El Cid campeador y también mercenario

El autor del presente artículo presenta una visión crítica de Rodrigo Díaz de Vivar, legendario guerrero castellano.

El Cid campeador y también mercenario

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De Rodrigo Díaz de Vivar podemos afirmar que su biografía se pasea entre los vientos de la realidad y el vino de la fantasía medieval de los juglares. Héroe de Guerras Santas y vendedor de su valentía al mejor postor, claro, sin importancia de credo, raza o pensamiento. Infanzón trepador en la pirámide social de las diferencias y asesino ficticio de celosos suegros de nobilísima casta: ese es nuestro Cid Campeador, alias heredado y titulado por los mismos moros que reconocieron en él a ese Señor luchador de los campos de batalla.

La historia surge cantada y a ritmo de carnaval juglaresco por los barrios de San Esteban de Gormaz y de Medinacelli, en donde el pueblo necesitaba héroes y en el furor de sus fiestas dionisiacas fue dibujándose a este superstar del Medioevo que en romance lengua fue gestando lo que mañana más tarde sería una España de católicos reyes.

Pero la historia, que fue real y se empezó a correr a ritmo de chismes que son más efectivos que la misma escritura se ubica allá por el 1046, en un siglo XI donde las jarchas aún resonaban enamoradas y otros alucinados héroes como Roldán o Sigfrido eran cantados para el pueblo borracho por un anónimo juglar que improvisaba a ritmo de hip hop medieval las hazañas épicas en sus mesteres de juglaría.

Este titulado Poema del Mio Cid y copiado de a retazos por un tal Per Abbat allá por el 1207, que le sumó La crónica de los veinte reyes y otros papeles amarillentos que fueron dándole forma a sus tres partes que a ritmo de alejandrinos y octonarios con cesura incluida van contándonos la mala suerte de nuestro héroe y cómo le arrebatan de cuajo ese honor medieval y todo lo que tiene que pasar para poder recuperarlo a través de ese destierro inmerecido o de esas bodas que tanto le costaron y, peor aún, esa Afrenta de Corpes que tuvo que esperar las cortes de Toledo para llegar a tener un poco de justicia.

3735 versos que recorren a una España que aun ni existía en los mapas, pero que presentan lo que hasta hoy le da vida a la misma: los enfrentamientos entre las diferentes clases sociales y los de aquí y los de por allá.

El Cid, mano derecha de Sancho y por el cual jugó la vida más de una vez, obligando a Alfonso a jurar en Santa Gadea inocencia de fratricidio y aunque se sabe que la literatura suele ser algo hiperbólica cerremos la idea que en la obra solo se escapan tres escenas de ficción: un arcángel San Gabriel que pide enloquecido carne chamuscada de moros, un par de usureros judíos que tuvieron buena voluntad y un león de circo de barrio atemorizado por su pasado.

Del argumento, al cual se le perdió algunas hojas, nos deja a ese héroe lleno de llanto que parte al destierro tras dejar a su dulce esposa doña Ximena y a sus hijitas Elvira y Sol al cuidado del Abad don Sancho en el monasterio de Cerdeña y acompañado de su mesnada: Pedro Bermúdez, Alvar Fáñez y Martín Antolínez, uno más pillo que el otro, engañan a los judíos Raquel y Vidas con cofres llenos de arena y promesas a cumplir, que con el dinero prestado se hace a la aventura y repite lo que sabe hacer de memoria: matar, violar, ultrajar, robar, incendiar, saquear, pero siempre en nombre de su dios que guía su mano.

A pesar de enviar el quinto real al rey Alfonso, este no cede en su medida; sin embargo, los envidiosos cortesanos miran las nuevas fortunas del Cid con babas llenas de deseo, y será su enemigo jurado, el conde Garcí Ordoñez, quien excite las ganas de sus cobardes sobrinos, Infantes de Carrión (Diego y Fernando), a pedir las manos de sus hijas y a pesar de su cobardía reconocida en el reino, el Cid acepta las bodas ya que el pedido viene con la venia del rey.

Y tras 15 días de ebriedad casadera y entregadas a cabalidad las dotes pactadas, e incluso regalos tan luminosos como la Tizona y la Colada, parte a tomar Valencia, su máxima victoria, y tras nueves meses de acoso militar consigue su rendición y la comprobación de lo cobarde que son los infames yernos, mucho más cuando huyen trepando por las cortinas del castillo de un agotado león que bosteza todo su sueño, y ante las risas de esos nuevos cortesanos se sienten que han ofendido a su escudo y planean venganza cuando hacen el regreso a sus tierras, deteniéndose en el bosque de robles de Corpes y azotando desnudas a sus esposas creen dejarlas casi muertas a disposición de las fieras, pero salvan la vida y el Cid con todo su poder devasta a Carrión en venganza de padre.

No, no lo hace, espera un juicio justo que condene a muerte a los de Carrión, pero tampoco se honra ese deseo, es más, le dan la oportunidad de defenderse, dejando en claro esas diferencias sociales que hasta hoy rigen el destino de muchos. Y si bien la suerte del Cid y de sus hijas queda en cierta forma subsanada con la nueva pedida de mano por parte de los emisarios de Navarra y Aragón, nos queda la sensación amarga que los pequeños del mundo no nos podemos defender.

Rodrigo Díaz de Vivar, no muere en el cantar, pero en los libros de historia sí lo matan y aunque hasta después de muerto gana batallas con su sola presencia que atemoriza a sus enemigos, él sabe que ya está muerto, muerto desde que lo desterraron, porque jamás se recupera el honor perdido, porque jamás el olvido supera a la memoria.

*Este post es una colaboración de Renato Salas Peña, docente del Departamento de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

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