Sin novedad en el frente: una estampa del horror

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Erich Maria Remarque escribió Sin novedad en el frente algunos años después de la carnicería que fue la Primera Guerra Mundial, imbuido de un sentimiento de horror frente a la brutalidad con que los hombres de las naciones que blasonaban de encabezar la marcha de la civilización hacia el progreso habían actuado en una contienda que cobró la vida de al menos 22 millones de seres humanos. Remarque había estado en el campo de batalla, defendiendo los sedicentes ideales patrióticos que suelen enarbolarse para encubrir intereses que hunden sus siniestras raíces en la más rastrera codicia, el ansia irracional de poder y el voraz afán de dominación.

Unas líneas situadas casi al final de esta desgarradora historia traducen el hondo pesimismo que embargaba al mundo ante la absurda destrucción que el hombre occidental había provocado. La convicción presente en esos años y que había de recorrer todo el siglo XX  –llegando hasta nuestros días–, nacida de la contemplación de tan aberrantes circunstancias, era que los mayores y mejores frutos espirituales prodigados por la especie a lo largo de siglos y siglos recorridos con fatigosa perseverancia no habían servido de nada ante el apetito de destrucción que se había cebado en la barbarie, desafiando impunemente la lógica que desde la Ilustración presuntamente dirigía los pasos de la civilización en busca del progreso y la prosperidad:

¡Qué inútil debe ser todo lo que se ha escrito, hecho o pensado en el mundo, cuando todavía es posible una cosa así! Forzosamente, todo ha de ser mentira e insignificancia cuando la cultura de miles de años no ha podido impedir que se derramara estos torrentes de sangre ni que existieran esas cárceles del dolor y el sufrimiento. (Remarque, 1978, p. 201).

Dada a la luz pública en 1929, la historia de un grupo de jóvenes alemanes que apenas haber terminado el colegio se alistan en el ejército para dar lo mejor de sí en la defensa de su patria, dejó una huella imperecedera en la literatura antibelicista de todos los tiempos. Años después, durante el régimen nazi, Sin novedad en el frente sería una de las tantas obras arrojadas al fuego por la prédica totalitarista y genocida que preparaba el advenimiento de otro escenario de espanto: aquel que se desplegaría a partir de 1939 y que, luego de seis años, terminaría con más de 50 millones de muertos –entre estos, 6 millones de judíos asesinados a mansalva o exterminados en los campos de concentración–, dos ciudades japonesas casi completamente arrasadas por la descomunal potencia de la energía atómica y las principales metrópolis de Europa literalmente en ruinas.

Paul Bäumer es quien relata los hechos que van desencadenándose con horror creciente. Entre fuego de fusilería, granadas y bombardeos, los amigos que vinieron con él y aquellos otros que conocería en el frente –Leer, Franz Kemmerich, Müller, Tjaden, Berger, Albert Kropp, Haie Westhus, Detering– matan y son muertos, combatiendo por una ideología que no entienden bien, pero que reclama de ellos ofrendar su vida en el altar de la barbarie.

El primero del grupo de amigos en caer abatido es Kemmerich. La imagen es tremenda: el joven, postrado en la cama del hospital de campaña en que está siendo atendido, preocupado por su reloj, que alguien le ha sustraído, no sospecha que su pierna ha sido amputada. Desfalleciente, acusa las primeras señales que lo sitúan ya en la antesala de la muerte. Sus camaradas, unidos a él desde las épocas de la escuela, intentan animarlo. Uno de ellos, Müller, lo persuade de que le deje sus botas, diciéndole –con evidente voluntad de fingimiento para ocultarle su verdadero estado–  que una vez dado de alta y rumbo a su casa ya no le harán falta. Algunos días después, Bäumer lo visita por última vez, y ante la inminencia del desenlace, piensa con angustia en cómo hará para escribir a la madre de Kemmerich y comunicarle la muerte de su hijo, cuyo cuidado ella le había encargado amorosamente cuando partieron hacia el frente.

Ante la agonía del camarada, ante la dura constatación de no poder hacer nada contra la muerte, la desesperación, la rabia, el desconsuelo, son los sentimientos que surgen entreverados en Bäumer: «Sería preciso traer al mundo entero ante esta cama y decirle: –Este es Franz Kemmerich, de diecinueve años. No quiere morir. ¡No permitáis que muera! (Remarque, 1978, p. 27).

Sin novedad en el frente: una estampa del horror

Soldados alemanes durante la primera guerra mundial.

Tres personajes resultan ser gravitantes en este universo alterno en que la destrucción y el crimen están normalizados: el profesor Kantorek, el cabo Himmelstoss y el reservista Katczinsky.

Kantorek es el maestro de aquellos jóvenes, que los insta a enlistarse para servir a la patria: la «juventud de hierro» –expresión inflamada que emplea para referirse a sus estudiantes– debe marchar sin vacilaciones a la lucha, a defender con honor los colores de su bandera, aun cuando ello signifique no regresar.

Himmelstoss es el cabo encargado del adiestramiento de los jóvenes antes de ser enviados a la línea de combate. Es quien tiene el encargo de convertirlos en máquinas de matar; debe asegurarse de que su sensibilidad ha de quedar embotada para evitar que la sangre, corriendo a raudales en el campo de batalla, y el terror los disuadan de seguir peleando; su misión consiste en transformar el temor a la muerte en el impulso a defender la propia vida hasta el último rescoldo de voluntad, y a quitársela al enemigo sin el más mínimo asomo de piedad.

