De Koestler a Auster: los buenos libros, el azar y la red

De cómo una búsqueda dubitativa de datos literarios en internet dio paso al hallazgo de obras de notable factura.

De Koestler a Auster: los buenos libros, el azar y la red

Caracol TV

I

Son las 11 y 30 de la mañana de un sábado. Estoy terminando un post sobre el escritor húngaro Arthur Koestler y necesito citar un pasaje de aquella carta que dejó para dar cuenta de las razones que lo llevaron a quitarse la vida. Pero deseo recurrir a una fuente confiable. La carta se reproduce a raudales en blogs y sitios diversos en la red, y no hay dudas razonables para poner en cuestión su autenticidad, pero mis escrúpulos (más aún si hace algunas semanas acabo de postear un texto acerca de la proliferación de citas espurias en la red, partiendo de un poema de lamentable factura atribuido falsamente a Borges) me determinan a hallar alguna fuente que cuente con el aval de una autoría reconocida en términos académicos, en que aquel documento postrero aparezca citado. Así, pues, me lanzo a la red (la urgencia es el signo de estos volátiles tiempos).

Buscando esta carta, doy con un libro de acceso restringido en Google Books. Su título: Del otro lado del jardín, del colombiano Carlos Framb. Se trata de una obra en que Framb relata el proceso que lo condujo a preparar el suicidio de su madre, quien le pedía insistentemente que la ayudara a morir, tras haber estado a merced de una serie de dolencias crónicas que transformaron los últimos años de su vida en indecible sufrimiento. Describe también allí el proceso legal a que fue sometido tras sobrevivir (pues había decidido morir junto a ella), acusado de homicidio. En este libro, al recordar los casos de pensadores y artistas que apelaron a este recurso, se cita la carta de Koestler, pero no se menciona la fuente de donde ha sido extraída, y, para complicar el asunto, el libro no está paginado.

De Koestler a Auster: los buenos libros, el azar y la red

La búsqueda online de la carta en que Arthur Koestler expone las razones que lo llevarían a quitarse la vida abrió paso al descubrimiento de valiosas obras al autor del presente artículo. 

Atraído por esta conmovedora y muy bien escrita historia (que leo de mala manera, pues, como sabemos, los libros en Google Books  –al menos, la inmensa mayoría– son de acceso restringido, de modo que solo es posible leer algunas páginas), me sumerjo otra vez en la red, a ver si alguna copia digitalizada de este libro ha sido puesta en circulación por algún generoso internauta (pues no lo encuentro en el buen catálogo on line de la librería a que acudo a veces, ni en los pocos que algunas librerías nacionales tienen disponibles aquí), y en este trance descubro una reseña sobre el libro de Framb, en que se comenta brevemente –debido a la relativa afinidad temática– un libro de Paul Auster, La invención de la soledad, en que el escritor norteamericano desenvuelve una profunda meditación de arrestos existenciales a partir de la repentina muerte de su padre. Voy otra vez al catálogo on line de la librería que frecuento, encuentro el título, pero está agotado; exploro, por simple curiosidad, las demás obras de Auster que figuran en stock y descubro otro libro suyo, Diario de invierno, que parece ser una meditación profunda y cautivante, según puedo figurarme luego de leer la breve sinopsis de la contraportada, sobre la llegada de la vejez. Mi sistema de alertas literarias se activa. Por la tarde, en realidad, casi ya de noche, enrumbo a la librería y compro este libro, regreso a mi casa y empiezo a leerlo con avidez. Y, ahora, heme aquí, en un intervalo de la lectura, empezando a escribir el post que ahora están leyendo. Extrañísimo: he transitado de Koestler a Auster (esa áspera consonancia es una curiosa coincidencia que me persuade de tomarla como parte del título).

El azar en la red; la red como parte de nuestra vida; la vida como parte de este todo incomprensible. Autores, libros, azar e internet. Podría considerarse este descubrimiento expresión de lo que se denomina serendipia. Serendipia: el hallazgo casual de un hecho de importancia –que sea importante o no es cuestión de perspectiva– cuando se está inmerso en otra búsqueda. Hay una simpática comedia romántica (con John Cusack y Kate Beckinsale) sobre este tema: la irrupción del azar en la vida, la historia de los encuentros y desencuentros de dos jóvenes que, finalmente, terminan amándose. Justamente, su título era Serendipity, o Señales de amor, título con que este filme fue estrenado aquí en Latinoamérica. La vida –pienso–, es, finalmente, y en esencia, serendipia. Me acuerdo de John Lennon (lo dice en un pasaje de aquella bella canción que le compuso a su pequeño hijo Sean): «Life is what happens to you while you’re busy making other plans».

Debo decir que terminé el post sobre Koestler. Hallé la referencia a su carta, y la transcripción de un oportuno pasaje, en un libro (físico) de George Steiner, quien fue su amigo. Publicado por la editorial Siruela, la obra recoge sus colaboraciones aparecidas en la reputada revista norteamericana The New Yorker a lo largo de treinta años. Y bueno: además de todo esto, sabemos quién es el gran Steiner. Suficiente respaldo.

