Alex Honnold o una filosofía de altura

alex honnold o la filosofía de altura

En El mito de Sísifo, Albert Camus, el filósofo existencialista francés y Premio Nobel de Literatura de 1957, incluye un ensayo en que reflexiona sobre el absurdo y el suicidio. En uno de sus pasajes, se refiere al tedio vital que asalta al hombre en medio de su cotidiano vivir, a ese maquinal decurso de las cosas a través del cual hace su aparición el gris sinsentido de la vida, y, con ello, el sentimiento de la necedad de todo empeño, la exasperante sensación de que tras cualquier movimiento encaminado a realizar un propósito se agazapa el vacío. Dice Camus:

Suele suceder que los decorados se derrumben. Levantarse, coger el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la cena, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo es una ruta que se sigue fácilmente durante la mayor parte del tiempo. Pero un día surge el “por qué” [sic] y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro. (Camus, 1985, p. 27).

La pregunta por el sentido de la vida aparece como una constante en la reflexión filosófica. Pero no solo en ella. Las  grandes obras de arte, la creación literaria, los movimientos políticos que han transformado profundamente el panorama social, en suma, los afanes humanos de explicar el mundo, de comunicar un sentido, de transformar el entorno, de aprehender y expresar la belleza, exhiben en su raíz, en primera o última instancia, el móvil del propósito último: nuestra especie se caracteriza por buscar respuestas y, entre estas, la que inquiere por la razón de estar aquí   –«arrojados», para decirlo con cierto patetismo filosófico–  acaso sea la fundamental.

En medio de esta búsqueda, como lo hace ver Camus, pareciera que acecha el tedio vital, el aburrimiento no debido a la ausencia de actividades que desarrollar, sino, paradójicamente, producido por la repetición mecánica, automática, de las mismas actividades, reproducidas a ritmo machacón, una y otra vez: aquel suelo sobre el que transita nuestra vida, embaldosado con presuntas verdades firmes y seguras, de pronto se agrieta y amenaza derrumbarse cuando irrumpe la pregunta por la razón (última) que justificaría (en última instancia) trajín semejante.

En este punto, podríamos también recordar a Philippe Petit, el funambulista francés que se pasaba la vida desafiando las alturas, cruzando cables suspendidos a cientos de metros sobre el suelo. Su máximo reto fueron las Twin Towers, en 1974, cuando aún se levantaban imponentes en el centro de Manhattan. ¿Por qué arriesgar la vida de esa manera, para qué, con qué objeto? Quizá la vida, a la postre, sea tan aburrida (y quizá también absurda) que da lo mismo arriesgar el pellejo hoy, mañana o pasado mañana, y de cualquier forma, pues, finalmente, ¿no nos espera la muerte a todos, en cualquier lugar, de cualquier forma y en un momento que nadie puede prever (por supuesto, salvo aquellos quienes terminan con su propia vida, o, como en el caso de Petit, la llevan siempre o casi siempre pendiendo de un hilo).

Ahora, y cuando ya se exhibió un segundo filme sobre la hazaña de Petit, estrenado el 2015, obra del reconocido Robert Zemeckis, (el primero fue un documental de James Marsh, estrenado el 2008), otro retador con vocación por el abismo (ya veremos que esta no es una expresión figurada) ha captado la atención de los medios por sus espectaculares y nada convencionales paseos.

Se trata de Alex Honnold, un joven escalador norteamericano que apenas pasa los treinta años y que se dedica a trepar montañas con superficies pétreas casi totalmente verticales.  Practica el estilo llamado «libre solitario»: Honnold desafía al vacío sin más ayuda que sus propias extremidades y una talega con polvo de magnesio atada a la cintura para secar el sudor de sus manos.

 

Si, en efecto, el absurdo se puede descubrir en los trámites vitales de los cuales se compone la vida, y en ese trance el hombre descubre de pronto el tedio, un repentino desfondamiento de razones aparentes, parecería que este aburrimiento vital constituye un temor mucho más profundo y afilado que aquel otro que podría surgir frente a la muerte. Siguiendo con esta conjetura, tendríamos que decir que Honnold ha llevado a la acción (aun cuando no la haya planteado de manera sistemática) exactamente aquella constatación.

Si vemos los videos que lo captan escalando, solitario, descomunales formaciones rocosas, asiéndose a diminutos intersticios entre las ásperas piedras y sosteniéndose literalmente con las puntas de los dedos, no podría uno sino preguntarse, en efecto, qué lo lleva a desafiar de manera tan desfachatada a la muerte, y en ese mismo monólogo responderse que quizá sea el ansia de emociones fuertes y vividas al límite, en medio de una existencia anodina, que aun cuando parezca estar llena de estímulos frenéticos, acaso no le ofrezca  experiencias francamente revitalizantes, lo que lo conduce a rozar los límites que separan   –para decirlo, otra vez empleando el fraseo filosófico–, el ser de la nada. Nada menos que pura filosofía (y de estirpe existencialista, nada menos) condensada en el escalofriante esfuerzo que Honnold despliega en cada uno de esos ascensos.

Si quieren tener una idea de la absoluta temeridad con que este joven desafía a las alturas, vean esto. Hipertensos, abstenerse.

