En defensa de unos versos incómodos

en defensa de unos versos incómodos

«Un pesimista es un pesimista y un optimista es un optimista. La información es otro asunto». Bajo un tono que me resultó difícil discriminar (¿había mortificación en ese mensaje o se trataba sencillamente de una jovial admonición?), un cordial colega me escribía así a través del socorrido WhatsApp, poco después de que yo publicara un estado a través de este mismo aplicativo. Se trataba de un breve texto (concebido bajo la forma de un haiku) que aparece en el libro de Mario Benedetti, Rincón de haikus. Rezaba aquel verso:

«Un pesimista / es sólo un optimista / bien informado».

No pretendo convencer a nadie. No me arrogo el monopolio de la verdad. Lo único que deseo es dar mi versión sobre este haiku (composición poética proveniente de la tradición lírica japonesa que exhibe el patrón silábico fijo 5-7-5) y proponer una posible interpretación.

Estar bien informado en este contexto creo que no implica necesariamente (o exclusivamente) estar en posesión de la información que se supone debe ostentar quien se asuma culto o reclame para sí la condición de ser una persona al tanto de la actualidad mundial, información del tipo que los noticiarios, los periódicos y las revistas políticas cubren con afán. De ser así, aquel haiku estaría casi dando por sentado que no se podría llegar a ser una persona culta o alguien críticamente interesado por la realidad nacional e internacional y, al mismo tiempo, permanecer ostentando la condición de optimista. Muchos optimistas a ultranza, que se saben (o simplemente creen que son) cultos e informados, rechazarían esta idea furibundos o al menos ligeramente incómodos (acaso un poco como mi buen colega).  Pero no creo que ese sea el tenor de aquellos versos. Estar bien informado (sospecho) alude al hecho –digámoslo así–  de estar atento al «lado B» de la existencia, a aquel trasfondo que está siempre presente, pero al cual  –pareciera que usualmente– no se presta suficiente atención –o, simplemente, se soslaya–  debido probablemente a razones de asepsia mental, quizá de salud psíquica, acaso de confort emocional: las miserias de que son capaces los hombres, el sufrimiento a que son expuestos los menos favorecidos, el dolor y el azar que irrumpen frecuentemente –o no, pero que aparecen de todos modos en algún momento y con la sutileza de un punzón– en nuestras vidas. Insisto: estar bien informado significaría poseer un ojo clínico para captar la dimensión trágica de la existencia, esto es, descubrir la derrota inexorable, las evidencias del fracaso esencial: la vida rinde sus armas frente a la muerte; el progreso material implica barbarie moral; las religiones proclaman la paz y el amor, pero incuban fanatismos, guerras y exclusión; la política se propone organizar con razón y justicia a los hombres, pero genera experimentos sociales que legitiman el crimen institucionalizado y la injusticia; en fin, reparar en que el experimento humano guarda alguna sombría analogía con aquel engendro fuera de control creado por el Dr. Víctor Frankenstein: un monstruo ingenuo y de buen corazón que termina convertido en una máquina de matar.

Así, pues, estar bien informado equivaldría a mirar de frente las evidencias que se desprenden de un mundo que destila inhumanidad, y advertir cómo paulatinamente se va incubando un malestar crónico al reparar en la ineficacia esencial y la inoperancia del compromiso frente al dolor de los que injustamente más sufren; experimentar un ramalazo de vergüenza ante el sosiego que ofrece el confort cuando se lo disfruta teniendo la infame sombra de la privación a la que están condenados millones en el planeta; sentir cómo la impotencia y la desesperación nos toman por asalto ante el embate de las desgracias, frutos amargos –el azar de la naturaleza; la acción irresponsable del mismo hombre– que a despecho de cualquier prevención, aún de la más planificada y científica, desparraman su acíbar letal sobre la frágil criatura humana.

En defensa de unos versos incómodos

Pobreza en África.

