Lo importante de sentirnos en familia

Instaurado mediante decreto Ley 23466 del 16 de setiembre de 1982 y promulgado por el entonces presidente Fernando Belaúnde Terry, cada segundo domingo de setiembre conmemoramos el Día de la Familia Peruana.

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Empecemos por una cuestión de fondo: ¿Qué es la familia? Parece una pregunta sencilla de responder, muchos de hecho la conocemos desde la escuela: “Es la célula básica de la sociedad, conformada por papá, mamá e hijos”. Sin embargo, basta darle una mirada a nuestro entorno más cercano -el “vecindario”- para darnos cuenta que la parte estructural de este concepto no siempre coincide con la realidad. Seguramente vivimos cerca de personas que no viven con papá y mamá, que viven solo con uno de ellos o quizá con ninguno, tal vez viven con alguno de ellos y su pareja, quien puede o no asumir el rol de un/a segundo/a padre/madre o de un/a amigo/a. Quizá seamos nosotros quienes vivimos en una familia diferente a la nuclear. ¿Y qué con ello?

Décadas atrás, la sociedad daba más importancia a la unión familiar en términos religiosos y legales. No es que ahora haya perdido relevancia, pero el contexto actual difiere del de nuestros padres y abuelos. Antes, si alguien nacía fuera de un matrimonio, era reconocido como hijo/a ilegítimo. Ahora es habitual que muchos niños sean concebidos fuera de un matrimonio y nadie los tilde de ilegítimos. Esta etiqueta social ha quedado relegada en el tiempo afortunadamente.

Pensar en una familia en este tiempo es pensar en personas que no sólo están unidas por consanguinidad o por términos legales, sino también por la decisión de pertenecer a una. Es ampliar la mirada desde la familia nuclear hacia las familias monoparentales, reconstituidas, extensas y las combinaciones que de éstas resulten. Y esto sin mencionar a aquellas familias conformadas por parejas homosexuales, por ahora al margen de la ley.

Es reconsiderar también la idea por la cual solemos etiquetar o tratar distinto a una persona por el hecho de no haber vivido con ambos padres. He escuchado muchas veces, de colegas psicólogos, de docentes de escuela, de vecinas, de diversas personas “pobrecito/a, es que como no tiene papá (o mamá) es así”, “debe recibir ayuda”, “necesita ir al psicólogo”. ¿Por qué? ¿Por vivir en condiciones distintas? Pero si todos vivimos en condiciones distintas, ¿o es porque los padres no pueden o no quieren explicar la situación por sí mismos? No creo que sea sencillo de hacer, pero tampoco es imposible; como fuere, en tal caso deberían ser los padres quienes vayan al psicólogo.

Me pregunto si sería más efectivo dejar de victimizar, de etiquetar como “personas con problemas” a quienes viven o han vivido en familias no nucleares, y empezar a reconocerlos por sus características personales y no por aquellas decisiones que no fueron suyas. Conozco personas que han reconocido sentirse aliviadas cuando sus padres se separaron, quizá porque tuvieron la edad, la claridad, la madurez -o como quiera llamársele- de entender y adaptarse al cambio. Creo que sería mejor normalizar y promover la relación entre hermanos, aunque éstos no compartan a ambos progenitores, quizá cambiar el término ‘medios hermanos’ por simplemente hermanos.

Después de todo, la familia (como concepto) es una creación humana que obedece a normas sociales cambiantes a través del tiempo, por lo que su evaluación, aceptación y rechazo también está en función a dichas normas, es un concepto que evoluciona, que reconoce o niega integrantes pero que se adapta tal cual el ser humano, lo cual es positivo puesto que no hay una única forma de ‘ser’ familia.

Así que, con todas las características que pudiera tener la familia de cada uno de nosotros, el domingo tendremos una oportunidad (o excusa) para celebrar su particularidad, para evaluar si es necesario hacer cambios, si se quiere – o no- renovar compromisos, para interactuar más con aquellos a quienes consideremos familia y -¿por qué no?- también para tomarnos una foto familiar que podamos publicar en las redes sociales o en la privacidad de la casa. Al fin y al cabo, siempre es bueno recordar a nuestro primer grupo de referencia, del que aprendimos las primeras pautas para relacionarnos con el mundo.

* Este post es una colaboración de Karim Talledo Sánchez, docente de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Privada del Norte.

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