Arthur Koestler: al pie del abismo

Arthur Koestler: al pie del abismo

La historia de la humanidad registra períodos de barbarie y eventos de extrema crueldad cuya consideración pondría en aprietos a quienes pretendieran rebatir de manera tajante los argumentos proveídos por una concepción pesimista del hombre. Pero acaso el siglo XX haya sido particularmente ejemplar como muestrario de horrores. Los cien años que cerraron el segundo milenio fueron pródigos en alumbrar circunstancias que exhiben un pelicular nivel de maldad y ensañamiento. Es cierto: quizá esta percepción sea más acusada debido a la cercanía que nos vincula a su historia y al acentuado contraste establecido por el hecho de que los sufrimientos infligidos por el hombre a sus congéneres hayan tenido como trasfondo una profunda fe laica en que el desarrollo social, el mejoramiento moral y la felicidad de todos los hombres eran objetivos plenamente alcanzables. Creencias profundamente arraigadas en el seno de la Modernidad y que el naciente siglo pasado, si bien ya con cierta desconfianza, conservaba aún como herencia de la Ilustración.

Nacido en Hungría, en 1905, el periodista y escritor Arthur Koestler fue un testigo de excepción del curso quizá singularmente truculento que había de seguir aquel siglo que dio cabida a dos guerras mundiales. Situado en un horizonte en que la esperanza en el progreso declinaba, su obra es representativa del ánimo sombrío que acompañaba al hombre de nuestro tiempo, conmocionado por los seísmos sociales que sacudieron los cimientos del mundo contemporáneo. Su itinerario biográfico, por lo demás, fue pródigo en peripecias. Aquella en que estuvo a punto de enfrentar un pelotón de fusilamiento, sin duda, había de ser la más extrema.

Koestler exhibió siempre un peculiar sentido de la catástrofe –en algunos casos, presente como rara tendencia autodestructiva– que lo inclinaba a marchar siempre en dirección al mismísimo centro telúrico de los acontecimientos. Presenció, cuando niño, con una fascinación precoz, la pronta debacle de la comuna húngara, aquella que durante cien días soñó con la edificación del socialismo en ese país. Muy joven, y luego de destruir sus registros de estudiante de Ingeniería, se embarcó en la aventura que años después determinaría el nacimiento del estado judío, y fue hasta Palestina a desarrollar faenas comunitarias en un kibutz, como aspirante a pionero, imbuido de los ideales sionistas.

Tras esta experiencia, que resultó decepcionante para él, se convirtió al comunismo –sí, se convirtió: esta expresión, por lo que leemos en sus memorias, no es figurada– y contribuyó en cuerpo y alma a difundir la ideología del colectivismo redentor. Luego de abrazar con fervor el ideario de la revolución proletaria iniciada en Rusia, y antes del desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial, viajó a la España convulsionada por la guerra civil, en 1936, por encargo de la Internacional Comunista, con el propósito de reunir pruebas acerca de la ayuda proporcionada por el régimen de Hitler y por el fascismo italiano a las tropas del general Francisco Franco. En el tercero de sus viajes, y merced a su empeño suicida de marchar hacia Málaga, ciudad a un paso de ser tomada por los rebeldes falangistas, y a esas alturas ya identificado como espía, fue hecho prisionero y condenado a muerte. Esperó su ejecución noventa y cinco días, al cabo de los cuales fue providencialmente canjeado por la esposa de un oficial de la aviación franquista.

Esta experiencia pavorosa la relatará, poco después, en Un testamento español, libro que años más tarde será reeditado con profundas modificaciones bajo el título de Diálogo con la muerte. Las líneas finales de esta obra, a semejanza de aquellas otras que cierran la introducción del primer tomo de sus memorias, poseen un tono sombrío a la vista de un mundo que ya se encaminaba al abismo. Refiriéndose al final de la guerra en que los republicanos españoles fueron derrotados por el fascismo franquista, murmura: «Aquellos que han sobrevivido continúan ahora su diálogo con la muerte en medio del Apocalipsis europeo, del que España fue el preludio.» (Koestler, 2004, p. 275). Y claro: aquel Apocalipsis traería consigo –por segunda vez y desparramando un poder destructivo centuplicado por el uso de tecnologías de destrucción muchísimo más letales– el enloquecedor fuego de los cañones en la carnicería de los frentes bélicos, las bombas de los cazas haciendo pedazos las principales ciudades europeas, el infierno nunca enteramente concebible del Holocausto judío y la hecatombe nuclear que desintegró a decenas de miles de japoneses, toda aquella tormenta de horror que destruyó Europa durante la Segunda Guerra Mundial, emblema siniestro de un siglo marcado con retorcida singularidad por los hitos infames puestos en angustiosa retahíla por la maldad humana.

