Siempre la Historia

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Amerita una investigación más profunda, pero pareciera que durante un corto tiempo, inmediato a la caída del muro de Berlín en 1989 y el anuncio de Francis Fukuyama sobre “El fin de la Historia…”, se diluyó un poco del interés por ella (la Historia). Finalmente cabía para algunos la pregunta: “¿por qué escarbar en un pasado que ya no coincidirá más con estos nuevos tiempos?” (no deja de ser curioso que en una revisión del registro histórico sean varios los líderes populistas y de carácter mesiánico que han anunciado el inicio de un nuevo tiempo con ellos, y por tanto, han hecho denuncia de tal registro profetizando “La historia comienza hoy”: imaginamos que el deseo de eliminar la evidencia histórica persigue que los engañados por ellos no sepan antes de tiempo cómo suelen acabar tales profecías).

Cierto es que el mencionado desinterés no duró mucho. Suele suceder que en momentos de prosperidad uno como individuo tienda a evitar cuestionarse las razones de la dicha, pero en la tragedia la búsqueda de respuestas inicia con identificar referentes y correlatos históricos: si esto ya ocurrió antes, ¿qué puedo aprender de quienes lo enfrentaron en su momento? Los acontecimientos que se sucedieron mundialmente a partir del 11 de septiembre de 2001, la crisis financiera de 2008 (sin precedente salvo comparada con la de 1929), y en tiempos más recientes, los paulatinos cambios en el orden global (mayor amenaza del terrorismo internacional, más patente rivalidad geopolítica entre distintos países, múltiples cuestionamientos al estado actual de la globalización) han generado un renovado interés por la Historia, pretendiendo que un mejor entendimiento del pasado sirva como una herramienta para una mejor comprensión del presente.

Es así que luego de haber sido postergada en planes curriculares, recupera su sitial en ellos como una herramienta que estimula el pensamiento crítico, el análisis y la discusión, y por supuesto, la valoración de las diferencias y la cultura en general. Se evidencia también un renovado interés editorial, que viene acompañado de autores e historiadores que a su exhaustivas investigaciones y acervo documental suman cada vez mayores habilidades de redacción y narración, haciendo que algunos viejos libros de Historia parezcan meros listados de sucesos, fechados sí, pero a veces sin una conexión clara: hoy no son pocos los que han hecho del relato histórico (por no mencionar la ficción histórica) un verdadero placer de lectura, más allá de la materia de fondo tratada.

Ha aumentado también la amplitud de las temáticas históricas, y se han sumado aquellos que buscan en su pesquisa entender no tanto el accionar de reyes y generales, de naciones e imperios, sino a pequeños colectivos sociales, a alguna minoría o bien al ciudadano de a pie de un momento en particular. Este muy valioso empuje editorial tiene también un paralelo en los medios de comunicación, con producciones cada vez mejor hechas sobre acontecimientos históricos de distinta época, sean estas meras recreaciones o series de ficción completas ambientadas en un contexto determinado. Incluso la industria de los videojuegos rescata algunos episodios históricos como telón de fondo para las aventuras que ofrecen, en muchos casos, tratando de asemejarse en la ambientación y detalle lo más posible al tiempo que pretenden retratar.

Se le achaca a más de un autor aquella frase “aquellos que no conocen su Historia, están condenados a repetirla”. Siempre he considerado que es tan lapidaria, tan sonora, y en el fondo, que suena tan coherente, que es imposible que eso no sea cierto. Desde la academia, Karl Popper dejó sentado en La miseria del historicismo que es imposible que la Historia se repita: son tantas las variables involucradas, que jamás sería una realidad calcada al detalle y replicada después; más claramente, denunciaba la inutilidad de la Historia como una herramienta predictiva de tiempos futuros, y lo vano de pretender transferir leyes del campo de las ciencias naturales a un pretendido entendimiento de la Historia: los axiomas no caben cuando no siempre dos variables en conjunción darán idéntico resultado.

Sin embargo, incluso el maestro Popper en su vasto conocimiento coincidiría en que determinados eventos, contingencias y coyunturas tienen, pues, una cierta semejanza con otros tantos hechos del pasado; son ellos como ecos o meros arquetipos, como olas y mareas parafraseando a Heráclito en la anécdota del río: puede que jamás sea un cauce el mismo río, por cuanto el agua fluyendo es distinta; pero aun cuando la fuerza sea diferente y no forzosamente desemboque el torrente en el mismo exacto punto, qué peligroso es dejarse arrastrar sin más por la corriente. Para eso sirve la Historia: para que no nos dejemos llevar sin más por el presente, para que no nos atrape la corriente.

 

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