Florilegio al paso contra la marea digital

Florilegio al paso contra la marea digital

Diariamente circulan miles, cientos de miles, probablemente, millones y acaso miles de millones de memes, estados, documentos, fotos, videos, etc., a través de las redes sociales. Este enjambre de información viaja, preferentemente, por medio de las plataformas de Facebook, Instagram, Twitter, y a través del sistema de mensajería instantánea por excelencia, WhatsApp.

Una curiosa creación favorecida por el uso intensivo de este tinglado digital, que transita de aquí para allá y es reenviada por despistados paseantes virtuales, lo constituye aquello que llamaremos, con una expresión alambicada (perdonen lo que acaso sea un tic de mi formación profesional), «la cita sabia de atribución espuria». Se trata de un breve texto –aunque, en ocasiones, puede ser un poema de regular extensión– de tono sentencioso atribuido a algún intelectual, artista o político célebre, pero que, normalmente, se trata de un pasaje que nunca fue escrito (o de un dicho que nunca fue proferido) por el personaje a quien alegremente se lo adjudica. Claro: en algunos pocos casos aquellas citas sí son auténticas, pero, cuando es así, el problema es que no se deja constancia (al menos, no lo hace la mayor parte de quienes reenvían aquellos pasajes) acerca de cuál es su fuente: un libro, un discurso impreso o registrado en video, un filme documental o de ficción, un artículo, una entrevista, una canción, etc.

Últimamente, he visto que algunas víctimas de estas atribuciones espurias (todo un fenómeno social generado por el intercambio en la red de redes, como se puede ver) han sido Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y José Saramago. Por supuesto: hay muchos más.

Animado por el entusiasmo de los anónimos difusores de estas citas falsamente atribuidas, sentí el deseo de elaborar una breve lista de mi propia cosecha de lector frecuentador de libros físicos (cuando de citar se trata, casi siempre huyo, como si de la peste se tratara, de la oferta al por mayor que internet ofrece), espigando algunos pasajes de los que tengo fichados, luego de algunos años de lecturas, y en relación con los cuales, naturalmente, puedo dar fe de su real procedencia. Es este, digamos, el contrapunto frente a la ligereza con que circula la información en internet, esa marea digital que junto a joyas invaluables de la cultura arrastra también el oropel del dato falso. Son diez pasajes de aquellos que considero de singular valía en virtud de la fuerza con que han destacado en medio de mis lecturas, acicateando con ello el ejercicio del pensamiento, tanto como el cultivo de la sensibilidad. Me animé a formular un comentario incidental, muy libre, acerca de cada uno de esos fragmentos: algo así como una ficha vivencial que recoge algunas ideas e incluso recuerdos asociados a su inspirador contenido.

Manos a la obra (nunca mejor dicho).

William Shakespeare. «La vida no es sino (…) un relato contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa».

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Conozco poco de Shakespeare, pero este pasaje, al lado del bastante difundido «Ser o no ser, esa es la cuestión», de Hamlet, y de aquel otro que aparece en La tempestad, «Formados somos de la materia misma que los sueños. Y un sueño circunda nuestra breve vida», figuran entre los que me han estremecido, yo diría, con violencia. Un personaje más (en este caso, un ambicioso y ruin militar inglés) que pregona la condición absurda de la existencia, y, más aún, que esta no vendría a ser sino lo que alguna vez escuché decir con amargura a uno de mis profesores sanmarquinos en medio de una clase de filosofía: una gran broma cósmica. Escalofríos. La cita, que extraigo de Macbeth, además, prestó inspiración a William Faulkner, que intituló una de sus más deslumbrantes novelas, precisamente, El ruido y la furia. Este pasaje se encuentra en una edición bilingüe de Penguin Random House, del 2015, en la página 161. Debo añadir que, aun cuando no domino el inglés y mucho menos el arte de la traducción, he consignado aquí una versión mía de aquel pasaje, pues las dos traducciones con que cuento, simplemente, no me satisfacen en términos de estilo. Aquí, para que juzguen, dejo el texto en el idioma original: «Life’s but a (…) tale told by an idiot, full of sound of fury, signifying nothing».

