en el terreno de los fenómenos humanos replicar los extraordinarios logros que la mecánica newtoniana había alcanzado en la explicación de los mecanismos que regulan la marcha de los acontecimientos físicos. El materialismo de Marx, por su parte, presuntamente planteado como una esclarecida concepción científica del mundo, entraña el convencimiento de haber descubierto las leyes que dirigen el despliegue de la historia. Pensaba el filósofo de Tréveris que sobre la base de este descubrimiento la acción humana finalmente había de contar con un instrumento eficaz de transformación social que culminaría en la construcción del «reino de la libertad».

Pero esta situación iría transformándose entre finales del siglo XIX y más claramente a  inicios del XX. Una serie de cambios en distintos planos de la cultura irían resquebrajando los principales presupuestos de la modernidad. El progresivo descreimiento del supuesto papel liberador de la racionalidad, la ciencia y la tecnología, que, increíblemente, sumieron en el horror a Europa y el mundo con el desencadenamiento de dos guerras mundiales, el uso desbocado de la energía nuclear con la fabricación de la bomba atómica y su infernal empleo en el arrasamiento de Hiroshima y Nagasaki, y la industria de la muerte implementada en Auschwitz, que exterminó a la tercera parte de la población judía de Europa; la aparición de las vanguardias artísticas, y entre las cuales, aquellas como el surrealismo, ponían el acento en el carácter irracional del arte; el viraje de la reflexión filosófica hacia campos de problematización en que adquiere centralidad la idea acerca del activo papel que desempeña el lenguaje en  la configuración de la imagen de la realidad que el hombre elabora; el surgimiento de enfoques teóricos desconcertantes como los dados, por ejemplo, en los terrenos de la mecánica cuántica, que otorgaban un lugar expectante en la explicación de los fenómenos naturales a la probabilidad antes que a la férrea causalidad; todo ello, conduciría a la gestación de una atmósfera de generalizada incertidumbre, dramáticamente ahondada por el surgimiento de fenómenos como la globalización y la irrupción de las tecnologías digitales de procesamiento y distribución de la información.

A este nuevo horizonte cultural, plural, paradójico, caleidoscópico, se le denomina, apelando a una expresión introducida en los terrenos de la diagnosis filosófica por el francés Jean-François Lyotard, posmodernidad.

En este contexto, uno de los pensadores que resulta ser una especie de «profeta» de estos nuevos tiempos es Friedrich Nietzsche, filósofo alemán nacido en 1844 y autor de obras fundamentales de la filosofía contemporánea. La postura asumida por Nietzsche, que apunta a derribar a la razón del pedestal en que fue colocada en el contexto del proyecto moderno, la profunda desconfianza que emerge de sus reflexiones en torno a las posibilidades representativas del lenguaje, su rechazo y frontal cuestionamiento de los valores cristianos –frente a los cuales propone una radical e inusitada transmutación axiológica que se sitúa «más allá del bien y del mal»–, el anuncio del advenimiento del superhombre y la proclamación estridente de la «muerte de Dios», como expresión de la bancarrota de los fundamentos que habían venido proporcionando soporte a la cultura occidental desde los destellos irradiados en Mileto, vienen a constituirse en un cúmulo potente de ideas precursoras de aquellas otras que poco después configurarían la visión postmoderna. No es por azar que autores típicamente postmodernos como Michel Foucault, Jacques Derrida y Gianni Vattimo hayan retomado con vigor la perspectiva inaugurada por el filósofo del martillo. De hecho, alguien ha llamado a estos pensadores «apóstoles nietzscheanos de la sinrazón» (Norris, 1997, p. 46).

Un rasgo que podría definir la posmodernidad, en palabras de Lyotard, sería la «incredulidad con respecto a los metarrelatos» (Lyotard, 2000, p. 10). Con esta expresión, Lyotard pretende dar cuenta, precisamente, del ocaso de los diversos discursos fundamentadores que se generan en el seno de la modernidad. Según esto, la idea acerca del poder «liberador» de la razón, asumida firmemente por la Ilustración dieciochesca, en medida semejante que el progresismo historicista presente en el discurso hegeliano y en la doctrina marxista, entre otros metarrelatos, naufragan en su intento de legitimar el saber. Y bajo este horizonte la ciencia pasa a ser un relato más: lejos de los ideales emancipatorios que hacía suyos en el contexto del discurso moderno, el saber científico circula ahora como una mercancía más, evaluada, por ello, en base a criterios que privilegian la rentabilidad y la eficacia, o, tal como lo llama el propio Lyotard, la performatividad.

