Pobre Borges, o de la literatura en la era digital

pobre borges, o de la literatura en la era digital

I

«Instantes» es el título de un poema con una historia singular. Se creyó, por algún tiempo, que su autor era Jorge Luis Borges, quien lo habría escrito en el umbral de la existencia, como una suerte de despedida lírica ante la inminencia de la muerte. Se lo citaba en colegios y universidades, y se lo empleaba al estudiar la obra del insigne escritor, hasta que María Kodama, su viuda, llamó la atención sobre su espuria condición. El accidentado itinerario de estos versos lo inició, en 1988, Uno Mismo, revista argentina especializada en temas de psicología, dirigida por Juan Carlos Kreimer, a cuya redacción un buen día llegó Luis Frejtan  –en aquella época, a cargo de la fundación ecologista Elpis–  pregonando el novedoso hallazgo. Un año después, la revista Plural, fundada por Octavio Paz en 1971, contribuiría a su difusión a través de un artículo escrito por Mauricio Ciechanower, intitulado «Un poema a pocos pasos de la muerte», y publicado en el número de mayo de 1989. Tres años más tarde, Queen’s Quarterly, prestigiosa publicación canadiense, daría a conocer «Moments», versión en inglés elaborada por el reconocido poeta escocés Alastair Reid, traductor de la obra del escritor argentino.

Estos medios no pusieron nunca en cuestión su autoría: de pronto, «Instantes» pasó a formar parte del legado dejado por Borges. Si bien el poema en algunos de sus pasajes parece rozar las fronteras del kitsch, no podría decirse en términos categóricos que no posea cierta belleza y algún acierto literario, al punto que, como ha quedado registrado, críticos, poetas y traductores, seguramente con su instinto censor reblandecido por la célebre (y extrañamente incuestionada tanto como falsa) procedencia autoral del texto, contribuyeron con ánimo resuelto a su difusión.

Algunos años después de su primigenia publicación, María Kodama se encargaría de deshacer el entuerto a través de una carta enviada a Uno Mismo, la publicación argentina que había dado el primer impulso al recorrido de este texto bastardo, en la que solicitaba a ese medio que efectuase una rectificación. Se supo después que sus orígenes era inciertos (como se puede comprobar leyendo el buen artículo de Iván Almeida) y apuntaban a una poetisa norteamericana, Nadine Stair (una anciana de Kentucky que, finalmente, resultó ser Nadine Strain), que en 1978, en una revista llamada Family Circus, había publicado unas líneas en prosa que coincidían casi en su totalidad con el texto atribuido a Borges. Poco después, incluso se halló un escrito que contenía pasajes que se parecían mucho a los versos de aquella poetisa, pero que había sido publicado mucho antes, en 1953, por Ron Herold, un caricaturista también norteamericano, en la edición de octubre de Reader’s Digest. Con todo, no se llegó a establecer con certeza que el texto de Herold fuera el original. Y ello dio pábulo a la sospecha de que «Instantes» acaso pudiera ser la sucesión de una serie de plagios que finalmente terminarían por convertirse en aquellos versos que alguien escribió (o reescribió) con el objeto de atribuírselos a Borges, buscando quizá alcanzar una pequeña y callada porción de gloria, digamos, por interpósita persona.

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María Kodama, viuda del escritor argentino.

Ni siquiera alguien como Elena Poniatowska, escritora de trayectoria rutilante, galardonada con el Premio Cervantes en 2013, fue inmune a este fiasco. Para la publicación de su libro Todo México, en 1990, confiada en la autoría del poema, incluyó una entrevista hecha a Borges mucho antes, en 1973, en que interpoló «Instantes», asumiendo, seguramente, que tal añadido, aun sin ser parte original de aquella entrevista, además de largamente extemporáneo,  no afectaba el espíritu de lo dicho allí por el escritor. Pasado el tiempo, la inclusión de un artículo de Poniatowska, que insistía en recoger aquel texto fraguado, en un libro dado a conocer en 2012  –Borges y México–,  hizo que sea retirado de circulación de manera abrupta debido a un reclamo formulado otra vez por la indignada viuda de Borges. La reimpresión no contiene ya aquel artículo.

