Del Club de Roma a las guerras climáticas

del club de roma a las guerras climáticas

Planta industrial en la India.

El Club de Roma es una organización sin fines de lucro dedicada a promover investigaciones acerca del impacto de la actividad humana y el desarrollo industrial sobre las condiciones de vida en nuestro planeta. Sus orígenes se remontan a la década de los años sesenta cuando el empresario italiano Aurelio Peccei y el científico escocés Alexander King, a partir de una fértil coincidencia de preocupaciones, se reúnen con el objeto de discutir aspectos vinculados con el crecimiento poblacional, el desarrollo de la tecnología y la gran industria, y la contaminación ambiental, factores estos que desde aquella época, debido a su desbocado impulso, ya comenzaban a poner en riesgo las posibilidades de desarrollo en nuestro planeta.

El año 1972 se publica Los límites del crecimiento, el producto de dos años de investigaciones llevadas a cabo por un equipo de científicos del Massachusetts Institute of Technology a petición del Club de Roma. Se trataba de un estudio enmarcado en una iniciativa de diagnosis social que fue bautizada como «El proyecto del dilema de la humanidad», cuyo objetivo más apremiante era realizar un estudio riguroso, basado en análisis matemáticos procesados por computadora –haciendo uso de un innovador método llamado dinámica de sistemas–, acerca del impacto que la interrelación de cinco factores podría provocar sobre el estado del planeta en las próximas décadas.

El balance fue preocupante: Dennis Meadows, el científico que dirigía al equipo, predecía que la Tierra llegaría a sus límites de crecimiento en algún momento dentro de lo siguientes cien años, si los hábitos de consumo y el uso de los recursos naturales, la producción agrícola, el crecimiento poblacional, la producción de insumos industriales y la contaminación ambiental mantenían el acelerado y caótico incremento de sus índices, tal como se había venido dando hasta ese momento.

Ya sabemos ahora, casi cincuenta años después, qué lejos nos encontramos de haber conjurado esa amenaza. El quinto informe de evaluación dado a conocer el 2014 por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por su denominación en inglés) nos habla acerca de la inalterada (y preocupante) marcha que se observa en cuanto a tendencias globales y regionales de desarrollo económico, emisiones de gases efecto invernadero, consumo de recursos, infraestructura y patrones de asentamiento, y conducta institucional y uso de tecnología, todo lo cual reduce sensiblemente los niveles de adaptación y mitigación frente al calentamiento global. (IPCC, 2014).

La figura de Harald Welzer irrumpe en este panorama desolador. Y no precisamente para atenuar su tono sombrío. Psicólogo social y sociólogo formado en la Universidad de Hannover, director del Center for Interdisciplinary Memory Research, y reputado experto en estudios sobre memoria histórica, violencia social y el Holocausto, Welzer, quien fue considerado un «productivo pensador transversal» por Der Spiegel, la famosa revista alemana, publicó el 2008 un libro en el que bajo un título que eriza la piel –Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI– se aproxima al cambio climático desde un ángulo que, a su juicio, ha sido descuidado: el gravísimo impacto social que este desajuste está provocando en el mundo y sobre todo en los países subdesarrollados, y una de cuyas consecuencias más nefastas es el surgimiento de conflictos y guerras provocadas directamente por la disputa de espacio, recursos y fuentes de energía: las llamadas «guerras climáticas», situaciones extremas de violencia que dejan abierta la posibilidad de que se implementen «soluciones finales» para enfrentar problemas derivados de la escasez generada por el cambio climático. La historia humana, y específicamente los totalitarismos del siglo XX, con su secuela de exterminios planificados, ofrecen espeluznante testimonio acerca de la brutalidad con que los seres humanos suelen enfrentar situaciones que consideran amenazantes.

Harald Welzer, psicólogo y sociólogo alemán autor de Las guerras climáticas.

En el centro de esta investigación sitúa Welzer la crítica al papel desempeñado en estos últimos 250 años por parte de los países altamente industrializados, presuntos garantes de la democracia y la libertad, pero que tienen en su haber un pasado de destrucción, genocidio y expoliación. Son los herederos de la Modernidad y su triste paradoja: la frenética búsqueda de progreso y prosperidad emprendida por el pensamiento ilustrado ha producido males que se sitúan en el otro extremo: exclusión, asimetría social en las posibilidades de desarrollo, injusticia global y pobreza extrema. Siguiendo la ruta abierta por pensadores como Zigmunt Bauman y Günther Anders, Welzer plantea lo que a algunos les parecerá una enormidad: las catástrofes sociales y tecnológicas ocurridas en el siglo XX (y las que seguirán ocurriendo en nuestro siglo), digamos, la eclosión de los totalitarismos, las limpiezas étnicas, las guerras de agresión, los desastres nucleares y ecológicos y los desastres de toda laya producidos por el ansia desmedida de recursos en busca de crecimiento y progreso, lejos de constituir eventos ajenos a los procesos de modernización son la confirmación de su oscura lógica de desarrollo. En breve: la Modernidad lleva inscrito en su seno el signo de aquella barbarie que su discurso orgullosamente proclamaba haber dejado atrás.

