La amigdalitis de Tarzán: una novela de la resignación

la amigdalitis de tarzán: una novela de la resignación

Publicada hace casi veinte años, La amigdalitis de Tarzán es una novela escrita por Alfredo Bryce Echenique. Un título peregrino para una novela que relata una pasión nada convencional alimentada por la distancia, y que se resiste a quedar en el olvido aferrándose a un intercambio epistolar aderezado con encuentros que transitan entre la candorosa amistad y el encendido arrebato amoroso.

Nacido en Lima, en 1939, y miembro de una familia emparentada con personajes de la aristocracia peruana que incluye entre sus miembros al ex presidente José Rufino Echenique, Bryce estudió Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En 1964 marchó a París a realizar estudios de Literatura en la Sorbona. Vivió mucho tiempo en Francia, y en 1985 sentaría sus reales en España, cuya nacionalidad adquiriría. Desde 1999 radica en el Perú.

En 1968, Bryce publicaría su primer libro de cuentos, Huerto cerrado, que recibiría una mención honrosa en el marco del Premio Casa de las Américas. Y en 1972, Un mundo para Julius, su primera novela, y cuyo éxito internacional lo desestabilizaría emocionalmente, sería galardonada con el Premio Nacional de Literatura.

Fue Julio Cortázar, con aquel estilo muy suyo que desborda los límites impuestos por la sintaxis, en que son habituales los párrafos extensos que de pronto se interrumpen o que discurren con deliberados tropiezos, quien le daría la licencia expresiva que, luego, le permitiría crear un personalísimo registro narrativo caracterizado por una literatura marcadamente oral y por la presencia constante de un humor que juguetea con el pesimismo.

La amigdalitis de Tarzán es una novela cuya aparente simplicidad encubre en realidad una compleja estructura narrativa: Juan Manuel Carpio articula la historia de su relación amorosa con Fernanda María, a través de su propia narración (salpicada de voces diversas), de los fragmentos de cartas suyas conservadas por su amada, y de las cartas que ella le escribe, llevando esta historia hasta un punto en que un final incierto conduce a sospechar que la relación seguirá aunque sin dejar paso ya a su consumación pasional. El tono oral de la novela es intenso: registros diversos se entrelazan; la voz del narrador se entrevera con la de los personajes cuyas peripecias relata; se interpolan digresiones que incorporan el recuerdo de diálogos que reviven escenarios que parecen hablar por sí mismos. Evidentemente, no es una falta de pericia. Se trata del signo que define el estilo de Bryce: el ritmo vertiginoso de la narración corresponde a la fuerza de los afectos intensos que están volcados en la historia con la sinceridad y la desmesura propias de «una literatura de los sentimientos» (Barnechea, 1997, p. 76).

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Afredo Bryce, autor de La amigdalitis de Tarzán.

El título, además de jocoso, sin duda aviva la curiosidad del lector: ¿qué hace Tarzán en una novela, y con una amigdalitis, además?

El narrador, Juan Manuel Carpio, un estudiante de literatura que viaja a París a tratar de ganarse la vida como músico (concretamente, como «cantautor») conoce allí a una dama, menor que él, con quien vive una atípica historia de amor. El relato de esta historia es la materia de la novela, pues Juan Manuel, instalado ya en Lima, nos la cuenta treinta años después de su comienzo y viviendo con resignación el saldo atemperado de aquel romance extravagante.

El narrador, a modo de preámbulo, traza el rumbo seguido por ambos desde que se conocieron hasta el día de su ruptura, un rumbo que nos lleva a pensar inevitablemente en los encuentros y desencuentros fortuitos que muchas veces definen con una especie de extraña premeditación cósmica nuestras vidas.

Enamorados durante tres años, Fernanda y Juan Manuel disfrutan como pueden de su amor. Aunque el espectro de la ex esposa, Luisa, aparece de cuando en vez convocada por los celos de Fernanda María, la relación parece desenvolverse bien hasta que una rencilla los separa.

La relación, luego de su final, intentará ser indefinidamente retomada: habrá algunos encuentros, una semana de explosivo jolgorio sexual, y luego una retahíla de planes que se suceden y se reformulan hasta confirmar el carácter crónico de aquella distancia que, paradójicamente, mantiene con vida una relación siempre a punto de ser reanudada.