Desempolvé el recuerdo de «Instantes» y le seguí un poco la pista a los enigmáticos pormenores del enredo literario en que se transformó, a raíz de una circunstancia extraña y mortificante que definitivamente no posee ni por asomo la finura dialéctica que exhibió en su momento el esfuerzo por desentrañar los orígenes de aquel poema apócrifo.

II

Sucedió así. Me lancé a la red a buscar tres obras de Borges: Inquisiciones, El idioma de los argentinos y El tamaño de mi esperanza. Las tres son obras de juventud que fueron excluidas por los finos escrúpulos estilísticos del escritor argentino de la edición que Emecé hizo de sus obras publicadas hasta 1972, y que yo andaba leyendo en formato digital (el tiempo para visitar bibliotecas cada vez es más escaso, y no es posible comprar todos los libros que uno querría). De pronto, y navegando por el torrente de información que se puede encontrar en internet, me topé con un poema (digamos, más bien, un infeliz simulacro de poema) que tenía al pie el nombre del escritor argentino. Se trataba de un texto que circula como «Poema a la amistad» o «Poema de la amistad». No fue necesario efectuar un exhaustivo examen de su contenido, pues su factura descuidada y desabrida, en contraste total con la escritura fascinante del gran Borges, hacía evidente de entrada que aquellos versos malamente concebidos no provenían de su pluma.

Como luego lo constaté, el poema de marras circulaba a torrentes en la red; incluso, algunos libros de autoayuda (que, como es habitual en este subgénero, unían a su trivial contenido una pésima calidad de escritura) lo incluían entre sus páginas. Transcribo a continuación sólo los primeros versos (proporcionarle más espacio al texto de marras sería un crimen de «lesa poesía») para que el lector (asumiendo, claro, que ha visitado aunque sea esporádicamente la obra de Borges) juzgue:

No puedo darte soluciones para todos los problemas de
la vida, ni tengo respuestas para tus dudas o temores,
pero puedo escucharte y compartirlo contigo.
No puedo cambiar tu pasado ni tu futuro.
Pero cuando me necesites estaré junto a ti.
No puedo evitar que tropieces.
Solamente puedo ofrecerte mi mano para que te sujetes
y no caigas.
Tus alegrías, tus triunfos y tus éxitos no son míos.
Pero disfruto sinceramente cuando te veo feliz.
No juzgo las decisiones que tomas en la vida.
Me limito a apoyarte, a estimularte y a ayudarte si me
lo pides.

Estas son las palabras que un padre responsable y preocupado, pero ajeno a cualquier pretensión de arrestos literarios, le podría dirigir a su pequeño hijo. O, también, el mensaje que se le podría transmitir, adoptando un tono paternalista (y, otra vez, sin ningún asomo de inspiración lírica), a un amigo atormentado por algún problema existencial o doméstico. Pero, ¿es esto poesía? O, mejor (en previsión de que alguien ose perpetrar una respuesta afirmativa), ¿se trata de un texto que podría haber sido escrito por aquel que dio vida a los versos de El hacedor, y concibió aquellos otros que se encuentran en Elogio de la sombra y La cifra, entre otras deslumbrantes obras? Sospecho que la respuesta  a este último interrogante es un categórico y contundente no.

No soy especialista en la obra de Borges, pero lo que llevo leído de este escritor fundamental de la literatura universal (y a quien por intríngulis extraliterarios, según dicen, no le fue concedido el Nobel), claramente hace honor a la preceptiva que regía la idea que el propio Borges tenía acerca de la creación poética: como había dicho alguna vez, «en poesía sólo se admite la excelencia». Es probable que haya versos y textos en prosa escritos en su juventud que él hubiera considerado de cuestionable calidad literaria y quizá francamente malos (de ahí que en algún momento Borges excomulgara los libros que mencioné arriba), pero nadie podría negar que su obra, ya sea poesía, narrativa o ensayo, alcanza las más altas cimas de la belleza creativa.

