Indicadores de equilibrio emocional

En una coyuntura competitiva y de obsesión por los logros, la eventualidad de una derrota está conduciendo a que los niveles de angustia y estrés sean cada vez más elevados. En la escuela la premiación de estudiantes “destacados” se ha instituido pese a lo contraproducente que resulta frente a aquellos niños que no obtienen reconocimientos. Lo mismo sucede en los centros laborales, donde convertirse en el empleado de la semana o el mes genera no pocas controversias.

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Ante este entorno de tensión, la sensatez recomienda tomarse las cosas con calma. Es evidente que los proyectos más ambiciosos tienen un precio y demandan sacrificio y perseverancia, pero esto no tiene por qué confundirnos. A menudo el ánimo de competencia agota y perdemos el empuje a mitad de camino, y cuando esto sucede el deseo de abandonar es grande. Es entonces que todo se presenta cuesta arriba y subestimamos el trayecto recorrido. A la larga esta actitud nos conduce hacia un círculo sin salida que nos impide realizarnos.

Cuando nos centramos únicamente en los fracasos, disminuimos nuestra motivación y corremos el riesgo de dejar todo al filo de la meta. En gran parte esto se debe al dominio de una cultura que castiga los errores y olvida los pequeños pasos que van trazando una trayectoria plausible.

Por eso es importante que cada cierto tiempo efectuemos un balance de nuestro desempeño sin presiones de ningún tipo. No olvidemos que el crecimiento y equilibrio emocional es el sustrato de otros logros, y para conocer qué tanto evolucionamos en este aspecto existen algunos indicadores:

Dejar de lado las cosas que dañan

Poner el foco en aquellas cosas que valen la pena y obviar las que dañan o molestan es una habilidad clave para tener éxito y sobre todo para alcanzar equilibrio emocional. Así, reconocer a las personas tóxicas y saber cómo lidiar con sus comportamientos sin que generen culpa o ira ya es un gran paso.

Aprender de los errores

Nadie podrá decir que jamás se ha equivocado. Por eso, despojarse del perfeccionismo y entender que los errores forman parte del camino y que incluso son valiosos, es un signo inequívoco de madurez. Cuando comprendemos las equivocaciones como oportunidades para crecer, cambia por completo nuestra perspectiva y podemos emprender proyectos más ambiciosos sin temor a quedarnos a mitad del camino.

No quejarse

Las quejas son una especie de agujero negro por el que escapa la energía porque no conducen a soluciones sino que generan un malestar aún mayor. Pero las personas más equilibradas y exitosas no tienen la costumbre de llorar sobre la leche derramada; ponen inmediatamente manos a la obra e intentan darle la vuelta al problema.

Celebrar el éxito de los demás

Reconocer el éxito de las personas es una señal de crecimiento: indica que no los envidias y que comprendes que su éxito no significa que hayas fracasado. Ser capaces de reconocer el trabajo y el esfuerzo de otros en lugar de lanzar críticas no solo contribuye a crear un buen clima, sino que implica un cambio de actitud en beneficio propio.

Relaciones personales menos conflictivas

El mundo no es conflictivo, simplemente hay egos que chocan entre sí y dan lugar a conflictos que se podían haber evitado. Parte de la madurez significa dejar de ver las relaciones interpersonales como un campo de batalla en el que hay ganadores y vencidos. Cuando tus relaciones son más fluidas, trabajas mejor y te sientes a gusto, es porque has madurado y aprendido que es más valioso tener paz que tener razón.

Saber pedir ayuda

Solicitar ayuda no es un signo de debilidad. Todo lo contrario, es una señal de fortaleza y confianza en sí mismo. Ninguna persona ha podido crecer y tener éxito aislada de los demás. Cuando pedimos una mano enviamos el mensaje de que no somos capaces de hacerlo todo y que somos lo suficientemente humildes para reconocerlo.

Estándares más altos

La madurez implica ser más conscientes de lo que queremos y de lo que no estamos dispuestos a permitir. Una persona madura es segura de sí y establece límites que los demás no deben transgredir. No se trata de límites caprichosos sino de reglas que te permiten proteger tus derechos y mantener tu equilibrio psicológico.

Apertura emocional

El amor es siempre arriesgado y por eso muchas personas temen comprometerse y se cierran a él. Pero al madurar emocionalmente nos damos cuenta de que la mejor apuesta es abrir nuestro corazón. Es cierto que podemos ser rechazados o salir dañados pero habremos vivido y atesorado experiencias y conectado emocionalmente con alguien.

Independencia para decidir

La opinión de las personas que te rodean es importante, pero en algún momento deben convertirse solo en sugerencias. Cuando somos capaces de convivir con los demás sin que las expectativas que tienen en nosotros sean determinantes, podemos decir que hemos madurado.

Aceptar limitaciones y trabajar para superarlas

La madurez emocional no supone desarrollar un positivismo ilusorio. La madurez nos hace conscientes de nuestras limitaciones y de que hay cosas que no cambian o están fuera de nuestro alcance. Sin embargo, eso no nos deprime. Más bien, nos permite focalizarnos en las situaciones sobre las cuales podemos incidir.

Con información de:

http://www.rinconpsicologia.com/2015/05/10-signos-de-que-estas-creciendo.html

 

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