Por su parte, el optimista militante, aquel que reivindica su derecho a permanecer en las orillas bañadas por las aguas del incondicional buen ánimo existencial, dirige su vista arrobada casi exclusivamente hacia el lado luminoso de la vida; ese optimista admite, sí, que existe miseria en el mundo, azar inmisericorde, injusticia y sufrimiento gratuito, pero todo ello, piensa, es en principio superable, esa rémora incómoda está ahí, sin duda, pero no impedirá que, tarde o temprano, se produzca el esperado tránsito a un mañana en que todos los hombres vivirán como hermanos, disfrutando a plenitud de las bondades del progreso. Ve las maravillas de la naturaleza: únicamente (o preferentemente) otorga embelesada atención al mágico arco iris y a la belleza intimidante del voluptuoso océano y al azul infinito del cielo iluminado por los rayos vivificadores de nuestra estrella. Ve la cultura creada por el hombre y las joyas a las que su espíritu ha dado vida, y ensalza el control de taumaturgo que ha logrado con respecto al entorno. Se conmueve ante las personalidades descollantes que han dejado enseñanzas a la especie encarnadas en una religión, en un movimiento pacífico de liberación, en la ayuda desinteresada y generosa dada a la humanidad menesterosa por santos y beatos. Acaso su ánimo se exalte hasta las lágrimas cuando advierte aquel automatismo de bondad anual que surge en las fechas que el calendario manda celebrar.

Y está bien que así sea. Cada quien rescata de la vida los tonos y colores, las ideas y los hechos que cree que se imponen o que tienen más valor, o que muestran lo que acaso sea su verdadero o último sentido (o sinsentido). Por temperamento, por experiencias mal o bien asimiladas, por influencias (buenas o malas), o simplemente porque sí, y en términos más bien generales, es posible divisar dos actitudes frente a la existencia: permanecer (y pugnar por estar) bien informado acerca del terrible signo bajo el cual le tocó vivir a la humanidad, o situar en un arrumbado segundo plano todo aquello, proponiéndose enfocar el cañón de luz solo al sector del escenario en que tienen lugar la belleza fugaz, las alegrías temporarias y  la calma antes de la tempestad.

Y no es que los bienes de la vida –estos que son ensalzados a discreción por aquel optimista unilateral– sean negados o rebajados, rezumando bilis, por el pesimista de que habla Benedetti, sino que la conciencia de la fugitiva vigencia de aquellos en contraste con la perduración agobiante del trasfondo horrendo que les sirve de escenario, lo lleva a cuestionar la legitimidad del optimismo ramplón que ha acuñado aquel tópico que con fervor acaso digno de mejores causas proclama que «la vida es bella».

El pesimista aludido por Benedetti es aquel que mira hacia el abismo. Al lado de aquellos destellos de orden, belleza y armonía, a los que presta atención preferente el optimista militante, aquel otro, tras una atenta consideración de la historia y de los acontecimientos que en el presente lo interpelan, se apercibe de los sótanos de la bajeza humana. Los siente cerca, indignamente cerca. Este pesimista –disidente de la capilla optimista, tras una buena dosis de información extraída con las entrañas– conoce y presta detenida atención a las aberraciones de que ha sido capaz el hombre. Por ejemplo, considera la matanza de cristianos y su muerte terrible en los circos romanos, devorados por leones. Se acuerda de los Hunos, y casi puede ver a las hordas de Atila, y a su caballo pisando la hierba que nunca más volverá a retoñar. Piensa en la crueldad de las guerras de religión y en la fiereza demostrada por la Iglesia cristiana al perseguir a supuestos herejes, y en su cerrazón al obstaculizar el libre tránsito de la investigación científica. Recuerda cómo obligó a Galileo a retractarse, condenándolo a muerte y luego conmutando su pena por un arresto que lo obligó a vivir encerrado en su propia casa hasta su muerte, y cómo lanzó a la hoguera a Giordano Bruno y a tantos otros, solo por abrigar ideas que agrietaban la roca del dogma eclesiástico. Rememora a los Borgia urdiendo intrigas entre alcobas y confesionarios (y en su memoria surge la imagen bonachona tras la cual se esconden los contemporáneos pedófilos con sotana).