Koestler nos lo recuerda: él nació en los primeros años de un siglo de espanto, en «[un] momento en que se ponía el sol de la Era de la Razón.» (Koestler, 1973, p. 20).

Al tomar conocimiento de los execrables juicios de Moscú, en que amigos suyos fueron fusilados, luego de ser forzados –tras ser sometidos a crueles procedimientos de extenuación psicológica, tortura física y chantaje– a declararse culpables de traición a la revolución bolchevique, el escritor húngaro abominó del régimen estalinista, y cuestionó con una lucidez paralizante su proceder bestial a través de El cero y el infinito, su novela más reconocida y ahora ya un pequeño gran clásico de la literatura política. A partir de ese momento, mostraría su oposición radical al totalitarismo y reflexionaría acerca de los retorcidos mecanismos que sustentan aquella brutal ideología.

Alrededor de una década después, escribió un artículo en que analizaba la naturaleza de la prédica totalitaria y el discurso, emotivo antes que conceptual, de ribetes místicos antes que de carácter científico, en que aquella se sustenta y que opera una transformación de cariz místico sobre el espíritu de quien se apresta a entrar en el templo de la militancia dogmática. El texto, al lado de otros cinco escritos cuyos autores, al igual que él, luego de ser en un principio apologistas entusiastas de la prédica comunista habían pasado a convertirse años después en sus más encarnizados censores, formó parte de El dios que fracasó, libro publicado en 1949. Dicho artículo, sin título, encabezado simplemente por el apellido de su autor, es una muestra potente no solo de la maestría que Koestler alcanzó en el ensayo, sino un documento de primer nivel para aproximarse a las negras entrañas psicológicas del totalitarismo.

El rumbo sinuoso (que no inconsecuente) por el que enrumbó su vida y el radical cambio de centro que experimentaron sus intereses claramente se encuentran vinculados con aquel incipiente afán de comprender el destino oculto que comanda la agitación humana, simbolizado por la imagen de aquella flecha imaginada cuando niño, que atravesaba el azul del firmamento para hendir los confines del misterio cósmico, imagen incorporada en el primer tomo de sus memorias, cuyo título  –Flecha en el azul–, precisamente, encarna aquella aspiración.

Luego de haber atravesado las turbulentas aguas de la política internacional, su interés retornó a la ciencia, terreno en que comenzó a desplegar su búsqueda espiritual en sus años de estudiante, pero esta vez para mostrar aquellos intersticios entre los cuales irrumpe el factor indescifrable, ya sea el azar o el sinsentido, y preámbulo quizá de su posterior interés por la parapsicología. En esta senda, escribió un sugestivo estudio, Los sonámbulos, una presentación puntillosa y elegante de la transformación de los sistemas astronómicos desde la antigüedad griega hasta la defensa del modelo copernicano por Galileo. El libro, entre otras interesantes ideas, permite ver cómo los prejuicios irracionales no están al margen de la investigación científica, al punto de que su influjo en no pocas ocasiones ha impactado sobre el rumbo seguido por la ciencia. En este sentido, su postura coincide con la que asumió por aquellas épocas, en el campo de la epistemología, otro gran impugnador de la presuntamente objetiva racionalidad científica, el austriaco Paul Feyerabend.

