Sófocles y la tragedia como retrato fiel de lo humano

sofocles

Para muchos críticos, la tragedia perfecta fue creada por el máximo representante de la tragedia griega: Sófocles, cuyo nacimiento se pierde entre un 498 al 495 a.C. en un poblado muy cercano a Atenas, en donde su padre, un tal Sófilo, daba forma en la flama a aquellas armas que le darían tranquilidad y sosiego a nuestro autor para que se dedique desde muy joven a la música, la danza y a esos vapores creativos que nos brinda la económica paz.

Desde muy jovenzuelo destacó ya en las tragedias como director y esto lo acompañó durante una vida pública política muy activa que lo llevó a participar en varias batallas con distintas suertes por cantar, pero sin perder ese don creador que lo acompañará a lo largo de su larga existencia, de casi 90 años.

Se dice de Sófocles que llegó a escribir más de 100 tragedias, pero de estas solo han llegado con vida a nosotros siete: Edipo rey, Edipo en Colono, Antígona, Ayax, Electra, Filóctetes y Las traquinias.

Sófocles es el hijo putativo de Esquilo, el gran “padre de la tragedia”. Sostengo que sin éste, la producción de Sófocles no hubiera alcanzado esos niveles de perfección en los que rozan varias de sus obras. Él, primero, lo adopta; luego, lo copia; y por último, lo supera. Una suerte de milagro japonés creativo: eleva a tres el número de actores o representantes y le da más voces al coro, rompe las trilogías, dando libertad y autonomía a las obras, la acción teatral se hace más rica y -uno de los puntos trascendentales- humaniza la tragedia: hace más creíble ese dolor, compromete al público con esos ojos arrancados de sus órbitas, con esas trenzas que aprisionan el delgado cuello.

Si bien Sófocles se vale de varios mitos como motores generadores de sus tragedias, no podemos negar ese talento que en él abunda y que hace trazar hasta el día de hoy estereotipos humanos. Hasta Freud tomó a Edipo para una de sus más alucinadas teorías y siguen sus personajes siendo tan actuales: las peleas entre hermanos por la casa paterna (Antígona), el interés y el amor de los hijos (Edipo en Colono), la soberbia del falso merecimiento (Ayax), el hermano olvidado y abandonado (Electra), el que no resuelve las cosas (Filoctetes), el cansancio del matrimonio (Las traquinias). Todos sus temas se pasean todavía por nuestra civilizada sociedad.

Como lo dije en algún momento adolescente: “Después de los griegos, la nada, el silencio total”. Estos, que lo crearon todo, lo alucinaron todo, lo vivieron todo, también crearon la tragedia, como de casualidad, en una de esas dionisíacas borracheras que se metían en nombre de su dios y tras varios días envueltos de machos cabríos entonaron esos ebrios ditirambos que irán tomando forma de la mano de Tespis, que en ese carromato ambulante fue dando lugar, mañana más tarde, a corifeos en coturnos y a coreutas que descabellaban al público con los cantos más funestos, a máscaras tenebrosas, orquestas que alucino, ya para su época, casi floydianas.

Es en esta parafernalia creativa donde Sófocles gesta a su más alucinado personaje, al héroe más absurdo y derrotado de antemano que ha parido la literatura, a la gran víctima del destino y herencia corrompida, a este chivo expiatorio que nos mira avergonzado, a este de pies hinchados que aún cuelga de espalda a la verdad: Edipo, que burló a la muerte en el bosque y se vuelve príncipe postizo para que el destino le salga en ruta y ordene la historia, mate a su padre, venza a la esfinge, case con su madre, procree en ella, se haga de cuatro hijos-hermanos para que recién se estampe con la verdad que simplemente esperaba por él, verdad que siempre está allí y no queremos ver, porque da miedo, porque es mejor vivir en la cálida ignorancia: en la mentira que soporta nuestras vidas, en ese no buscar porque se corre el riesgo inminente de encontrar.

Y él buscó, Edipo envió a Creonte, su cuñado-tío, a buscar al asesino del ex rey Layo. Amenazó a Tiresias, adivino ciego, exigiendo la verdad y como somos tan frágiles, tan juguetes del destino, él no la soportó y se voló los ojos de sus órbitas, porque la sabiduría se te da a cambio de algo, no viene de gratis, causa mucho dolor.

Sófocles no murió envuelto de tragedia, murió henchido de gozo o atragantado con una uva dionisíaca o recitando un verso sin aliento. Hoy en su tumba lo acompaña una sirena que se menea con él en sus más trágicos versos.

*Este post es una colaboración de Renato Salas Peña, docente del Departamento de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

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1 respuesta

  1. Micky dice:

    El gran Renatiño conocedor de los literatos clasicos y quien pone su pizca de conocimiento a un gran mundo que ignora lo básico de le etapa Atica del clasicismo

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