Sabe cómo se las apañó Napoleón para apoderarse del gobierno francés y luego aterrar a Europa, y cómo, antes, la revolución francesa, que instauró los principios enarbolados por la soberbia tanto como ingenua Ilustración, implantó contra sus adversarios políticos con singular celo el terror de la guillotina para después, en un avieso giro, dejar caer su pesada hoja sobre los cuellos de sus más preclaros defensores. Y cómo el siglo pasado dos guerras mundiales arrasaron Europa, dejando, entreverados con el lodo de Stalingrado, los escombros de Berlín y el polvo radiactivo de Hiroshima y Nagasaki, millones de despojos humanos. Cómo los grandes imperios coloniales exterminaron a poblaciones enteras, cómo su riqueza germinó con el abono de osamentas, pieles y sangre de pueblos originarios, arrasados sin miramientos. Recuerda los totalitarismos y repara en que tanto proclamando la redención del proletariado, cuanto exaltando el Estado nacional burgués, desde la izquierda o la derecha políticas, se mató a mansalva a millones y se hizo añicos los ideales de libertad y emancipación humanas. Cómo disidentes ideológicos (o simplemente sospechosos de serlo) fueron muertos a tiros, colgados o enviados a realizar trabajos forzados en el frío aniquilador de las estepas siberianas, como parte de la neurosis bolchevique que instauró los procesos de Moscú, y cómo comunidades enteras de mujiks, condenadas a dejar sus faenas agrícolas, hubieron de ser confinadas en usinas kafkianas para producir acero, y en ese trance sufrir la hambruna que mató a millones, durante el imperio del colectivismo soviético y los planes quinquenales perpetrados por el estalinismo, y también de qué manera durante la revolución cultural, experimento social que la «Banda de los Cuatro» echó a andar con demencial delirio, se diezmó a la población china y se envió al cadalso a quienes, con razón o sin ella, eran considerados disidentes o enemigos del pueblo. Cómo la vida de millones de judíos no valió nada frente al endemoniado discurso del racismo ario, que proclamaba la instauración de un Reich de mil años y la extinción planificada de la raza semita. Y cómo luego las limpiezas étnicas continuaron y enviaron a las fosas comunes a otros tantos millones en distintas partes de nuestro planeta, por ejemplo, en Turquía, Ruanda y la ex Yugoslavia.

En defensa de unos versos incómodos

La «Revolución Cultural» supuso el genocidio de los contrarios en la China de Mao.

Ve cómo la ciencia y la tecnología, en un principio conquistas humanas puestas al servicio del desarrollo y el progreso, pasaron a convertirse en los núcleos siniestros del poder y la destrucción, pues sabe que basta con colocar en un motor de búsqueda la expresión «Guerra de Vietnam», para repasar lo que significó el body-count, la siniestra estadística con que el ejército más poderoso del mundo planeaba acabar con el enemigo –un paupérrimo país asiático– acumulando cadáveres día a día con aritmético sadismo en junglas teñidas de escarlata y austeros y calcinados sembríos de arroz (convertidos en superficies lunares por los cráteres que los demenciales bombardeos dejaban), con la ayuda del Agente Naranja y el Napalm, granadas de fragmentación y bombas de fósforo, y el poder de fuego de fusiles, ametralladoras y lanzagranadas de última generación que los soldados de aquella invasora democracia criminalmente ejemplar usaban a discreción. Aquel pesimista considera que ahora mismo, en cualquier lugar del mundo, el terrorismo cobra víctimas que no saben de qué va el asunto, y que en Siria, en este momento, mueren niños que no han tenido tiempo aún de aprender a expresar su sufrimiento y su miedo con palabras, y que en el África, en la geografía maldita de ese cuerno de tierra olvidado por la infatuada civilización occidental, morir porque simplemente el alimento y el agua escasean es tan normal como entre los habitantes del Norte opulento echarse una siesta después de haber comido y botado al basurero aquello que luego de satisfecha el hambre se torna superfluo. Y, claro, este pesimista que asoma en el haiku aquel que Benedetti nos dejó, toma plena conciencia, con pareja consternación, del rostro menos amable del azar: aquel asociado a catástrofes naturales, enfermedades, accidentes y males de todo tipo que se presentan de pronto sin que nunca nadie puede dar explicación racional de su origen.

