“Es admirable la cultura chilena”

Partí a Chile llevando en mi alma muchas ilusiones y en mis manos obsequios para algunas personas. Mi esposo me acompañó rumbo al hermano país del sur y al llegar a Santiago nos esperaba Patricio Aliaga, el joven ingeniero que nos alquilaría un departamento para pasar mi estadía en la bella ciudad jardín como llaman los chilenos a Viña del Mar, que pertenece a la quinta región al igual que Valparaíso.

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Mi arribo a Viña del Mar fue el 27 de julio por la noche. Al día siguiente me hice presente en la Universidad Viña del Mar, donde me recibió Carlos Torres, coordinador de Asuntos Internacionales, y luego fui a mi sede en Miraflores y conocí a mi directora Paulina y algunos profesores y profesoras, todos tan simpáticos y amables.

En esa semana de adaptación nos llevaron de paseo por diversos lugares turísticos, tanto a los demás estudiantes de intercambio como a mi persona y a mi esposo. Conocimos lindos lugares, una cultura distinta, una forma de vida diferente. De cada respiro aprendí cosas nuevas y muy interesantes. Los medios de transporte como el teleférico, el bus eléctrico o trolebús, tan antiguo y tan útil, funcionan eficientemente.

El lunes 3 de agosto empezamos las clases y ese día mi esposo retornó al Perú y yo quedé sola para estudiar en UVM.

La semana transcurría tranquila, yo me sentía feliz, los maestros todos de calidad, pero luego tuvimos lluvias muy fuertes y vientos huracanados. Entonces se suspendieron las clases. Los días transcurrían lluviosos y el viento azotaba las ciudades de Valparaiso y Viña del Mar. Los chilenos decían que Chile lloraba la muerte de Margot, una cantante folclórica. Pero la negra madrugada del sábado fue la peor. El sistema frontal como le llaman ellos se agudizó y a mi departamento, situado en el piso catorce, se filtró agua por la ventana y por la mampara de la sala. Tuve que pasar la noche en la conserjería, tomando café, conversando con la gente, que tampoco podía dormir, corriéndonos de los ventanales que parecían a punto de explotar en cualquier momento. Fue una experiencia angustiante pero a la vez aprendí que en este país la gente es muy solidaria, se cortó la energía eléctrica, las cocinas funcionan con electricidad, todo funciona con electricidad en este edificio, pero no sé de dónde el conserje resultaba con agua para brindarnos una taza de café caliente.

El sábado por la mañana limpiamos cada quien su departamento y luego llegó mi arrendador  y reparó todos los desperfectos dejándolo mejor que antes.

El domingo todo fue un poco mejor, pero nos enteramos que la fuerza de las olas habían dejado muchos destrozos, que el río Estero se llevó dos carros, que dos carros se hundieron porque las calles cedieron producto de la humedad, que el mar cobró una víctima, que muchos negocios se destruyeron porque se encontraban en las orillas del mar.

Pero un día después tuve una nueva lección: los habitantes de Viña estaban nuevamente de pie, acudiendo a sus trabajos, a sus centros de estudio, a restablecer lo destruido. Me enseñaron que así como pueden caer se levantan, son gente de lucha y nunca se dejan vencer.

Es admirable la cultura chilena, me doy cuenta que tengo mucho que aprender.

* Este testimonio es una colaboración de Nila Barrantes Sánchez, estudiante de la carrera de Psicología de la Universidad Privada del Norte.

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