II

Han pasado algunos días. He terminado de leer el libro de Auster y mis expectativas no fueron defraudadas. Se trata de una obra escrita con las entrañas. Es un libro de tono autobiográfico, en que el escritor norteamericano registra con puntillosidad aquellos recuerdos impregnados a fuego en su memoria con el barniz indeleble del placer y el dolor. En medio de este catálogo de vivencias de intenso pulso vital, también se otorga lugar a reflexiones de sugestivo timbre filosófico. Así, pues, la enfermedad y la muerte, la incertidumbre y el azar de la existencia, las incomprensibles e inquietantes coincidencias que parecen haber sido dictadas con ironía y cruel premeditación por un destino juguetón, la caducidad y el deterioro impuestos por el transcurso ineluctable del tiempo, son algunos de los temas que asoman allí.

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Diario de invierno, uno de los títulos de Paul Auster, es una cautivadora reflexión de lo que significa llegar a la vejez y situarse ante el umbral de la muerte.

Auster llama a este repaso visceral de su vida una «fenomenología de la respiración» (p. 5), esto es, una descripción directa y atenta de las sensaciones adheridas a los recuerdos que, como latigazos, han marcado su intensa existencia. La expresión es oportuna y sugestiva: la respiración es el mecanismo que con una ejemplar discreción mantiene nuestra vida en términos más elementales. Prestarle atención implica escudriñar –casi, diríase, con escrúpulo notarial– cada pálpito de nuestro organismo, pugnar por percibir cada sensación agazapada en los pliegues inadvertidos de la cotidianidad. En el caso de este diario, esta peculiar fenomenología será el registro de aquellos recuerdos de la vida del escritor empapados de vívidas imágenes sensoriales, entre las que no faltarán aquellas asociadas al acoso del tiempo y sus anuncios –más notorios con el despiadado arribo de la vejez– del deterioro y la fatiga que se abren paso en dirección a la extinción.

Así pues, ya desde las líneas iniciales, tienen su lugar aquí meditaciones acerca de la transitoriedad de la vida, del destino humano y su final inexorable; también acerca de la dolorosa conciencia de la propia vulnerabilidad, de la caducidad del cuerpo, de los achaques que van socavando la ilusoria sensación de eterna vitalidad con que venimos a la vida: «Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro». (p. 5); «(…) mientras te miras al espejo esta mañana comprendes que toda vida es contingente, salvo por el único hecho necesario de que antes o después tocará a su fin». (p. 9). «Lo que ejerce presión sobre ti, lo que siempre ha ejercido presión sobre ti: el exterior, es decir, la atmósfera; o más bien, más concretamente, tu cuerpo en medio del aire que te rodea: las plantas de los pies ancladas en el suelo, pero el resto de ti expuesto al aire, y ahí es donde comienza la historia, en tu cuerpo, en donde todo terminará también». (p. 15).

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Carlos Framb, autor colombiano que relata en su novela Del otro lado del jardín la asistencia que brindó a su madre para que muriese.

Es peculiar la perspectiva desde la cual es narrada esta historia. En segunda persona, Auster describe y comenta los sucesos de su vida refiriéndose a sí mismo como si se tratara de alguien a quien observara directamente. Como si él apareciese en una sala de espejos que reflejaran las imágenes conservadas en su memoria, escruta con plástica minuciosidad los detalles que les otorgan espesor. Es un recuento relatado, acaso susurrado, a sí mismo; una especie de diálogo íntimo. Sí, un diálogo: no un monólogo. No simplemente dice, sino, más bien, se dice a sí mismo. Descripciones, meditaciones, reflexiones, apuntes, comentarios, todo fluye teniendo como punto de destino a un personaje que es el mismo escritor. La impresión que se tiene es esta: el narrador no se guarda nada, todo está expuesto, con ternura y también con crudeza, con desfachatez, sin miramientos, en un ejercicio de pasmosa sinceridad. Auster traslada al papel el inventario de aquellos momentos que han compuesto su vida y los muestra con una paradójica objetividad –de allí proviene, precisamente, la mención a aquella «fenomenología de la respiración» que se anuncia al inicio del libro–, pues lo que aflora no es sino el subjetivo testimonio de la memoria, si bien ofrecido con una honestidad que se supone inesquivable, justamente, porque el destinatario de lo narrado es el narrador mismo: la verdad no consiste aquí en un simple recuerdo fotográfico, sino en el testimonio descarnado acerca de lo que se vivió –y aquí la expresión es muy precisa– «en carne propia». Esta perspectiva de la narración en segunda persona convierte en objeto al sujeto, sí, pero sin que esa condición impida que dicho objeto refracte con viveza aquello que de ninguna manera puede dejar de ser subjetivo: el sedimento de lo vivido.