Autor de poemas, cuentos y ensayos, Jorge Luis Borges es una de las figuras más representativas del siglo pasado.

Autor de poemas, cuentos y ensayos, Jorge Luis Borges es una de las figuras más representativas de la literatura mundial del siglo pasado.

Por eso, me llamó la atención encontrarme con un poema atribuido a él, y que exhibía una factura extrañamente cursi, un tono ingenuo y simplón, un registro ajeno absolutamente al lirismo virtuoso que el lenguaje adopta en un escritor como Borges, que escribía con la prevención y el reconcentrado cuidado para pulir los detalles de un «tallador de diamantes», como alguna vez lo mencionó María Kodama. Por supuesto que la apreciación estética es subjetiva, pero difícilmente se podría creer (y hablo, claro, considerando la perspectiva de quien algo ha leído del escritor argentino) que unas líneas como las que he transcrito pudieran haber sido concebidas por un portento de la escritura como sin duda lo fue el  autor de El Aleph.

No. No podía ser. Borges no podía haber escrito esto. Y aunque sabía bien que sería difícil de momento hurgar en toda su obra (1141 páginas  –número que abarca aquel compendio de sus obras– no se leen en una tarde, y más aún si a estas hay que añadir los libros publicados después de 1972, y aquellos otros que por alguna razón no fueron recogidos en esa edición), sabía que no era urgente hacerlo, pues para cualquiera que haya leído algunas páginas de este escritor podía llegar a ser evidente que estos versos casi risibles no procedían de su pluma. Revisé solo por automatismo (pues, ya lo insinué, mi escepticismo era total) algunos pasajes espigados de aquí y allá y, otra vez, los pocos libros que tengo de él y que no se incluyen, por haberse publicado después de 1972, en la edición de Emecé. Como no podía ser de otro modo, no encontré aquel texto ni algo que se le pareciese. Tras esto, para otear en el paraíso de nuestros tiempos y descubrir qué se decía allí, me lancé nuevamente a explorar en la red de redes. A medida que iba hallando a quienes replicaban ingenuamente el despropósito, posteando el supuesto poema en algún blog o publicándolo en alguna página web, me encontraba también con lectores que negaban escandalizados que aquellos versos pudieran ser de Borges.

Si «Instantes» pudo persuadir de su autenticidad al más reputado especialista, merced a su temática (el fin inexorable de la vida que se acerca; el sabio y paradójico reposo de la vejez que lamenta haber soslayado el ímpetu de la vida), sus vívidas imágenes (próximas por momentos a la cursilería, pero sin cruzar esa ominosa línea), y quizá la eficacia de su lenguaje (simple, y directo, pero sin llegar a ser pedestre), no podría ocurrir algo semejante con aquellas líneas que antes hemos consignado: su lectura ni siquiera provocaría una ligera vacilación en quien se haya aproximado con mediana atención a algunas de las páginas del escritor argentino. Una cosa es lo que pudo haber escrito Borges (aun con el rotundo rechazo e indignación de María), y otra muy distinta, lo que jamás podría haber escrito por ser la exacta negación de lo que significa y expresa su obra.

III

¿Qué podría haber pasado? Conjeturo: en algún momento, alguien publicó esos versos aisladamente con la ilusa tanto como insidiosa intención de falsear su procedencia; tras esto, el mamarracho, con la facilidad con que la información y los datos circulan ahora a través del espacio virtual, se propagó gracias a quienes sin haber leído una pizca de la obra borgeana, a su vez, lo compartieron en redes embaucados con éxito y seguramente ingenuamente deslumbrados por el destello de la espuria autoría atribuida. Y así se habría afianzado el dislate. Un rasgo típico de estos tiempos: quienquiera puede decir lo que quiera a quien oírlo quiera. O para seguir con los retruécanos: todos pueden decir de todo, a todos.