Esto es estar informado. Y una persona que advierte el ambulante carnaval de sinsentidos que recorre la vida, y, más aún, que reflexiona una y otra vez sobre ello, y a la que duele vivir en un mundo así, puede decirse que se ha transformado en un pesimista, luego de haber venido a la vida equipado con la cuota natural de expectativa, aquella con que todos venimos a este mundo, con esa lumbre de natural y candoroso optimismo que podemos ver brillando en las pupilas de los seres humanos cuando aún se encuentran en la flor de la infancia. Se trata, lo digo otra vez, de aquel que siente desvanecerse su fe en nuestra especie y abraza, luego de este baño de despabiladora ilustración, el pesimismo lúcido de quien está bien al tanto de aquello de que es capaz el animal humano y del infierno que en un par de segundos puede ser desatado por la furia de los elementos de un planeta que nos ha brindado la vida y también el dolor y la muerte. Este es el pesimista paradójico que perfila en aquellos tres versos Benedetti: uno que ha cubierto su optimismo originario con una espesa pátina de información vital sobre la existencia que nos tocó en suerte en esta lotería cósmica.

Y aunque a un pesimista de este tipo le cueste mucho creer en la posibilidad de un auténtico cambio, y deba hacer un particular esfuerzo para acoger esperanzas y creer en el surgimiento de un mundo verdaderamente humano, este mismo pesimista no debería pensarse que está condenado necesariamente al inmovilismo, que se abandona a la desesperación y al desánimo total, sino que bien puede darse el caso de que afronte esta podredumbre con resolución. «Vivamos –dice (o podría decir)–, embarquémonos en proyectos, intentemos cambiar este mundo –y aunque sospeche secretamente que nada en esencia va a cambiar, se anima–: quizá no todo esté perdido».

A esta actitud –para complicar un poco el tema– también podría llamársele optimismo trágico, talante muy afín a aquel que da su tono al pesimista mencionado por Benedetti. Este optimismo trágico es el que hallamos en medio de la sabiduría griega de los tiempos heroicos exhibiendo un rasgo peculiar: el griego de aquellas épocas aurorales sospechaba que la vida no tenía sentido, pero pensaba también que valía la pena ser vivida. Este ánimo extraño, por ser sombrío y festejar, al mismo tiempo, un destino que se columbraba incierto y doloroso, se encuentra muy bien retratado en la leyenda del Sileno, que Nietzsche consigna en un pasaje de El nacimiento de la tragedia. La historia es más o menos así. El rey Midas, obsesionado con atrapar al Sileno –el disoluto y sabio diosecillo del vino–, luego de mucho intentarlo, logra un buen día su propósito. Teniéndolo en sus manos, lo interroga acerca de cuál es el mayor bien para el ser humano. El Sileno, calla, orgulloso. Ante la impaciente reconvención del rey, le espeta: «El mayor bien para el hombre es uno que no está a su alcance: no haber nacido». Viendo la expresión de desconcierto dibujada en la faz del monarca, arremete, entre estruendosas carcajadas: «Y luego de ese, lo mejor a lo que puede aspirar es a morir lo antes posible». Nietzsche se refiere a esta antiquísima leyenda para probar que los griegos, aun cuando habían dado vida a una cultura en que relumbran con insistencia los destellos celebratorios de la vida, eran, en la misma medida, perfectamente conscientes del estigma tremendo que lleva inscrito en sí la existencia.