Los datos curiosos, por supuesto, también hallan lugar aquí. En el recuento de las veintiún casas en que vivió el escritor norteamericano, destaca el relato de la compra de aquella situada en Millis Road, en Stanfordville, Nueva York, en donde él y su primera esposa pasaron solo una breve estancia (pp. 89-92). Las dueñas habían sido unas hermanas ancianas que se odiaban y que dejaron en la casa una caja llena de libros sobre temas tétricos, que incluían panfletos pronazis, obras sobre la supuesta infiltración comunista en el gobierno norteamericano y un ejemplar de Los Protocolos de los sabios de Sión. Una casa que, además de este peculiar legado, los recibió con los restos de un cuervo disecado que había permanecido por años tras un vetusto armario, y que descubrieron con espanto. Una deliciosa y muy literaria anécdota, sin duda.

Sus fracasos amorosos, su fallido primer matrimonio, su incompetencia en el terreno de las relaciones sentimentales, el recorrido serpenteante seguido en busca del amor, los recuerda el escritor con ironía y desparpajo. Por eso, Auster se pregunta cómo es posible que su matrimonio con la talentosa escritora Siri Hustvedt  –Premio Princesa de Asturias de las Letras de este año–, y con quien, además de las comunes ilusiones forjadas avistando siempre el oficio de la escritura como destino, compartió también penurias económicas y momentos de zozobra, haya podido extenderse por más de treinta años. Las diferencias de temperamento, piensa Auster, tanto como las coincidencias en cuanto a gustos y preferencias, ambos aspectos profundamente marcados y en peregrina conjunción, así como la admiración mutua, son factores que han contribuido, sin duda, a que esa unión perdure. Pero más allá de ello, no hay mucho que decir; la vida siempre regatea porqués: «Has intentado averiguar las razones de ese inesperado vuelco de la fortuna, pero nunca has podido hallar la respuesta. Una noche te encuentras con una desconocida y te enamoras de ella; y ella de ti. No lo mereces, pero tampoco lo desmereces. Simplemente ocurrió, y nada puede explicarlo salvo la buena suerte». (p. 192).

La muerte es una presencia frecuente en el libro. Y en algún momento, encuentra un perturbador punto de contacto con la literatura. Su retorno a la escritura, luego de un periodo de sequía creativa, es marcado con el sello de lo irreparable. Una experiencia casi mística sería el catalizador. En medio de una exhibición de ballet, en que los bailarines, en ausencia de pieza musical alguna, evolucionaban en silencio, Auster experimenta un gozo extraño: la música y el sentido de aquella danza los siente sin necesidad de sonidos ni explicaciones; el silencio, que parece musitar inefable poesía, y los movimientos armoniosos de aquella coreografía, que traza sendas no transitables por el lenguaje, lo transportan a un estado extático. Una vez en su casa, escribirá, estremecido, un texto sobre aquel suceso. Aquel ensayo llevaría inscrita la cifra de lo aciago. Auster recuerda: «(…) lo terrible de aquella noche, lo que continúa persiguiéndote, es que justo cuando estabas terminando tu composición (…), tu padre agonizaba en brazos de su novia. La trigonometría macabra del destino. Justo cuando estabas volviendo a la vida, la vida de tu padre tocaba a su fin». (p. 218). «La trigonometría macabra del destino»: el desconsuelo metafísico de la criatura humana convertido en literatura. Tremendo.

A partir de una cita de Joubert, Auster reflexiona sobre la vejez y la muerte, que no es sino pensar acerca de la decrepitud y el deterioro, el vacío y la nada. Había dicho el autor francés: «Hay que morir inspirando amor (si se puede)». (p. 209). ¿Cómo hacer para dejar este mundo inspirando amor, despertando gratitud entre quienes nos rodean; cómo, para evitar el desapego y aun el rechazo que un cuerpo decrépito, roído por los años y la enfermedad, podría provocar en aquellos que lo rodean? Es tremenda la situación que Auster plantea, pues, aunque no exista la seguridad de su realización, es perfectamente posible que ocurra al final de la vida. No hay mucho que decir, a no ser esto: «No puedes pronosticar lo que ocurrirá cuando llegue el día en que te metas en la cama por última vez, pero si no desapareces súbitamente como tu padre y tu madre, quieres morir inspirando amor. Si puedes. (p. 210).

Diario de invierno comienza con Auster viéndose a los seis años levantarse de la cama, descalzo, para asomarse a la ventana –la ventana de la vida–, sintiendo el frío del suelo. Y termina también así, ya con sesenta y cuatro años, mirándose, parado frente a la ventana, con los pies desnudos otra vez sobre la frialdad del suelo, contemplando la nieve caer, pero ahora ya atravesando el umbral postrero en camino a la estación del declive –el invierno de su vida–, y formulando una pregunta de una terrible y contundente concisión: «¿Cuántas mañanas quedan?». (p. 223).

Karl Jaspers decía que el hombre es el único animal que sabe que va a morir. Mirando a través de esa ventana, Auster nos plantea también aquella espantosa trivialidad.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente del Departamento de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

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Referencias:

Auster, P. (2012). Diario de invierno. Barcelona: Seix Barral.

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