Jesús Mosterín: entrevista final con la muerte

Jesús Mosterín: entrevista final con la muerte

Recuerdo haber comprado –de hecho, aún forma parte de mi pequeña biblioteca–, en un puesto de la avenida Grau, cuando en algunas de sus cuadras se apostaban los libreros de viejo, hace ya bastantes años, un librito que de pronto llamó mi atención por su aspecto físico (tapa dura, formato inusual y buen estado de conservación), pero sobre todo por lo que ofrecía a través de su título: Grandes temas de la filosofía actual.

Como suele hacerse en estos casos –buceando entre cientos de libros apilados en el suelo, estantes y esquinas– indagué acerca de su contenido: el índice incluía una serie de temas que, sin duda, habían sido elegidos con buen criterio y, efectivamente, cubrían una temática que sin ser muy amplia presentaba puntos esenciales de la filosofía contemporánea. Leí las primeras líneas, luego hojeé algo más en algunos de sus capítulos y quedé subyugado por la claridad de la prosa, la preocupación por la precisión conceptual (que remitía al lector a oportunas y didácticas notas aclaratorias), y la agilidad con que se planteaban en sus páginas temas que basculaban entre la filosofía y algunos importantes ámbitos de la ciencia. Se trataba de una obra de divulgación, breve pero enjundiosa. Su autor se llamaba Jesús Mosterín, y luego supe que se trataba de uno de los más respetados filósofos españoles contemporáneos.

Pensador de calado diverso, especialista en lógica matemática, defensor del aborto y la eutanasia, enconado opositor de la tauromaquia, y reconcentrado divulgador científico, Mosterín nació en Bilbao en 1941. Se formó en la Universidad Complutense de Madrid y estudió lógica matemática en la Universidad de Münster, en su Institut für Mathematische Logik und Grundlagenforschung, donde se doctoró. También permaneció una temporada en el Massachusetts Institute of Technology, realizando estudios posdoctorales. A lo largo de su vida, desarrolló labores docentes, realizó un destacadísimo trabajo de investigación y dictó conferencias alrededor del mundo. Enseñó Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Barcelona. En 1996 le fue concedida la cátedra de Investigación del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, donde toda una generación de jóvenes investigadores recibió su autorizada orientación.

Sus primeros libros versaban sobre aquellos temas en que se especializó: Lógica de primer orden, publicado en 1970, Teoría axiomática de conjuntos, de 1971, y Un cálculo deductivo para la lógica de segundo orden, que vio la luz en 1979. Pero su interés abarcó muchos más ámbitos. Desde la biología y la física de partículas, hasta la historia del pensamiento filosófico y la teoría de la ciencia, pasando por la defensa de los derechos de los animales y la ética, Mosterín se ocupó de una gama diversa de temas que abordaba con un rigor que nunca excluyó la elegancia de la expresión y el empeño didáctico, cualidades que han convertido a sus libros en puntos de referencia ineludibles para quien pretenda efectuar una aproximación seria al panorama de la cultura humana. Allí están, por mencionar algo, la colección Historia crítica del pensamiento que escribió bajo el auspicio de Alianza Editorial, proyectada inicialmente para ser publicada en dieciocho tomos, el Diccionario de lógica y filosofía de la ciencia, escrito al alimón con otro reconocido filósofo, Roberto Torreti, y los textos introductorios preparados para la primera edición en español de las obras completas de Kurt Gödel, edición que estuvo a su cargo.

La pulcritud con que acometía el trabajo conceptual se puede constatar a través del uso de un término que acuñó para referirse al ser humano. No hablaba de «hombre» sino de «humán». En aquel librito que mencioné al inicio de estas líneas, precisamente, advierte al lector que recurrirá a este término para aludir tanto al hombre como a la mujer (Mosterín, 1981). Posteriormente, por ejemplo, en La naturaleza humana, daría razón de su empleo: a diferencia de otros idiomas, como el griego, el sánscrito, el alemán o el chino, en nuestro idioma el sustantivo «hombre» significa ser humano y también varón. Aun cuando los contextos de su uso pueden definir con claridad el sentido de esta palabra, Mosterín prefería mantenerse alejado de cualquier atisbo de ambigüedad y en aras de una siempre deseable precisión conceptual propuso y empleó aquel término. (Mosterín, 2006)

El conocimiento científico fue un área abordada con particular interés por el filósofo español. Ciencia viva. Reflexiones sobre la aventura intelectual de nuestro tiempo, libro publicado el 2001, es un claro testimonio de su afán de difundir los resultados de la investigación científica de la mano con un iluminador enfoque filosófico. El texto está dividido en tres partes dedicadas, respectivamente, a la filosofía y su relación con la sociedad y la ciencia, a la biología y a los asombrosos progresos alcanzados en el estudio de los fenómenos de la vida, y a los nuevos senderos que van recorriendo la astronomía, la física y las matemáticas. La obra se propone «(…) entender la aventura intelectual de nuestro tiempo (…) y construir puentes transitables entre la ciencia y la filosofía, de tal modo que se aclaren y enriquezcan mutuamente» (Mosterín, 2001, p. 14).

