Con mis valores no te metas: a propósito de corrupción, tolerancia y educación

 

con mis valores no te metas estudios generales

Dos son en particular los elementos que llaman la atención en las primeras planas locales: el aparentemente inacabable flujo de los escándalos de corrupción, cuyo protagonista emblemático es la constructora brasileña Odebrecht, y por otro lado, la campaña de crítica al currículo escolar por un supuesto intento de inocular una también supuesta “ideología de género”.

Cabe preguntarse con respecto a lo primero cuáles son los límites: pareciera por momentos que no ha existido gobierno, actor político u organización que tuviera intereses para con el estado, que no haya convivido (que no es lo mismo que actuado ilícitamente) dentro de un entorno con insólitos niveles de corrupción. Queda siempre la pregunta de en qué momento se dio por normal o usual algo que a todas luces es contraproducente y chocante. Con respecto a lo segundo, sopesando argumentos de uno y otro bando, queda la interrogante de cuál es el temor a reconocer diferencias y la importante necesidad de promover una corriente de tolerancia e igualdad en el marco de los derechos, los deberes y las oportunidades de desarrollo para las personas. Como quiera que ambas cuestiones son difíciles de responder, hay una relación entre ambos temas y la llamada “educación en valores”: la postura moral frente a la corrupción, y la manera como se entienden las diferencias y la tolerancia son pues elementos que reflejan los valores de nuestra sociedad.

Los valores no son estáticos; si cabe una división, encontraremos valores primarios, más o menos estables en el tiempo (por ejemplo, la dignidad humana y el principio básico del respeto a la vida ajena: con matices, bastante arraigado en el tiempo) y otros secundarios, más flexibles o adaptables a las circunstancias (por ejemplo, el rol de la mujer en el ámbito laboral desde los años cincuenta en adelante). Los valores son pues parte del entramado de una cultura, reflejo de sus creencias y de lo que se entiende por bienestar común: difícilmente tendremos un sólido marco de valores si no tenemos una noción mínima articulada de cultura, que nos permita reconocernos como iguales, y por ende, aspirar a un bienestar compartido. Los valores se nutren del éxito y/o fracaso de la sociedad como conjunto, y es así cómo evolucionan: mal hace entonces quien celebra el éxito individual de los coludidos en casos de corrupción (la típica hazaña de “Pepe El Vivo”), dado que dicha admiración refuerza la creación de íconos que lejos de contribuir al bien común, parasitan el mérito ajeno y enrarecen el acceso a oportunidades en un marco de libre y justa competencia.

Fallamos, además, al no socializar apropiadamente la pérdida de valores: como ejemplo foráneo queda el hecho de que, ante los escándalos de laxa supervisión y escaso autocontrol detrás de la crisis financiera del 2008, hubiera también una ridícula autocrítica por parte de los involucrados, poca presencia ante la justicia de los responsables, y en general la sensación de que el riesgo moral de los implicados terminó siendo asumido, de manera diluida a través de una recesión, por la economía en su conjunto. Aun con esto último, parece poco probable que la sociedad americana haya aprendido de la experiencia, toda vez ante que ante el grueso de la opinión pública los responsables en su mayoría terminaron libres de culpa y responsabilidad. Exactamente lo mismo ocurre ante los nefastos efectos de la corrupción sobre nuestra sociedad: están ahí, sentidos por todos, pero difusos y diluidos.

La educación tiene un rol en la formación de los valores. Como institución social, es ella la que “permite o fomenta la adquisición de habilidades, conocimientos y la ampliación de los horizontes personales” (Giddens, 2009). Si la educación entonces tiene un rol en la transmisión de los valores, debe reconocerse el matiz entre lo aprendido de manera natural e informal (como cualquier otro elemento cultural) en el marco de referencia de la familia y el ámbito social más cercano, y aquello que podemos estimular a través de la escolarización: los canales y procesos formales a través de los cuales se enseña (ya sea una escuela primaria, secundaria o de tercer nivel, o cualquier otro mecanismo organizado de instrucción). Mal haríamos en pretender que la escolarización salve un vacío generado por la educación del hogar, aunque es evidente que en muchos casos apunta (si no es que logra parcialmente) a tal cometido. En mi experiencia personal, primero como estudiante y después como docente, creo firmemente que lo que más se aprende dentro de un aula no es conocimiento, sino una actitud frente al mismo, y en general, una postura ante la vida (así de delicado entiendo el rol de un profesor); y también que debe existir armonía entre los mensajes que se refuerzan en el hogar y aquellos que emanan de un aula.

Vale la pena asumir que si queremos evolucionar como sociedad, además de los cambios en la escolarización y educación formal, debemos cambiar nosotros: como reflejo de ciudadanía, ética y cualquier valor que quisiéramos legar para nuestros hijos; como reflejo de lo que quisiéramos que sean los demás miembros de nuestra sociedad. Parafraseando nuevamente a Giddens pero aplicado a la educación, se diría que “el análisis que han realizado nos lleva a pensar que no resolveremos nuestros problemas (y diferencias) mirando al pasado”. Parece que la respuesta  a nuestros valores y educación debería articularse mirando hacia el futuro: hacia la sociedad que quisiéramos construir y dejar a nuestros hijos.

 

 

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2 Respuestas

  1. Zoi dice:

    No sé si enteraste del caso de cierto médico, que salió en los medios comercializando la salud, entonces pienso en los valores y todas esas cosas que has analizado en el articulo, y me pregunto, qué nos pasa como sociedad…
    Lo que remarcas al final me hace pensar en lo que quiero construir para la sociedad desde la mirada de salud, una salud justa y equitativa, que más allá de los pre juicios que tenemos los médicos, enfermeras, psicólogos, etc, busquemos satisfacer las necesidades de las personas, en el entorno de su familia y comunidad.
    Re-like para el artículo.

  2. Geraldo MF dice:

    Nuestra sociedad aún no entiende que para sobresalir debe tomar el camino de la humanización de modo que desarrollemos en conjunto el área conativa (valores, actitudes, virtudes) que por ser humanos debemos brindar en nuestras acciones para una convivencia armoniosa y de respeto; he ahí la raíz del problema de la corrupción, la carencia conativa. De cada uno depende para cambiar y tener una mejor prospectiva como seres individuales y seres sociales.

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