El destino –ese otro personaje ubicuo de la novela– los reúne otra vez, pero esta vez Fernanda ya está casada y tiene dos pequeños.

Fernanda María es el optimismo encarnado. Es el ánimo emprendedor que desafía cualquier adversidad. Es la transfiguración de Tarzán: como el rey de la selva, que sin poderes sobrenaturales, solo armado con una daga, y ataviado sencillamente con un oportuno taparrabos, enfrenta un entorno hostil, que a cada momento lo enfrenta al peligro, Fernanda María se lanza a la aventura y enfrenta con denuedo los obstáculos que el destino le pone al frente. Y estos no son pocos. El trabajo en algún momento escasea; la inestabilidad política en Chile y El Salvador (países adonde se ha trasladado en busca de oportunidades) la acosa a ella y a su familia; los conflictos conyugales ensombrecen su horizonte.

La amigdalitis que asalta a Tarzán (es decir, a Fernanda María) es la súbita autoconciencia de la vulnerabilidad. A partir de una pregunta de su pequeño hijo, que quiere saber si Tarzán tiene amígdalas, Fernanda María repara en las dificultades que ha afrontado y a las cuales sigue haciendo frente. De pronto, toma clara conciencia del vaivén tumultuoso con que su vida, como un insignificante barquito de papel, se ha venido agitando. Está a salvo por ahora, pero, ¿por cuánto tiempo más? La amigdalitis toma la forma de una profunda depresión, de la que logra salir, pero consciente ahora de la ausencia de sentido de una vida que golpea cuando uno menos lo espera. Con riesgo de sonar acartonado, podría decirse, parafraseando algún pasaje filosófico, que Fernanda María toma repentina conciencia de los abismos entre los que se halla el sendero que ella ha recorrido con la serenidad de los sonámbulos. Serenidad que se desvanece para dar lugar al reconocimiento de que la vida parece seguir un rumbo ya previsto de antemano: Como ella lo dice, haciéndose cargo del desencuentro que, como un signo indeleble, ha marcado la historia de su relación con Juan Manuel: «La maldita culpa del destino que todo había venido a joderlo». (p. 62).

La amigdalitis de Tarzán, esto es, Fernanda María y la conciencia de su fragilidad, es la tentación de la capitulación ante los embates azarosos de la vida. En alguna carta, le escribe a Juan Manuel: «Nunca me vuelvas a llamar Tarzán porque no lo soy». (p. 155)

Pero, igual, la vida continúa, y esta mujer tiene un envidiable don de recomposición. Las cartas siguen cruzándose, la comunicación continúa vinculando a estos eternos enamorados que no encuentran el momento oportuno para consolidar un amor que enfrentado a las distancias y al rumbo sentimental dispar que ellos dos han tomado, ha podido, sin embargo, mantener intacta la promesa de unirlos para siempre. Aunque, claro, hay promesas que, a despecho del paraíso que ofrecen, nunca se cumplen.

A punto de decidirse a proponerle encontrarse en Lima para casarse, Juan Manuel se entera de que su eterna enamorada ya tiene una nueva pareja. Otra vez el destino cumpliendo sus enigmáticos designios, y siempre desacomodando las cosas para que el Estimated Time of Arrival (el nombre que le da Juan Manuel al crónico desencuentro que otorga su rasgo definitorio a esta tan extraña como entrañable relación) no coincida.

En Londres, durante la celebración del cumpleaños de Fernanda María, las cosas, sin embargo, ya van quedando claras: su eterna enamorada parece haber alcanzado el sosiego. «La paz en el fondo –le dice a Juan Manuel– es una nostalgia, mi viejo y querido…». Lo que quizá quiera decir: añorar lo que nunca puede ser ya, y resignarse a ello con sabiduría, acaso sea, finalmente, lo que traiga tranquilidad a nuestras vidas.

Final abierto para una novela que deja un rastro de melancolía y de derrota muy a tono con esta declaración de Bryce: «Yo soy un pesimista que quiere que todo salga bien» (Barnechea, 1997, p. 74).

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente del Departamento de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

Referencias

Barnechea, A. (1997). Peregrinos de la lengua. Madrid: Santillana.

Bryce, A. (1998). La amigdalitis de Tarzán. Lima: Peisa.

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