En esa misma dirección se dirige Filosofía y ciencia. Un continuo, libro editado en el Perú y que reúne entrevistas concedidas por Mosterín aquí con ocasión de las dos visitas que hizo a raíz de su intervención en sendos eventos académicos, y da a conocer artículos suyos publicados principalmente en el diario español El País. Los textos allí presentes giran en torno a temas diversos pero siempre referidos a los frutos de la investigación en el campo científico, a la relevancia de la reflexión filosófica para iluminar los diversos aspectos de la existencia, y a los niveles de fecunda interrelación entre estos dos ámbitos del quehacer intelectual.

Tenía 74 años cuando un cáncer de pulmón irrumpió en su vida. A través de un artículo publicado en El País, al que con fino sarcasmo intituló «Una cita con la parca», compartió esta durísima experiencia con sus lectores, cuando acababa de recuperarse del tratamiento al que fue sometido. Los médicos tratantes habían logrado extirpar el tumor, que afortunadamente no había generado metástasis, y la quimioterapia hizo el resto: Mosterín podía, aunque cautelosamente, esperar superar la expectativa de vida calculada para casos terminales: unos seis meses más o menos. Con la impavidez propia de quien ha transitado por los vericuetos de la biología y ha reflexionado sobre sus descubrimientos y también acerca de sus enigmas, eslabonaba meditaciones sobre los aspectos genéticos de la longevidad, la aparición azarosa de la enfermedad, la muerte como amenaza constante, y se refería de paso a las circunstancias que habrían determinado la aparición de su enfermedad, un tipo raro de neoplasia causado principalmente por el contacto con el amianto (llamado también asbesto), un mineral empleado en la industria de la construcción, altamente contaminante y prohibido ya en muchos países.

Recordaba Mosterín, cuando niño, haber pasado dos temporadas veraniegas en Begoña, muy cerca de una fábrica que producía aislantes con esta substancia como materia prima, y cuyas puertas cruzaban correteando con pueril despreocupación él y sus amiguitos cuantas veces querían. Más tarde, ya adulto, como estudiante del MIT, y al lado de Noam Chomsky, había recibido clases en un ambiente casi ruinoso de aquella universidad, cuya estructura estaba hecha con materiales que contenían el letal mineral. Algunos lo llamarían destino; Mosterín, en consonancia con su temple científico, quizá simplemente azar.

El artículo termina con un balance desapasionado, que traduce el talante de un pensador familiarizado con la ciencia, profundo conocedor de la biología, y consciente de la insignificancia cósmica del drama de la existencia tal como la conocemos: «Todos los seres vivos somos configuraciones efímeras de las partículas de que estamos hechos, pompas de jabón, fogonazos fugaces, olas en el océano inmenso de la realidad. (…) La muerte del organismo es valorativamente neutral; no tiene nada de bueno ni de malo. Y es lo más natural del mundo». (Mosterín, 2015, s/p)

Tras dos años de batallar con aquella parca a la que miraba de frente, Jesús Mosterín no resistió más y murió el 4 de octubre último.

Como todo gran pensador, ha dejado una obra que lo mantendrá vivo en la memoria de aquellos que encontraron en sus libros, intervenciones académicas y artículos escritos en medios especializados y periodísticos, virtudes que solo se encuentran en quienes asumen un compromiso insobornable con la investigación: argumentación rigurosa, conocimiento sólido y diverso, y, sobre todo, el afán de difundir generosamente el saber adquirido.  Todo lo que yo hallé en aquel librito hermoso a mis veinte años.

Referencias:

Mosterín, J. (1981). Grandes temas de la filosofía actual. Barcelona: Salvat Editores.

Mosterín, J. (2015). «Una cita con la parca». El País [web site].Disponible en: https://elpais.com/elpais/2015/03/19/opinion/1426760297_757971.html

Mosterín, J (2006). La naturaleza humana. Barcelona: Austral.

Mosterín, J. (2001). Ciencia viva. Reflexiones sobre la aventura intelectual de nuestro tiempo. Madrid: Espasa Calpe.

Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente del Departamento de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

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