Mario Benedetti. «Un pesimista / es sólo un optimista / bien informado».

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Se encuentra en Rincón de haikus; son los versos signados con la cifra 213. La edición que leí fue la publicada por la editorial Sudamericana, el año 2000. Estos breves versos se encuentran en la página 225. En una ocasión alguien me dijo, luego de leer este pasaje: «Un optimista es un optimista, y un pesimista es un pesimista. La información es otro asunto». Esta lapidaria lógica binaria  –que se solaza en una vacía tautología; «(…) la lógica no calma la inquietud del corazón», como decía Friedrich Waismann)–,  que excluye las contradicciones de la vida, una vida como la que nos tocó vivir (o sufrir), que entrevera en un hatajo lastimosamente incomprensible nuestros repentinos dolores y fugaces alegrías, nuestras pertinaces dudas y endebles certezas, me descorazonó un poco, pero, al menos, me llevó a escribir un post sobre aquel haiku. Con esto se demuestra una vez más que, en ocasiones, los sinsabores son insustituible fuente de creación (en este caso, claro está, de muy modesta factura).

Ernesto Sabato. «(…) [L]a vida es muy corta. Tan corta que cuando uno empieza a aprender el oficio de vivir ya hay que morirse».

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Y lo dijo, nada menos, un hombre que vivió casi cien años. Desgarrador. Un mazazo que nos recuerda nuestro doloroso destino. Nuestra frágil e insignificante existencia. Nuestra inexorable condición. Unas pocas líneas que llevan a pensar ineluctablemente en la finitud humana y en su incierto sino. El pasaje se encuentra en la página 26 de El escritor y sus fantasmas, en la edición de Aguilar, la famosa editorial argentina, de 1964. Leí esta obra, recuerdo, en la biblioteca de San Marcos. Aún no habían levantado el horrible edificio del rectorado, y uno podía, en algún recodo de la lectura, en medio del silencio gratísimo de esa biblioteca, levantar la mirada y ver a través de los ventanales la explanada embaldosada, solitaria, inmensa, y, al fondo, si la nostalgia no me juega una mala pasada persuadiéndome falsamente de que estaba allí, aquel campo de sembrío también inmenso que la prolongaba. Tiempos que no volverán.

Jorge Luis Borges. «(…) [P]orque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres».

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Guardé esta cita especialmente en una hoja de Word, lista para ser emborronada cuando llegaran algunas ideas. Pues sí, por el impacto que me causó, deseaba, sin haber pensado siquiera en un tema, que aquel pasaje del gran escritor argentino fuera el epígrafe de algún artículo. Bien, no llegó a tanto, pero al menos está aquí, en medio de un post; modesto, pero digno destino. Aquel pasaje se encuentra en El hacedor, en este caso, texto incluido en la edición de las obras de Borges publicadas hasta el año 1972, que Emecé Editores preparó en 1974. Página 807. Es tan simple. Aparentemente tan simple: es una sutil invitación a la reflexión. El texto que le sirve de marco se refiere a un pasaje del primer canto de la Divina Comedia, pero las ideas a las que da paso pueden ir en cualquier dirección. Y heme aquí pensando esto: el hombre quiere saber qué es «esto». Deseamos con ahínco descubrir las claves de la existencia. Estamos aquí, ¿por qué?, ¿para qué? Millones de años de evolución y todo termina siempre con la muerte. Creemos que estamos controlando cada vez con más eficacia nuestro mundo y que lo conocemos cada vez más. Pamplinas. No sabemos nada. Leyendo al inigualable Borges el espesor de la línea de frontera entre literatura y filosofía se adelgaza hasta casi desaparecer.

Isaac Bashevis Singer. «El mundo [es] una mezcla de matadero, burdel y manicomio, nada más».