Incondicional impugnador de la pena de muerte, Koestler escribió un ensayo que ya podría considerarse un clásico en torno al tema, «Reflexiones sobre la horca», que sería publicado posteriormente en un solo volumen al lado de otro texto sobre el tema escrito por Albert Camus. En consonancia con esta actitud humanista, su talante libertario lo llevó a defender el derecho del ser humano a decidir el momento de su propio final y a convertirse en un activista de Exit, la organización británica fundada en 1935 para promover el derecho a la eutanasia. Fue Koestler quien escribió el prólogo del folleto que esta organización vende desde 1981, en el que se incluye una serie de métodos indoloros y seguros para cometer suicidio.

Arthur Koestler: al pie del abismo

En 1983, el escritor tendría ocasión de poner en acción sus más íntimos y férreos principios. Él y su esposa Cynthia, veinte años menor que él, y en ese momento en perfectas condiciones de salud, acabaron con sus vidas ingiriendo una dosis de barbitúricos. Koestler había desarrollado la enfermedad de Parkinson y una leucemia que lentamente iba minando su vida. A través de una carta escrita un año antes, con un tono sereno, daba cuenta de las razones de su decisión. En uno de los párrafos finales, decía:

Quiero que mis amigos sepan que abandono su compañía con plenas facultades mentales, con alguna tímida esperanza en una vida posterior despersonalizada más allá de los límites del espacio y del tiempo y de los límites de nuestra comprensión. Este sentimiento oceánico me ha sostenido frecuentemente en momentos difíciles, y ahora también, mientras estoy escribiendo esto. (Steiner, 1984, p. 319).

En un artículo que fue recogido en una obra compilatoria que presentaba las diversas perspectivas asumidas por destacados intelectuales acerca de la muerte –Vida después de la muerte, que apareció en 1976–, y entre los que se encontraba nada menos que Arnold Toynbee, el afamado historiador británico, Koestler reflexionaba con suma perspicacia sobre el destino que acaso le aguarde al ser humano después del final definitivo. En estos últimos tiempos, además, se dedicó con reconcentrada atención a procurar desentrañar el arcano de los fenómenos paranormales. Se mostraba casi convencido de la pervivencia de la conciencia después de la muerte, y sus especulaciones entretejían la idea de que debía de haber una sustancia mental cósmica impersonal y primigenia –el término que emplea, acuñado por el físico británico Arthur Eddington, es mind-stuff– a la que la conciencia humana se reintegraría luego de la muerte, un ámbito en que el tiempo y el espacio se encontrarían abolidos. Recurría en ese texto al respaldo de los descubrimientos que hasta ese momento había hecho la investigación en el campo de la mecánica cuántica y a las conjeturas provenientes de las pesquisas en algunos terrenos de la psicología. Era 1976, y desde entonces sus creencias sobre este tema, como lo atestigua aquella carta postrera, se mantendrían incólumes. Ellas, claramente, le insuflaron aquel sosiego que impregna las líneas que escribió para transmitir su decisión de acabar con su vida.

El primer día de marzo de 1983, un mensaje expuesto sobre la mesa del recibidor solicitaba a la ama de llaves, que llegaba a casa de los Koestler a iniciar sus labores diarias, que llamara a las autoridades y evitara traspasar el umbral que conducía a la sala. Un oficial de policía, poco después, descubrió allí los cuerpos: Arthur y su esposa parecían descansar, recostados en los mullidos sillones desde los cuales se despidieron de este mundo.

Referencias

Crossman, R. (1963). The God that Failed. New York: Harper & Row, Publishers.

Koestler, A. (2004). Diálogo con la muerte. Un testamento español. Madrid: Amaranto.

_________ (1999). «Física, filosofía y misticismo». En: Toynbee, A., Koestler, A., et al. La vida después de la muerte. Buenos Aires: Sudamericana, pp. 331-361.

_________ (1986). Los sonámbulos. El origen y desarrollo de la cosmología. 2 tomos. Barcelona: Salvat Editores.

_________ (1974). Autobiografía. 2/El camino hacia Marx. Madrid: Alianza Editorial.

_________ (1973). Autobiografía. 1/Flecha en el azul. Madrid: Alianza Editorial.

_________ (1957). El cero y el infinito. Buenos Aires: Emecé Editores.

Steiner, G. (1984). «Le morte d´Arthur». En: Robert Boyers (ed.). George Steiner en The New Yorker. Madrid: Ediciones Siruela, pp. 317-322.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente del Departamento de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

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