El caso de la isla de Pascua, casi perdida en el Pacífico, a una distancia de 3500 kilómetros de América del Sur, se plantea en el libro como ejemplo de lo que implica estar a las puertas de una catástrofe ante la cual no se cuenta con el marco de referencia adecuado para comprender su naturaleza tremenda. Los polinesios llegaron allí alrededor del siglo IX d. C. Aun cuando las condiciones climáticas no eran las mejores, contaban con recursos suficientes para vivir cómodamente: había especies diversas de palmeras; animales terrestres, aves y delfines satisfacían sus necesidades de alimentación. Pero siete siglos más tarde, los primeros occidentales que llegan a sus costas se encuentran con una superficie deforestada y solo con algunos centenares de pobladores que vivían en condiciones infrahumanas, disputándose los escasísimos recursos que aún quedaban y recurriendo, cuando ellos no bastaban, a la antropofagia. Imaginar qué pensó aquel que derribó el último árbol para emplearlo como combustible, o construir con él una canoa o un refugio, es básicamente plantear el problema que estamos enfrentando: ¿somos realmente conscientes del daño que le estamos haciendo al planeta? Un libro como este formula una respuesta negativa. El mundo, ahora, se está convirtiendo en una gran isla de Pascua.

El concepto de shifting baselines (puntos de referencia cambiantes) da la razón de aquella inercia, de aquella «ceguera frente al Apocalipsis» (Anders, citado por Welzer, 2010, p. 242). Ante un problema imprevisto, una situación anómala o una amenaza inédita, se opera un reajuste inconsciente de la percepción (que va de la mano con la natural  necesidad de atenuar las disonancias cognitivas) de acuerdo a los ejes de desplazamiento de la misma situación. Aspectos como el tiempo transcurrido, la distancia física y emocional y el recambio generacional alteran inadvertidamente los parámetros bajo los cuales se considera normal o anormal una situación. Como ocurrió probablemente en aquella isla del Pacífico Sur y tal como nos está ocurriendo ahora.

Los esfuerzos que se hacen a nivel individual tienen un ridículo impacto por la envergadura de los niveles de contaminación generados por la gran industria; las políticas estatales con frecuencia soslayan la implantación de medidas que podrían contrarrestar el deterioro del planeta, pues ello significaría afectar su crecimiento a nivel económico; en el plano interestatal no se cuenta con instancias que estén en la posibilidad de exigir a las naciones del norte opulento acatar las medidas para la conservación del medio ambiente que las flamantes tanto como ineficaces cumbres sobre desarrollo establecen cumplir.

La situación es muy delicada. Lo sabemos de sobra, pero evitamos enfrentarla. La conciencia ecologista no termina de arraigar en nuestras mentes, aun cuando digamos lo contrario. No es barato dramatismo decir que ya estamos parados al pie del abismo. Pero el calentamiento global sigue su curso y aquellos que huyen de lugares en que las guerras de baja intensidad son una realidad permanente e intentan traspasar las fronteras de las naciones opulentas –países como Sudán enfrentan situaciones de violencia política agudizadas por la escasez de alimentos, escasez que recrudece debido a factores climáticos– se ven expuestos al rechazo de los gobiernos que han unido fuerzas para desplazar el problema a sus fronteras exteriores (Frontex es el nombre de la más reciente y eficaz organización de la Unión Europea implementada para actuar en esa dirección)-, dando vida así a un nuevo concepto, muy en consonancia con estos tiempos: el concepto de «refugiado climático».

La paradoja emerge una vez más. Esos refugiados climáticos son, precisamente, el producto de los procesos de depredación del medio ambiente emprendidos por los países de industrialización temprana, países que, ahora, los rechazan y poco hacen por transformar las condiciones bajo las cuales el planeta sigue siendo devastado. Los excluidos se transforman así en adeptos potenciales del terrorismo global, que brota de manera particularmente virulenta ahí donde la marginación ha dado lugar a una búsqueda de lo que Welzer llama «patria psicosocial» (2010, p. 193), esto es, un espacio afectivo de convergencia de aspiraciones comunes que aglutina a personas que, más allá de su nacionalidad y su procedencia étnica, coinciden en su desprecio del modo de vida occidental, un estilo de vida despilfarrador en que Toyotas y dúplex, pantallas planas y iPhones, los vacuos emblemas del progreso, son el correlato de un crecimiento económico que aniquila recursos y destruye el entorno, tanto como los sueños de aquellos otros cuyo futuro va tornándose inviable.

Con todo, bien lo sabemos, la porfiada lucha por la vida, aun a la vista de los más desgarradores y aplastantes acontecimientos que la historia ha registrado, es un rasgo que define a nuestra especie. Quizá pensando en ello, a la vista de un desastre humano tan indeseado, pero ya en marcha, nos dice Welzer, aunque con un inquietante resto de ironía: «(…) hay libros que uno escribe con la esperanza de estar equivocado». (2010, p. 17).

Ojalá así sea.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente del Departamento de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

Referencias:

IPCC (2014). Climate Change 2014. Synthesis Report. Disponible en http://www.ipcc.ch/report/ar5/syr/

Welzer H. (2010). Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI. Madrid: Katz Editores.

 

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