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Absolutamente de acuerdo con este gran escritor polaco de origen judío, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1978. Singer podría ser un eximio exponente de aquel pesimista (para mencionar otra a vez a Benedetti) que solo es un optimista bien informado. Esta oscura imagen del mundo que el escritor polaco nos entrega en un pasaje de sus extraordinarias memorias, Amor y exilio, no es óbice, sin embargo, para que muestre, en pareja medida, un ánimo celebratorio frente a las fugaces bondades de la vida. Su vida fue un permanente campo de batalla entre el extrañamiento existencial, el hecho de sentirse «fuera de casa» en un mundo en que se escenifica el insensato drama de la humanidad, y la fuerza redentora del amor, la potencia vivificante de los afectos intensos con que el ser humano busca aproximarse esencialmente al otro. La edición –una muy elegante edición– es del 2002, y vio la luz bajo el sello de Ediciones B; la cita se halla en la página 366.

Emil Cioran. «Si un oscuro destino universal ha decretado que pertenecerás al grupo de las víctimas, marcharás a lo largo de tus días pisoteando la pizca de paraíso que escondías dentro de ti y el poco ímpetu que asomaba en tus miradas y en tus sueños se emporcará ante la impureza del tiempo, de la materia y de los hombres».

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El pasaje es más extenso, pero creo que bastan estas líneas iniciales para tener una idea del aciago tema que plantea el maestro rumano. Se encuentra en Breviario de podredumbre, primer libro escrito en francés, lengua que a partir de allí   –y como producto de un mandato que le sobrevino de pronto, con la fuerza de una revelación mística– Cioran adoptaría para siempre. Las líneas aquí transcritas se hallan en la página 110 de la edición de Punto de Lectura, del 2001. Yo considero este pasaje expresión perfecta de lo que llamaría (con pompa filosófica, otra vez) una metafísica de la derrota. El sufrimiento (en todas sus formas: ya sea sutil y casi indoloro, pero machacón; ya frontal y lancinante, extremo en su ensañamiento inexplicable) está señalado de antemano; no hay nada que hacer si se está marcado, si el estigma del naufragio existencial se lleva ya tatuado. Terrible. Tenía adosado el pasaje completo en la puerta de mi cuarto, cuando los libros de Cioran ya se iban convirtiendo en objeto de obsesiva lectura. Inevitablemente, aquel pasaje era lo primero que leía todas las mañanas. Una buena dosis de catastrofismo para iniciar el día con lúcido desengaño.

Truman Capote. «Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio».

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Creo que leí estas perturbadoras líneas, hace bastante tiempo, en un suplemento dominical de algún periódico, en un artículo sobre este descollante escritor norteamericano, a quien se lo suele considerar como parte de aquella hornada de novelistas que dieron vida a aquel subgénero literario al que se pasó a denominar «gótico sureño». Sí, me impactó la autoimagen: terrible y denigrante; también rebosante de justificable vanidad (Capote fue un creador de singular talento, sin duda). Un buen día descubrí este pasaje en su fuente original: Música para camaleones. Formaba parte de un texto inclasificable: se trata de una conversación entablada por dos siameses, a quienes se designa con la misma sigla: TC (¿Truman Capote?; la pregunta, claro, es retórica), y que desenvuelven una conversación en que el sarcasmo, la lascivia y la reflexión insidiosa y aguda se combinan –hay que decirlo– magistralmente. El título fue publicado por Anagrama. Año 2015. Páginas 281 y 282.

Albert Camus. «El hombre absurdo es la razón lúcida que constata sus límites».

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Hallarán esta cita en El mito de Sísifo, un conjunto de ensayos que gira en torno a la pregunta por el sentido de la existencia y la imposibilidad de descubrirlo a través de la fría razón. El primero de estos ensayos aborda el problema del suicidio y su relación con el radical interrogante acerca de si la vida vale la pena ser vivida. Alianza Editorial y Losada, conjuntamente, publicaron el libro el año 1985. Aquellas líneas se encuentran en la página 68. Camus es otro pensador del ineluctable fracaso vital (digo esto pensando en la cita de Sabato, arriba consignada). La razón rinde sus armas ante las preguntas esenciales de la vida. No las puede responder. ¿Por qué hay ser y no más bien nada? ¿El mundo tiene un origen? Y si es así, ¿no resulta coherente preguntarse qué había antes? ¿Nada? Menuda conjetura. Ante la muerte –el absurdo mayúsculo, la Nada capital, aquella batalla perdida de antemano–, la inteligencia capitula: no hay silogismo, construcción conceptual, discurso filosófico o teoría científica que pueda disipar el estupor que inevitablemente surge, tarde o temprano, a la vista de nuestra condena a la extinción.