Y era muy sensato lo que pensaban. Sí, pues, la vida, aun siendo un lodazal de incertidumbre y horror, también permite cierto respiro y nos obsequia con momentos y cosas que, sin duda, merecen ser disfrutados. La contemplación de una puesta de sol o el despuntar del alba (en ambos casos, la hermosa metáfora visual de nuestras propias vidas). El amor vivido con el infructuoso (y no menos gozoso) afán de tornar posible la imposible eternidad del momento. Un buen libro en que, exultados, creemos encontrar atisbos de perenne sabiduría. La música, esa excelsa panacea del dolor, según Schopenhauer, que abre un paréntesis en medio del tormento infligido por la voluntad de vivir. Los amigos (buenos y pocos), aquellos que permanecen lado a lado desafiando la fatiga de los desacuerdos, la tentación de la envidia, y el brote venenoso de la ambición, amasijo de miserias que, las más de las veces, reducen a polvo las que se creían férreas lealtades. En fin, la embriaguez festiva en que (a algunos) sumerge (en algunas ocasiones), en sabia combinación, una bebida espirituosa y una buena charla. Pues, claro que sí, insistamos en esto, hay siempre una grieta a través de la cual se cuela el desvaído rayo de luz de la esperanza en un mundo mejor que, a pequeña o gran escala, nos conduce a plantearnos propósitos cada mañana, o cada año, o cada vez que la tentación de la política y los planes redentores asoman en nuestras vidas.

Pero, claro, atravesando estos simulacros de felicidad, va el pesimista que se deja ver en aquel haiku. Si bien nunca completamente despojado del atavío de la esperanza, prosigue su rumbo caminando por la vida con la mirada vuelta hacia los escombros que va dejando el fracaso de nuestra civilización: siempre advertido está de que el proyecto humano no tiene buena cara. Va por el mundo sin perder de vista toda aquella brutal información, sintiéndola cerca, llevándola a cuestas.

Así, pues, «Un pesimista / es sólo un optimista / bien informado».

Por supuesto: estos versos no son una verdad absoluta (¿hace falta decirlo?), sino un punto de vista, y, como tal, parcial, particular, subjetivo y opinable, pero, en la misma medida, agudo e incitador, tan lúcido que lacera, tanto más potente cuanto más estéril es el conato por decir algo esencial y válido para todos. Y solo por estos atributos –nadie me quita esta idea– ya forma parte de ese depósito de paradójicas verdades parciales, particulares, subjetivas y opinables (valga la reiteración) que una vez abrazadas como propias, y transformadas en carne de nuestra carne, en un giro contradictorio (y por eso mismo profundamente humano) se convierten en totales, universales, objetivas e incuestionables en el orbe privado pero irrepetible y único de quien las asume con apasionamiento. Como yo, por ejemplo.

«Un pesimista es un pesimista, y un optimista es un optimista. La información es otro asunto». Vaya manera de despachar la cuestión.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente del Departamento de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

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Referencias

Benedetti, M. (2000). Rincón de haikus. Buenos Aires: Sudamericana.

Nietzsche, F. (2012). El nacimiento de la tragedia. O Grecia y el pesimismo. Madrid: Alianza editorial.

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2 Respuestas

  1. José Antonio Tejada dice:

    Satisfecho y orgulloso de mi sangre, leyendo el articulo tan bien escrito y que me hizo recordar los hechos mas importantes que ocurrieron en el mundo a través de la historia y que siempre deberiamos tener presente el lugar que nos ha tocado vivir, y la oportunidad de apoyar las causas justas de nuestros semejantes a fin de tener una sociedad mas justa y agradable, para una mejor calidad de vida.FELICITACIONES Jose Antonio.
    julio antonio sandoval viitteri

  2. José Antonio Tejada dice:

    Muchas gracias, querido tío. Es particularmente reconfortante para mí que te hayas dado un tiempo para leer este texto.
    Mi gratitud y mi sincero aprecio para ti. Siempre.
    Un gran abrazo.

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