Richard Rorty, además de los ya mencionados Gianni Vattimo y Jacques Derrida, son algunos de los filósofos en cuya obra aparecen formulados con contundencia planteamientos de evidente registro postmoderno. Rorty, filósofo norteamericano, es propugnador de un pragmatismo antiesencialista que, para muchos, desemboca en un crudo relativismo. Una de sus principales obras es La filosofía y el espejo de la naturaleza, obra en la que traza el recorrido seguido por Occidente en la búsqueda del conocimiento verdadero, único, fundamental y, por ello mismo, ilusorio, desde los tiempos de Platón y Aristóteles. Frente a esta rancia empresa de corte epistemológico y sistemático propone Rorty una filosofía edificante, que parte de una mirada hermenéutica. Vattimo, uno de los principales representantes de la filosofía italiana actual y autor de La sociedad transparente, sostiene, entre otras ideas, que en estos tiempos de duda postmoderna, en que impera la tecnología de la información, se abre la posibilidad de un desvanecimiento metafísico del mundo en tanto este se presenta como frágil, efímero y privado de fundamentos, con lo que surge un ser débil, al que corresponde, del mismo modo, un pensamiento débil, a través del cual se arriba al reconocimiento de la historicidad de los proyectos humanos. Integrante de la hornada de filósofos franceses textualistas, Derrida, autor que introdujo la idea de «deconstrucción» como expresión de una radical estrategia interpretativa que retoma en alguna medida el proceder desplegado por Heidegger, lleva hasta sus límites la labor hermenéutica y asume que la supuesta homogénea trama de la realidad,  que la razón y el lenguaje presuntamente representan diáfanamente  –concepción propia de lo que él llama «logocentrismo»–, no es sino un texto susceptible de desmontarse hasta un punto en que la misma noción de verdad pierde legitimidad; De la gramatología es una de sus obras más celebradas. Y tenemos también, como ya quedó dicho, a Jean-François Lyotard, cuya obra La condición postmoderna suele ser presentada como el punto de arranque del debate en torno al problema de la posmodernidad y referente ineludible al momento de plantear cualquier interpretación en torno al tema.

Los críticos de la posmodernidad llaman la atención sobre el relativismo que asoma bajo esta nueva perspectiva. Sin fundamentos sobre los cuales pueda erigirse un conocimiento universal, sin principios rectores que puedan garantizar una ética ecuménica, sin doctrinas o sistemas que otorguen un marco de sentido global a los avatares de la existencia humana de modo que estos queden integrados en una línea histórica unitaria, pareciera ser, en efecto, que el suelo firme de las convicciones espirituales se desfondara, algo que, por lo demás, ya había sido anunciado por Nietzsche un siglo antes.

El hecho es que las circunstancias históricas que vivimos ciertamente poseen un cariz singular: el vértigo de los cambios que experimentamos a todo nivel han situado a nuestro mundo en un escenario dramáticamente definido por la fragilidad existencial, el consumismo desbocado, la escasez de certezas y la hiperrealidad (sucesos como el ocurrido el 11 de septiembre en el corazón del norte industrializado  –ese «cisne negro», para decirlo con Nassim Taleb (2008)– desdibujan la frontera que divide lo concebible de lo inconcebible). Como lo hizo Kant en el siglo XVIII, cuando se interrogaba acerca de la época que le tocó vivir en aquel célebre escrito suyo de 1784, «¿Qué es la Ilustración?», la filosofía se esfuerza ahora en ofrecer una respuesta a la pregunta acerca de qué es la posmodernidad. O lo que es lo mismo: ella pugna por descifrar el signo de nuestros tiempos.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

Referencias

Lyotard, J. (2000). La condición postmoderna. Informe sobre el saber. Madrid: Cátedra.

Norris, C. (1997). Teoría  acrítica. Posmodernismo, intelectuales  y la  guerra  del  Golfo. Madrid: Ediciones  Cátedra.

Taleb. N. (2008). El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica.

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1 respuesta

  1. 23 febrero, 2018

    […] Feyerabend sostenía, a más de esto, que la ciencia occidental era simplemente una manera de explicar la realidad, por lo que al lado de ella debería, del mismo modo, considerarse como legítimas formas alternas de ver y comprender el mundo. Introducía, así, en el campo de la discusión sobre la ciencia, no solo una perspectiva desde la cual se equiparaba el conocimiento científico con formas arcaicas de explicar el mundo como los mitos, sino también la temida silueta del relativismo. Se ha dicho, con acierto, que su pensamiento se encuadra en el marco de aquella corriente cultural rupturista e iconoclasta a la que, desde que François Lyotard escribiera La condición posmoderna, se denomina posmodernidad.  […]

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