Metafísica: curiosa historia de una palabra (I)

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Término proveniente de la más rancia tradición filosófica, la expresión «metafísica» posee una genealogía peculiar. La encontramos por primera vez designando los escritos de Aristóteles que fueron situados, una vez ordenadas sus obras por Andrónico de Rodas, en el siglo I a. C., después de aquellos otros que estudiaban a las entidades sensibles, y que fueron designados como «física». En griego, se empleaba la frase «τὰ μετὰ τὰ φυσικὰ» (que transliterada se leería ta meta ta physica, es decir, «los que están más allá de los [libros] físicos») para referirse, así, a los textos que trataban acerca del «ente en cuanto ente», es decir, a las investigaciones emprendidas por Aristóteles en el empeño de descubrir las primeras causas y los primeros principios –instancias no empíricas, de naturaleza, por tanto, trascendente, exclusivamente inteligible– que fundamentarían la existencia de todo cuanto existe. Una ciencia que estuviera sistemáticamente integrada por aquellos principios constituiría la «filosofía primera», esto es, un tipo de saber paradigmático, un conocimiento supremo que encarnaría la plena sabiduría.

Así, una expresión que solo se refería a la posición ocupada por unos escritos pasa a designar el tipo de conocimiento que Aristóteles identificaba con el saber máximo en la jerarquía del conocimiento humano. «Ta meta ta physica» se contrajo por el uso y en algún momento de la historia se transformó simplemente en «metafísica»: un término que empezaría a hacer historia.

El decurso de los años, los siglos y los milenios, y el tráfago discursivo que los filósofos generaban, obrarían una transformación en este concepto. En algún momento de la historia, la palabra «metafísica» empezó a designar una cierta disciplina filosófica que sólo se ocupaba de estudiar las categorías referidas a los distintos órdenes de la existencia. En la Edad Media, se pasó a distinguir entre la metafísica general (orientada a tratar sobre el acto de existir como tal) y la metafísica especial (que se componía, a su vez, de tres regiones de entes: la cosmología –referida al estudio del cosmos–, la psicología racional –preocupada por la investigación acerca del alma– y la teodicea –interesada en captar las sutilezas de la existencia divina–). La concepción filosófica cristiana –que fue el marco en que el pensamiento medieval se inscribió– enseñaba que el mundo se encontraba ordenado jerárquicamente. El sistema aristotélico fue empleado con el fin de echar las bases filosóficas que fundamentaran el orden divino impuesto al mundo. Su influjo se puede percibir incluso en tiempos de Galileo, cuando los doctos, al mirar a los cielos a través del telescopio, se negaban a aceptar las manchas solares que sus ojos descubrían, al no estar dispuestos a poner en cuestión la visión del reverenciado Aristóteles, visión esta que había sido integrada armoniosamente –por obra del gran Tomás de Aquino– en el «organigrama» cristiano del mundo.

A mediados del siglo XVI, Johann Clauberg emplearía por primera vez el término «ontología» (del griego ὄντος (ontos): lo que es, lo existente): esta noción se encuentra en el prólogo de su libro Elementa philosophiae sive ontosophia, publicado en 1646. A partir de allí, este término se emplearía con profusión y aparecerían obras como Ontologia, sive de ente in genere, de Jean Le Clerc, aparecida en 1692, y, más tarde, en 1729, Christian Wolff persistiría en su uso al publicar Philosophia prima sive Ontologia (Marías, 1954). Con el advenimiento de este nuevo término se añadía un tanto más de confusión al escenario en que se desplegaba el problema de la metafísica, pues bajo la misma denominación se persistía en la referencia a los entresijos trascendentes del mundo (cosmología), del alma (psicología racional) y del ente supremo (teodicea), entidades estas que se situaban, por definición, más allá de la experiencia.

La «normalización» de la metafísica bajo la denominación de ontología podría decirse que se da en el siglo XVIII, justamente, con Wolff, dando vida a una suerte de «excesos especulativos» que pronto se darían de bruces con certeros impugnadores. Es este contexto el que explica, por ejemplo, la crítica emprendida por Kant, en plena Ilustración, a través de su Crítica de la razón pura, y efectuada en relación con lo que él ya frontalmente denominaba «metafísica dogmática»: aquella metafísica que la tradición había consagrado como un conocimiento sistemático de entidades ajenas al influjo del tiempo y del espacio. Así pues, con Kant, se comenzaba ya a incubar la desconfianza hacia este supuesto saber que, reputándose «reina de la ciencias», no proporcionaba, sin embargo, sustento suficiente respecto de la existencia de las entidades que postulaba como principios incondicionados de lo existente: dios, el alma y el universo concebido como idea totalizadora.

Así, bajo el rótulo de ontología las disquisiciones emprendidas por los filósofos dedicados a hollar en los brumosos territorios del ser iban acotando una disciplina filosófica con nombre propio, daban lugar al planteamiento de diversas teorías acerca de objetos fundamentales empleando para ello un léxico conceptual especializado, y, a un tiempo, consolidaban la huida hacia planos trascendentes siguiendo la ruta que quedaba señalada por aquel milenario y equívoco sentido concentrado en la expresión «metafísica», pues, en efecto, aquellas indagaciones pugnaban por develar la estructura profunda de lo existente, dando vida a entidades que ya no se remitían al mundo «de acá abajo», sino que, cada vez con más insistencia, se proyectaban más allá de los linderos mundanos para aprehender, sin más, la esencia de entes que presumiblemente constituían «lo más real», pero a los cuales no se podía acceder empleando los sentidos. Evidentemente, también se desplegaban pesquisas conceptuales, pero estas daban por supuesto la existencia de entidades que no eran sino ideas de un tipo peculiar y a las que Kant había denominado noúmenos, es decir, cosas en sí mismas, sin ninguna relación con cualquier experiencia posible.

Poco a poco, la metafísica antes que una disciplina pasó a designar un modo de hacer filosofía, una manera de reflexionar acerca de la realidad. Y, así, en algún momento, la palabra «metafísica» se tornó abiertamente peyorativa. Ocurrió a finales del siglo XVIII y se consolidó en el XIX. Las corrientes materialistas modernas consideraban metafísica toda investigación filosófica que no partiera de la consideración de la materia como sustentáculo de lo existente. La filosofía idealista, en consecuencia, era metafísica; el empiriocriticismo era idealista y, por tanto, metafísico; los científicos de la escuela de Copenhague eran empiriocriticistas, en consecuencia, idealistas, y, por fuerza, metafísicos.

Dejemos aquí este breve recorrido. En un próximo post, veremos cómo empieza a adquirir vigor esta naciente actitud de rechazo de la metafísica. Veremos cómo una sociedad de trabajo filosófica, muy respetable y conformada por pensadores de talento, pero, al mismo tiempo, recalcitrante y quizá sutilmente dogmática, nacida en la ciudad de Viena, a principios del siglo XX, inició este embate contra la metafísica al considerarla un amasijo de sinsentidos y, por tanto, un error del razonamiento humano que debía ser urgente y ejemplarmente subsanado.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

Referencias:

Marías, J. (1954). Idea de la metafísica. Buenos Aires: Columba.

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