Para leer la arquitectura de la ciudad – I

Las ciudades son verdaderos artefactos humanos. Deben de ser vistas como complejas máquinas, que pueden ser leídas, descritas, reinterpretadas y reinventadas. Que principalmente sirven para alojar población y crear riqueza.

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Las ciudades de cualquier país, además de ser asiento de la civilización, son aglomeraciones donde las personas desarrollan sus vidas. Las ciudades deben proporcionar todos los elementos para que haya riqueza material para las personas y desarrollo del espíritu de todos los habitantes.

La ciudad es como un texto abierto donde las edificaciones que observamos, desde una casona estilo colonial hasta un edificio moderno con iluminación exterior cambiante y domótica, pasando por una casa republicana con sus balcones y patios, o una casa moderna de los años cincuenta, nos permiten leer la arquitectura como si leyéramos un documento.

¿Por qué decimos esto? Porque como decía Mies van der Rohe, la arquitectura es la voluntad de una época traducida o expresada en el espacio. Entonces si la arquitectura es la forma que llena ese espacio, estamos hablando que es la voluntad de toda la población la que se refleja en las casas y edificios en un momento determinado.

Alguien podría decir: ¡pero no es la voluntad de ‘toda la población’, sino del que tuvo dinero para pagar la obra! Esta sería una observación a primera vista.

Pero existe mayor profundidad de análisis: el que hace la obra expresa también una corriente o tendencia en arquitectura del momento, expresa unos gustos suyos y del cliente que también obedecen a patrones culturales y temporales. Ya no fue una obra con discurso propio.

La riqueza material y de estilos de ese edificio o casa habitación nos habla también de un cierto nivel socioeconómico de quien ordena la construcción y de su posición social, de su relación con otras clases sociales, del diálogo que quiere mantener con aquellas. Esa obra les dice a las otras (y a las personas que observan) ¡mírenme, aquí estoy y soy así! Y se impone a ellas de modo intransigente. Expresa su discurso por la fuerza de estar edificada ¡y lo estará cincuenta o cien años!

Esa obra nos habla de su momento histórico-social, de su momento de riqueza de estilos, de su grandilocuencia.

Por ejemplo, si se trata de una catedral, podemos apreciar que cada piedra labrada, cada escalón de mármol, fueron horas y horas de varios trabajadores durante semanas o meses. Donde los diezmos y el trabajo barato y sin pago posibilitaron que se construyera este edificio durante años. No nos habla solamente de los estilos arquitectónicos con que fue construida; nos habla de cómo era la jerarquía de vida en la época Colonial. Cada construcción es susceptible de ser analizada y de las construcciones aprendemos la época y la organización de la sociedad en ese momento. Ya se trate de mansiones señoriales y la riqueza financiadas con lingotes de oro, que explica formas de vida ‘acomodada’.

O construcciones de baratura y aprovechamiento de elementos mínimos para guarecerse del frío y la lluvia en los cerros, en permanente riesgo y vulnerabilidad por los elementos climáticos, por seísmos, deslizamientos de tierras, etc. Esta precariedad también nos lanza un discurso, también nos habla de lo que pasa. ¿Y qué nos dice algo como esto?

Nos cuenta que el Estado no se ha preocupado por los ciudadanos que han llegado a vivir ahí. Tampoco las municipalidades que por acción o por omisión lo han permitido. Y a veces, a cambio de votos, fomentado.

Nos habla de los procesos de migración campo ciudad de los años ochenta y noventa. Nos habla de la precariedad del campo. De guerras internas. De cómo ha sido la política de inversión en suelo social para vivienda pública (que, utilizando un lugar común, brillan por su ausencia).

Y este hacer y no hacer del Estado también explica cómo es la sociedad donde vivimos, con su racismo, su clasismo, de cómo algunos funcionarios destinan dinero a unas obras suntuosas tipo by passes que benefician a los autos y no a obras que beneficien a la gente que camina y que viaja en combi.

En general, podríamos decir, revisando en dónde se invierte el dinero de los impuestos y a quiénes se beneficia más (si hablamos del Estado y para seguir la línea de Mies), que esta voluntad de la época reflejada en obras no ha estado dirigida a las clases más necesitadas.

Leer la construcción de la ciudad es una obligación de los estudiantes de arquitectura y un ejercicio de lectura del poder en las ciudades.

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