Chaparrí, hechizo de la naturaleza

“Cuto no tiene dientes”, pronuncia el guía. Se los rompieron cuando estaba cautivo en un circo para que no ataque a los domadores. Cuando lo rescatamos estaba flaco y era huraño. Ahora lo alimentamos sólo con frutas suaves y lo tenemos en esta zona enrejada. Si lo soltáramos en el bosque moriría pues no podría consumir alimentos. Cuto debe tener entre doce y quince años, vivió un tiempo solo, pero ahora tiene compañía. Cholita es su compañera, tiene ocho años y también fue rescatada de una comunidad campesina cercana, donde la tenían de mascota. En un tiempo más, cuando Cholita esté lista, la soltarán para que vaya al bosque. Cuto y Cholita nos miran con ojos curiosos, se acercan pesadamente hacia la reja y mueven el hocico para percibir olores (sobre todo de comida). ¿Quién quiere darle de comer a Cuto?, pregunta el guía.

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Cuto  y Cholita son osos de anteojos que viven en el área de Conservación Privada de Chaparrí, en Chongoyape, Lambayeque. Visitar esta reserva ecológica ubicada en la zona oeste de dicha región, donde comienzan las estribaciones de la sierra, es una de las experiencias más emocionantes que un amante de la naturaleza pueda vivir.

Chaparrí permite descubrir cómo el desarrollo de un pueblo puede ir de la mano con la conservación del medio ambiente. En este lugar eco-mágico  se puede caminar, tomar sol y ver en su estado natural a especies como el oso de anteojos, la pava aliblanca, el zorro costero, que son especies en peligro de extinción. Junto a ellos existe una gran cantidad de especies de flora y fauna que deleitan y hechizan a los visitantes.

Llegar a Chaparrí toma aproximadamente dos horas desde Chiclayo. Lo más recomendable es ir en un micro de alquiler o auto, pues no existe transporte al bosque. Una vez pagada la entrada y el guía, se viaja por un camino de tierra en medio de un desierto lleno de algarrobos, cactáceas y faiques. El paisaje es engañoso, pareciera que estamos en medio de la nada, pero nos falta una hora de recorrido. El sol empieza a brillar con más fuerza. Es necesario llevar mucha agua para disminuir el golpe de calor.

Aunque parece un bosque muerto, se puede encontrar en él una gran diversidad de aves, reptiles y plantas. Con detenimiento se podrá ver incluso flores en los árboles secos -los botones de papelillo de cactáceas- que sirven de alimento a insectos y picaflores, los que a su vez permiten el dinamismo de todo el ecosistema de bosque seco al que pertenece este maravilloso lugar.

Chaparrí cuenta con un área de presentación de la reserva, donde se puede encontrar información sobre las características físicas, geográficas y biológicas del lugar. El visitante puede conocer el pequeño museo del lugar mientras se organizan los turnos de recorrido, ya que se tiene en cuenta la capacidad de carga de los visitantes para no asustar a los animales. Se ingresa en grupos de diez con intervalos de diez minutos. Antes de iniciar la ruta se puede tomar agua refrescante y saludable de un filtro de piedra. Conforme se ingresa a la reserva se sienten pequeñas ráfagas y el calor se hace soportable. Un habitante hace su aparición: el zorro costero.

La reserva de Chaparrí pertenece a la comunidad campesina de Chongoyape y durante años fue un territorio abandonado incluso por los mismos comuneros. La reserva cuenta con 34,412 hectáreas que corresponden a los territorios de Lambayeque y Cajamarca (hasta los 4,000 m.s.n.m.). El fotógrafo ambientalista Heinz Plenge fue quien en 1996 convenció a los comuneros de convertir un terreno sin aparente valor en un área de conservación de la biodiversidad de bosques secos de la zona norte del Perú. Han pasado 19 años desde que comenzaron a construir ambientes y sembrar árboles y canalizar la poca agua que brotaba de un ojo. Cuando el visitante realiza el recorrido, no imagina el trabajo que los primeros comuneros debieron realizar en medio de la tierra y el calor con la promesa de convertir el lugar en su centro de trabajo.

“El esfuerzo valió la pena”, pronuncia orgulloso don Pedro Cáceres, uno de los fundadores de la reserva y uno de los más experimentados guías del lugar. Cuando joven trabajó muchos años en labores agrícolas y a partir de los años 70, con el surgimiento del cooperativismo, subsistió en pequeños trabajos. Hoy, a sus 73 años, puede vivir exclusivamente de los ingresos que generan los visitantes. Don Pedro cuenta que cuando hicieron la proyección de visitas, calcularon llegar a un millón al cumplirse al año 20. La meta se alcanzó en 2014 y se espera que a futuro el número de visitantes siga creciendo.

La reserva es el hogar de una variada fauna que incluye muchas especies que son consideradas endémicas en los bosques secos de la región tumbesina. Este alto grado de endemismo la hace atractiva, a pesar que sus registros cuantitativos no son muy altos comparados con otras áreas neo tropicales. Hasta la fecha se han registrado 225 especies de aves, 21 de mamíferos, 17 de reptiles, 5 de anfibios, 6 de peces y 10 de libélulas. Aún hay áreas que están siendo estudiadas y que lograrán aumentar las estadísticas sobre biodiversidad en el lugar. En el camino se puede ver volar una pava aliblanca, una especie en peligro de extinción. Se estima que en el Perú existen poco más de 200 ejemplares y en Chaparrí habitan aproximadamente sesenta y cinco. Los programas de conservación comprenden a los osos de anteojos, pavas aliblancas, guanacos, pumas, cóndor andino, venados, zorros costeros y en general toda la flora y fauna del ecosistema. Además se han habilitado bungalows para los visitantes con agua caliente y alimentación. Asimismo se reciben delegaciones de investigadores y voluntarios para trabajar en diversas labores.

Después de dos horas de recorrido estamos exhaustos pero felices. Mientras almorzamos comentamos las experiencias. De pronto nos damos cuenta que tenemos un nuevo amigo. Zorro costero le dicen, pero en Chaparrí más parece un perrito domesticado. Han percibido el olor de nuestra comida y varios de ellos se acercan a nuestras mesas. Terminamos de almorzar y nos tomamos la foto del recuerdo en la entrada de la reserva. Don Pedro me cuenta que la comunidad les da trabajo a los jóvenes de la zona, que con parte de los ingresos pagan a las rondas campesinas, a los profesores de colegios rurales y parte del personal médico de Chongoyape. Lo restante en invertido en nuevas rutas para los visitantes. Lo escucho atentamente y noto una vitalidad y un amor por la naturaleza que hace falta en muchas personas. Me cuenta que el bosque de Pómac recibe del Estado S/. 10 millones al año y no pueden detener la tala ilegal y la explotación de recursos. Chaparrí es el ejemplo de una comunidad que hace de su territorio un recurso sustentable. Sólo es cuestión de soñar y unir voluntades.

*Este post es una colaboración de Omar Colán Garay, docente de la carrera de Ingeniería Ambiental de la Universidad Privada del Norte.

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