La mala educación

¿De qué depende la buena educación? La comprensión lectora y en el manejo de las matemáticas son fundamentales para la formación de una persona, pero también lo es la filosofía. Su importancia para la vida práctica es vista, a veces, con cierto desdén, sobre todo por quienes desconocen (o fingen desconocer) que pensar es liberarse.

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Cuando hablamos de educación, El pensador, escultura del francés Auguste Rodin, nos recuerda una de las actitudes que suscita una buena formación.

Cuando se habla del fracaso de la educación peruana se suele citar como indicadores el grave déficit que padecen nuestros estudiantes en comprensión lectora y el manejo de las matemáticas. No dudo que ambos indicadores tienen consecuencias nefastas en la vida práctica, pero no son los únicos. Las deficiencias en nuestra formación comprenden varios factores más como el razonamiento verbal y la manera correcta de pensar. En la escuela, en la secundaria y en la universidad nunca me enseñaron a pensar, eso es lo que yo recuerdo y es lo que, probablemente, recuerde la mayoría de mi generación.

Cuando hablo de enseñar a pensar, me refiero a conocer cómo piensan los filósofos, las personas dedicadas y entrenadas para este propósito, qué método emplean y cómo pueden influir las conclusiones de su pensamiento en el quehacer humano. Es decir, conocer de manera sistemática un poco de filosofía.

En secundaria recuerdo haber llevado un curso de filosofía a las apuradas, sin conocimientos previos y sin la más mínima idea de lo que era la historia de la filosofía, las escuelas y la importancia de las ideas para comprender el mundo que nos rodea. De todo este tiempo, lo único que recuerdo es la cita de Sócrates: “Solo sé que nada sé”, acaso porque era una gran verdad y una frase muy fácil de recordar. Esto y un cuaderno Atlas, a rayas, con las mini biografías de una larga lista de filósofos de la Antigüedad. Y nada más. La filosofía pasó en mi formación a la velocidad de la luz, casi sin sentirla y como algo muy, muy lejano.

«Cuando hablo de enseñar a pensar, me refiero a conocer cómo piensan los filósofos, las personas dedicadas y entrenadas para este propósito»

En los años 80, en la universidad, en una época en que el pensamiento de izquierda tenía la hegemonía, llevé dos cursos: Materialismo Histórico y Materialismo Dialéctico. En ninguno de los dos aprendí filosofía, ni siquiera filosofía marxista. De modo que mis condiscípulos y yo recibimos una formación universitaria plagada de deudas con el gran saber. Claro, todos los profesores hablaban de la etimología de la palabra, del “amor a la sabiduría”, pero se trataba solo de un formulismo, de un saludo a la bandera para que no los cuestionaran.

En esos cursos mencionados ninguno de los profesores habló, por ejemplo, de los presocráticos, de los cínicos, de los estoicos, de los pitagóricos y de otro sistema filosófico que no fuera el marxismo. Y no lo hacían, en su mayoría, por ignorancia y, en su minoría, por extremismo ideológico. En aquella época, el fanatismo no se llevaba bien con el pensamiento libre y plural. Estoy de acuerdo con que se enseñara Materialismo Histórico y Materialismo Dialéctico; eso es algo que se podía tolerar hasta cierto punto. Lo que no se podía tolerar era que se enseñasen como se enseñaron: como los únicos sistemas filosóficos dueños de la verdad.

Llevo años tratando de llenar ese agujero negro en mi formación y no he conseguido más que reducir en algo mi ignorancia. Leo en desorden, picoteando de aquí y de allá textos de historia, de divulgación y algunos libros fundamentales de filósofos antiguos y contemporáneos. Me pregunto cuánto tiempo y esfuerzo me hubiera ahorrado si la formación básica en filosofía en el colegio y en la universidad donde estudié hubiera sido por lo menos adecuada.

Echo de menos la filosofía cada vez que leo y escribo poesía. Estoy convencido que la poesía es una forma especial de filosofar, por su profundidad y por las altas calidades estéticas que persigue, no en vano la idea griega de la poesía era la de una disciplina integral, que envolvía a todas las artes creativas; la poiesis. La echo de menos también cada vez que mi hija me pregunta algo fundamental sobre la vida y, a veces, no sé responderle con propiedad.

¿Pero de verdad sirve de algo conocer el pensamiento de Sócrates o el Cioran, por poner dos ejemplos? A esta pregunta yo respondería con otra: ¿Qué pierde la humanidad si deja de leer a Sócrates (vía Platón) y Cioran (y su pensamiento escéptico y descarnado)? Creo que muchísimo. Entre otras cosas, el gusto, la belleza y la libertad de conocer.

*Este post es una colaboración de Luis Eduardo García, director de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Privada del Norte.

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