Tenemos aquí, pues, una vez más un ejemplo de lo que significa internet. Aunque en definitiva no se trata del mal absoluto (quien desconozca o niegue a rajatabla la utilidad de este enjambre virtualmente infinito de información es claro que está viviendo en otro mundo), este caso muestra cómo buscar cultura en la red puede transformarse en una experiencia peligrosa al exponernos no solo a recibir una fatal dosis de desinformación, sino a convertirnos en víctimas de una siempre indeseada malformación intelectual.

Este escenario convierte en víctimas sobre todo a los más jóvenes, a aquellos que inermes ante el asalto del dato falso extraen toda (o casi toda) la información académica de internet; a aquellos que, por su extrema juventud, aún no desarrollan aquel olfato que resulta muy necesario cuando se bucea entre megas, gigas y terabytes de información, y con frecuencia terminan  más desorientados por el enfrentamiento con una circunstancia que nunca antes, hasta esta monstruosa proliferación de medios digitales de creación, procesamiento y distribución de información, se había considerado posible: que la sobreabundancia de datos y su fácil e  inmediato acceso pudiera ser, en determinado momento, contraproducente.

Tómese lo dicho como una suerte de advertencia sobre el peligro latente que entraña emprender una búsqueda de contenidos en el ciberespacio sin el auxilio de recursos adecuados de discriminación crítica (recursos que se forman y desarrollan a través de la lectura sobre todo, y que las escuelas y universidades deberían fomentar real y creativamente). Y tómese conciencia, a un tiempo,  no sólo del gran despropósito en que puede terminar, por ejemplo, la redacción de un trabajo que se haya elaborado sobre la base exclusiva de fuentes procedentes de internet escasa o nulamente filtradas, sino, en pareja medida, repárase en el ridículo a que podrían estar expuestos quienes luego descubran con desazón  –por la inoportuna observación de algún ratón de biblioteca–  que los versos que orgullosamente publicaron en sus redes sociales no sean sino, como en este caso, el espurio texto atribuido a un autor renombrado, aludido por la irresponsabilidad de quienes asumen confiadamente que lo que circula a través de la red, sólo por este hecho, adquiere legitimidad y verdad.

Mientras la información fluye, el conocimiento permanece. Como reza el título de una obra que recoge las conversaciones que en torno a su pasión bibliófila mantuvieran Umberto Eco y el dramaturgo Jean-Claude Carrière, «nadie acabará con los libros». Y a estos deberíamos recurrir (sean digitales, físicos, o vivientes   –como pasaba con los libros parlantes de Fahrenheit 451–), o, en general, acudir a información confiable y legitimada en términos académicos, antes que al rumor que con irresponsabilidad juguetona se transforma en autoridad  –una autoridad inaudita– en la idolatrada internet.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente del Departamento de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

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Referencias

Almeida, I. (2000). «Jorge Luis Borges, autor del poema “Instantes”. Crónica». Variaciones Borges. N° 10, pp. 227-246.

Borges, J. (1974). Obras completas. 1923-1972. Buenos Aires: Emecé Editores.

Eco, U. y Carrière J. (2012). Nadie acabará con los libros. Buenos Aires: Sudamericana.

Poniatowska, E. (1990). Todo México. Tomo I. México D.F.: Diana.

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2 Respuestas

  1. 14 diciembre, 2018

    […] un fenómeno social generado por el intercambio en la red de redes, como se puede ver) han sido Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y José Saramago. Por supuesto: hay muchos […]

  2. 24 julio, 2019

    […] (más aún si hace algunas semanas acabo de postear un texto acerca de la proliferación de citas espurias en la red, partiendo de un poema de lamentable factura atribuido falsamente a Borges) me determinan […]

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