Katczinsky –el buen Kat­– es el soldado de más edad –ya frisa los cuarenta– y quien cuenta con más experiencia en la guerra. Es la astucia encarnada. Es el olfato que todos necesitan para mantenerse a salvo. Está a cargo de la compañía y es admirado y respetado por todos sus compañeros.

En buena cuenta, cada personaje representa una de las tres etapas de lo que cabría concebir como aquel ciclo sistemático de destrucción en que se insertan los jóvenes reclutas que se encaminan a esa hoguera de ilusiones que es la guerra (un proceso, digámoslo de paso, que también queda contundentemente plasmado, por ejemplo, en otra obra maestra: Full Metal Jacket, filme de Stanley Kubrick). Kantorek encarna el momento de la exaltación y el fervor patriótico, y aun el optimismo que embarga a quienes están seguros de estar luchando por principios inmarcesibles: los jóvenes estudiantes son embargados por un éxtasis idealista que obnubila la mirada racional; en este momento, la muerte es puesta de lado por el exaltado llamado del deber. Himmelstoss se sitúa en el preámbulo del infierno: prefigura la vorágine que tarde o temprano terminará aniquilando los sueños y destruyendo los cuerpos y las vidas de tantos jóvenes; el miedo en este momento invade al recluta de una manera indefinida: desde el fango en que chapotean al ejercitarse entrevén lo que les espera, aunque sin tener una idea cabal de lo que significará enfrentarse con la demencia destructiva que ellos y sus enemigos pondrán en marcha. Ya en el frente, es Katczinsky quien los planta ante el dolor desmesurado: les enseña a mantenerse vivos, pero también les dice sin mayores aspavientos que es mejor ir al combate con el estómago vacío ante la posibilidad de recibir un balazo en pleno vientre.

La guerra sigue su vesánico curso. Huyendo, en medio de una contraofensiva, Bäumer se refugia en un hoyo abierto por un mortero. Al rato, un francés se arroja ahí también para ponerse a cubierto: Bäumer lo apuñala. Su agonía es espantosa y parece interminable. Es el primer hombre al que mata con sus propias manos. Las palabras que dirige el joven alemán al cadáver de su enemigo son estremecedoras. Creo que vale la pena extenderme en la cita:

Camarada, no quería matarte. Si volvieras a saltar aquí dentro, no lo haría a condición de que tú también fueras razonable. (…) Tan sólo ahora comprendo que tú eras un hombre como yo. (…) Ahora veo [a] tu mujer y tu rostro, aquello que tenemos en común. ¡Perdóname, camarada! Siempre nos damos cuenta demasiado tarde de las cosas. ¿Por qué no nos dicen continuamente que vosotros sois unos pobres infelices como nosotros, que vuestras madres viven en la misma angustia que las nuestras y que todos tenemos el mismo miedo a la muerte, el mismo agonizar y los mismos dolores? ¡Perdóname, camarada! ¿Cómo podías ser mi enemigo? Si tiráramos estas armas y este uniforme, tú podrías ser mi hermano (…) ¡Toma veinte años de los de los míos, compañero, y levántate! Toma más, si quieres, pues yo no sé tampoco qué hacer con ellos. (Remarque, 1978, p. 172).

«En la vida militar uno se acostumbra a todo; es cuestión de tiempo», dice Bäumer (Remarque, 1978, p. 205). Y en efecto, es así. Sobre todo, los que pelean se habitúan a la pavorosa idea de la muerte: los amigos, tarde o temprano, van cayendo. Y uno a uno, aquellos jóvenes que apenas despertaban a la vida, sucumben. Hasta Kat, que parecía hecho para sobrevivir, es abatido. El último en entregar su vida es Bäumer: «Había caído boca abajo y quedó, como dormido, sobre la tierra. Al darle la vuelta pudieron darse cuenta de que no había sufrido mucho. Su rostro tenía una expresión tan serena que parecía estar contento de haber terminado así». (Remarque, 1978, p. 223).

Dos adaptaciones fílmicas se hicieron de esta novela. La primera, que obtuvo dos premios Óscar, en 1930, fue dirigida por Lewis Milestone. La segunda fue un filme para televisión, dirigida por Delbert Mann y estrenado en 1979. El texto que precede el desarrollo de esta última película, extraído de un testimonio formulado por el propio Remarque sobre su novela, sencillamente es sobrecogedor:

Esta historia no ha de ser una confesión ni tampoco una acusación, menos aún una aventura, pues la muerte no es una aventura para aquellos que la enfrentan cara a cara. Ella procurará contar la historia de una generación de hombres que aun cuando pudieron escapar de los proyectiles, fueron destruidos por la guerra. (Mann, 1979).

Porque es así: más allá de las razones de diversa índole con que se pretenda justificarla, la guerra es y será siempre el ejercicio de lo más negro que lleva en sí el alma humana.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente del Departamento de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

Referencias:

Mann, D. (1979). Sin novedad en el frente [filme]. EE. UU. Columbia Broadcasting System.

Remarque, E. (1978). Sin novedad en el frente. Barcelona: Bruguera.

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