Ludwig Wittgenstein. «La filosofía es una lucha contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio de nuestro lenguaje».

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Apotegma breve, lúcido y contundente, que da cuenta de la singularísima concepción que este genial austriaco tenía acerca de la filosofía, ese supuesto saber de añeja historia. La filosofía no es, como la tradición ha sostenido desde los presocráticos, un saber, menos aún, un conocimiento paradigmático integrado por principios fundamentales y verdades perennes. Eso piensa Wittgenstein. La filosofía arremete contra problemas que han sido tejidos con la urdimbre engañosa de un lenguaje de aparente profundidad. Las grandes verdades, los últimos principios, los inamovibles fundamentos que se han postulado por siglos son solo espejismos. Digamos que la filosofía se debate en una lucha consigo misma, se va mordiendo la cola; busca aquello que no existe sino en el mismo lenguaje, ese lenguaje majestuosamente vacío que ella misma ha creado. Es como mirarse al espejo y no reparar en que lo que tenemos enfrente es la imagen de uno mismo. Obra genial: Investigaciones filosóficas, edición bilingüe hecha por Editorial Crítica, página 123.  Debo decirlo: la tengo fotocopiada. Para empeorar el asunto: en una ocasión, reparando en que la mayor parte de libros de filosofía que tengo son fotocopias (a diferencia de los de literatura: ninguno es fotocopiado; aunque guardo, con cierto malestar, tres o cuatro ediciones piratas), dejé que asomara esta sospecha bajo la forma de un insidioso interrogante: ¿Tenía razón aquel profesor que, en alguna ocasión, en un salón de clases de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de San Marcos, siendo yo estudiante de filosofía, con un ralo auditorio de cinco o seis condiscípulos, en respuesta a mi defensa ardorosa de la postura del filósofo neopragmatista norteamericano Richard Rorty acerca de la condición de género literario que él le atribuye a la filosofía, me dijo que quizá yo me había equivocado de carrera? Caray, no quiero responder esta pregunta…

Anónimo. «Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un hermano que perdona; destruido, un corazón que llora».

Este hermoso proverbio  –de procedencia hindú, se dice–  lo leí hace bastante tiempo en un marcador que me obsequiaron por la compra de un libro en aquel espacio encantador llamado «Boulevard de la Cultura», que quedaba en el Jr. Quilca, y que los libreros habían tomado en alquiler al Arzobispado. La prelatura eclesiástica, dueña del local (a ojos vistas, con una máquina registradora instalada en el lugar que debería ocupar el corazón), decidió dar por terminado el contrato, y arrendó el lugar para que se instalara una cochera, privando arteramente a los libreros de su centro de trabajo, y a los ávidos lectores de un centro entrañable de cultura. Bueno, ya está hecho. Ahora, afortunadamente, aquellos libreros se encuentran en el Rímac, unos pocos, o dando la batalla aún en algunos pequeños locales en el mismo Quilca y en Camaná, ofreciendo sus pequeños grandes tesoros. Pero, bueno, algún tiempo después volví a hallar aquel proverbio en una bellísima obra. Su autor, Raúl Castagnino, dueño de una prosa elegante y cautivadora, se ocupaba allí de las sutilezas del libro como producto cultural: su situación en la época del maquinismo, los best-sellers y la velocidad desquiciante del mundo contemporáneo; los tipos de lectores, las dimensiones que se conjugan en él (autor, lector, editores y bibliotecas), los rastros lexicográficos que en la cultura ha dejado su fuerte influjo, y temas afines. El libro lleva por título Biografía del libro, es del año 1961, y fue editado en Buenos Aires por la editorial Nova. El pasaje citado se encuentra en la página 35.

Fin de este breve recorrido libresco. En algún momento quizá me anime a compartir otra vez por esta tribuna algunos pasajes más. Por ahora, espero que esta concisa selección resulte ser grata para quien se asome por aquí.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente del Departamento de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

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