Experiencia turística y disfrute, una cuestión de actitud

experiencia turística y disfrute, una cuestión de actitud

En más de una caminata he notado que alguno de mis acompañantes no es capaz de disfrutar de la experiencia que se le ofrece, porque está pensando cómo llegar más rápido a la siguiente parada sin que nadie ni nada lo apure. Esta actitud tiene, a mi parecer, dos consecuencias: la primera podría resumirse en el hecho de perderse la experiencia presente. La segunda tiene que ver con la imposibilidad de aprender de esa experiencia y no poder recuperarla en el futuro.

Sepamos que la mejor manera de disfrutar de una experiencia turística está en nuestra actitud. En el interés que nosotros mismos pongamos para gozar de la experiencia que hemos escogido. Recordemos que el turismo es voluntario y no obligatorio. Considero que la belleza del mar no está en el mar, sino en la apreciación estética que le brinda el hombre a través de su percepción y de acuerdo a su estado de ánimo.

En este sentido, el cuerpo tiene un rol importante en este propósito. Por ejemplo, nuestro corazón se agita al subir un sendero empinado. Luego el cuerpo se acostumbra a la caminata y nos sentimos más aliviados pudiendo entonces gozar del paisaje; nuestra respiración se normaliza y podremos respirar profundamente sintiendo el aire fresco que penetra en los pulmones. Todas estas sensaciones corporales nos permiten estar conscientes, entregados plenamente a la experiencia del momento. Entonces, estar físicamente bien o adaptarnos corporalmente al medio que estamos visitando es, a mi juicio, una condición clave para disfrutar del lugar. Y el único modo de hacerlo es a través del buen estado físico que nos proporciona un cuerpo bien cuidado.

Otro componente para disfrutar de la experiencia turística es el estado de ánimo, que no es más que “la forma como queremos ver las cosas”. Hace poco, en las alturas de los Andes, estuve recorriendo un frondoso y bello bosque. En medio de él expresé: «Qué paz que se respira en este lugar». Yo me refería al silencio y la armonía que percibía en la naturaleza. Entonces, surgen algunas preguntas: ¿Qué es exactamente lo que nos inspira paz? ¿Es esa la misma paz que sentimos dentro de una iglesia?

Alguien sostiene que “la paz es el estado de ánimo que surge de la aceptación de aquello que no podemos cambiar”. Yo creo que la paz es “un estado interno que uno mismo declara o acepta”. Si somos conscientes de esta aceptación y podemos percibirla en el cuerpo entraremos lentamente en el reino de la paz. Insisto, todo depende de nuestra actitud, de “la forma como queremos ver las cosas”, porque los árboles, el silencio, la armonía y los pájaros de un bosque pueden inspirarnos paz, pero esa paz sólo puede habitar en el interior de nuestro ser.

Por ello, celebremos la naturaleza, la vida y la paz y cuidemos nuestro cuerpo, esa máquina asombrosa que nos permite apreciar las cosas bellas de la naturaleza y transformarlas en experiencias humanas… en experiencias turísticas.

*Este post es una colaboración de Iván La Riva Vegazzo, docente de la Facultad de Negocios de la Universidad Privada del Norte.

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