Fútbol, el deporte que hace del mundo una aldea global

fútbol, el deporte que hace del mundo una aldea global

En estos tiempos del Mundial de Rusia, en plena efervescencia de vernos nuevamente entre las mejores selecciones del mundo, luego de 36 años de ausencia, nos preguntamos: ¿Es acaso el fútbol solo un deporte? ¿Qué tiene el fútbol que no tienen otras disciplinas y que puede llevarnos a un delirio total?

Muchas veces hemos visto cómo personajes de las más altas esferas sociales, culturales, políticas y hasta religiosas se comportan como un hincha más o se encuentran visiblemente expuestos en vibrantes partidos de fútbol. Es conocido que el Papa Francisco es el socio registrado más famoso del club San Lorenzo de Almagro de Argentina, y cada vez que puede hablar de su equipo no lo evita. Muchos políticos en nuestro país, en Latinoamérica y en el mundo han sabido hacer uso del fútbol como un elemento de conexión con la sociedad y sus fibras más íntimas, colocándolo al servicio de determinados intereses.

El momento en que dejó de ser un juego recreativo para convertirse en una actividad profesional, con todo lo que esto significa en el orden económico, marcó un antes y un después. Es decir, se convirtió en un producto de consumo. Sin embargo, Gabriel Angelotti, un estudioso de la antropología, nos decía que el fútbol no solo tiene fines específicos de mercado, sino de relaciones sociales sustentadas en una memoria histórica, y habla de identidades colectivas cuando hace un análisis de dos equipos tradicionales del fútbol mexicano.

El fútbol es un deporte tan popular e identificado con nuestras vidas, que representa también situaciones de nuestra cotidianeidad, muchas de ellas buenas y otras no tanto. Así, por ejemplo, de un lado el liderazgo, el trabajo en equipo, la planificación estratégica, la solidaridad (recordemos la firma de los capitanes de Australia, Dinamarca y Francia para apoyar a Paolo Guerrero en su vuelta al presente Mundial), y de otra parte situaciones de injusticias y de tristezas. Durante el juego mismo se erige la figura del árbitro, pieza clave en un partido, para hacer que las cosas buenas prevalezcan sobre las malas, aunque muchas veces suceda lo contrario. Pues si la vida tiene injusticias y el fútbol es casi como la vida, no hay razón alguna para que durante los 90 minutos o más que dura un partido no aparezcan dudas o alguna de las partes manifieste una clara desaprobación del juez del partido. Es que lo más seguro y muchos no lo sabían, es que el árbitro también “juega” en este deporte. Otro elemento que lo hace tan singular.

Un partido de fútbol puede representar muy bien la esencia humana, el orgullo o hasta la autorrealización; es decir, un lugar de escape para la felicidad individual. La predisposición y el ánimo por eso en la previa y durante el partido resultan determinantes para la obtención de resultados. Jorge Valdano, ex campeón del mundo en 1986, afirmaba que algo que antes empezó como una intuición para él, el tiempo lo convirtió en una certeza: un equipo de fútbol es un estado de ánimo. Puede sonar raro decirlo, pero ese orgullo que luego se traslada al compromiso de los jugadores en un partido de fútbol, reafirma lo que los aficionados también desean.

Un gol en contra puede mancillar entonces el honor, y muchos goles con mayor razón. Esto quizás pueda explicar lo que pasó en el Mundial de España 82, cuando un jeque kuwaití, hermano del Emir de Kuwait de aquellos años, bajó hasta la cancha y le reclamó al árbitro que anule el gol que la selección francesa acababa de anotarle a su equipo, consiguiendo increíblemente su objetivo ante los ojos de todo el mundo que lo miraba en el estadio y por televisión. El orgullo mancillado probablemente lo nubló y lo llevó al delirio, aunque finalmente su equipo cayera por 4 a 1.

Es famoso el decreto publicado por orden de Jacobo I, rey de Escocia, hace algunos siglos: «Que ningún hombre juegue al fútbol…”. Hoy nuestro rey descubriría que el amor por un balón de fútbol nunca se erradicó de la sociedad y es un requisito de convivencia en nuestra aldea global. Una convivencia que puede alterar una agenda desde la más sencilla hasta las más impensadas.

El 10 de octubre del 2017, Bono y su banda U2 retrasaron 1 hora y 20 minutos el recital musical que iban a dar en La Plata, Argentina, para ver la definición del equipo de Messi cuando jugaban su clasificación al Mundial en Quito. Habría que preguntarse si los organizadores del show hubieran hecho lo mismo por un partido de baloncesto o el discurso del presidente argentino.

Perú está en el Mundial y todos estaremos a la expectativa de los resultados de nuestra selección. Somos parte de esa identidad colectiva que se refleja en 11 futbolistas en una cancha de fútbol, al igual que lo hacen otros países con sus selecciones. Alemanes, brasileños, egipcios, croatas, nigerianos, polacos, japoneses y tantos otros (inclusive aquellas naciones cuyas selecciones no juegan) estarán pendientes de lo que pase en este acontecimiento universal. No hay duda: el fútbol representa algo más que un deporte; es un vehículo social con destinos insospechados.

*Este post es una colaboración de Carlos Antonio Gamarra Chávez, docente de la Facultad de Negocios de la Universidad Privada del Norte.

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