Pareciera que la muerte a él no le preocupa o asusta, y, más bien, la impresión que proyecta es la de alguien que experimentase satisfacción en exponerse a una situación en que las probabilidades de hallarla se incrementan exponencialmente.

Pero no es tan simple el asunto. Si acaso resulta plausible la conjetura acerca de la presencia de alguna medida de tedio vital en el origen de su prurito de retar al vacío a que lo engulla con ese desparpajo con que lo hace, no es cierto que Honnold simplemente no sienta miedo ante la muerte. Aunque un reciente estudio hecho a su cerebro reveló que este joven escalador no experimenta el miedo como el común de las personas, debido a que los centros neurológicos responsables de procesar aquella experiencia no se activan cuando Honnold está expuesto a situaciones extremas, él ve el grave asunto de la muerte de otra forma. En una entrevista concedida a National Geographic, lo dejó expresado así:

Mucha gente dice que yo no siento miedo, o que no le temo a la muerte, ¡pero eso no es verdad! Tengo la misma y saludable esperanza de sobrevivir que cualquier otro. No quiero morir. Al menos, no aún [risas]. Yo pienso que solo tengo una aceptación mayor del hecho de que moriré en algún momento. Entiendo eso, pero no quiero estar con engreimientos mientras tanto. Quiero vivir de un modo en que se requiera asumir un nivel más alto de riesgo, y eso es aceptable para mí (Worral, 2016, s/p).

Y no solo eso. Su actividad le ha permitido alcanzar reconocimiento a nivel mundial, algo que Honnold ha puesto al servicio de un afán altruista: prestar ayuda a aquellos que más lo necesitan, por ejemplo, en los poblados pobres de algunos países africanos en donde la gente gasta la cuarta parte de su magro salario en proveerse de combustible contaminante para sobrevivir. Honnold, inspirado en esta iniciativa por el trabajo social realizado por su hermana, puso en marcha la Honnold Foundation una fundación de ayuda humanitaria que, entre otras cosas, por ejemplo, obtiene financiamiento de las marcas para las que realiza publicidad, y él mismo dona un tercio de sus ingresos para contribuir a implementar paneles solares en aquellas zonas,  y así producir energía fuera de red a bajo costo y amigable con el medio ambiente.

Acaso Alex Honnold nos proporcione la oportunidad de decir que el sentido se encuentra buceando en el sinsentido. Puede parecer un juego de palabras, pero a lo que apunto es a poner de relieve el significado vital inmerso en el despliegue de una actitud que pareciera ser intensa pero vana, doblemente extrema, por ser temeraria y despropositada, algo así como la lucha que libráramos en una batalla sabiendo de antemano que nos aguarda inexorablemente la derrota. Precisamente, como el hombre absurdo de Camus: aquel prurito racional que, a fuerza de solicitar razones y justificaciones, de buscar con ahínco respuestas fundamentales de manera infructuosa, lúcida e hidalgamente, constata sus límites.

Observar a aquel joven adherido a la pared de una montaña –polvo cósmico en medio del silencio de un universo que marcha con él hacia la nada– es casi como palpar la determinación que lo anima a seguir pataleando en esta vida, aun cuando sepa con gélida lucidez que a pesar de ese esfuerzo (tanto caminando en la calle, como allá, arriba) ni él ni nosotros nos libraremos del final de finales que tarde o temprano ha de llegar, y convencerse, mirándolo, absortos, que el riesgo, el azar, la inconmensurable dimensión de lo trágico, lejos de anularnos como seres, hacen más digna nuestra insignificante pequeñez. Mirar a Honnold trepando con una sonrisa en el rostro y descubrir un relampagueante sentido en su impulso a buscar, no la muerte, sino la ocasión de demostrar que su contundencia aniquiladora puede ser desafiada con honor, puede gatillar más preguntas sobre la vida que el fatigoso enfrentamiento con las páginas de un eminente tratado filosófico.

Quizá escalar sin protección alguna y decir que el miedo a morir no le es ajeno, confesarse ateo y celebrar el sentimiento de unidad con el mundo, que, según también lo dice, experimenta cuando se encuentra suspendido a un paso del traspié final, para prestar ayuda, una vez abajo, a quienes más lo necesitan, solo sea una manera más de mostrar que la línea divisoria entre el absurdo y el significado pleno, entre la vida y la muerte, entre la armonía dictada por un creador y el pulso ciego de la evolución, es, a la postre, tan móvil y difusa, que más valdría la pena no preocuparse por averiguar si las preguntas esenciales de la existencia tienen, finalmente, una Gran Respuesta, pues, antes que las certezas y las seguridades de manual, es la incertidumbre de su precaria libertad aquello que define la paradójica y frágil grandeza del destino humano.

Alex Honnold: un caso más para constatar, como decía Nietzsche, que la metafísica está en la calle.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

Referencias

Camus, A. (1985). El mito de Sísifo. Madrid: Alianza Editorial.

Worral, S. (2016). «Alex Honnold Isn’t Fearless. He Just Accepts Death». National Geographic [Web site]. Disponible en http://news.nationalgeographic.com/2016/01/160103-honnold-climb-mountain-solo-adventure-ngbooktalk/

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