Blade Runner: a la caza de los Nexus-6

blade runner estudios generales

Referente fundamental de la cinematografía de ciencia ficción e icono indiscutible de la cultura popular contemporánea, para no hablar del timbre posmoderno de sus temas y de su catastrofista narrativa visual, Blade Runner, del británico Ridley Scott, estrenada en 1982, recrea de manera parcial y muy libre el argumento de una novela del escritor de culto Philip Dick, de título aparentemente juguetón, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, también un clásico de la literatura de ciencia ficción.

La novela fue publicada en 1968, en plena efervescencia contracultural, momento en que el destino de la sociedad occidental y los ejes en torno de los cuales había venido girando el proceso de su desarrollo estaban siendo radicalmente cuestionados por los jóvenes de las sociedades opulentas. El panorama que estos avistaban lucía desolador: la adoración frenética de la tecnología y la instauración de patrones económicos centrados en la optimización de procesos exclusiva y fríamente calculados a partir de una estricta lógica de costo-beneficio (aquello que Adorno y Horkheimer llamaban «razón instrumental»), no solo había conducido al mundo al desastre de dos guerras mundiales y, en ese momento, a la carnicería que se estaba llevando a cabo en Vietnam, entre otras abominaciones, sino a un estilo de consumo insustentable, hostil al medio ambiente, y al ahondamiento de las distancias entre el rico norte industrializado y el paupérrimo sur atrasado.

A través de su escritura, Dick expresa en clave futurista el desencanto del hombre por un mundo que parece encaminarse a un estado de crisis terminal. En sus novelas y relatos cortos los escenarios distópicos son una presencia constante. Los desajustes ecológicos que estamos sufriendo ahora ya están asombrosamente prefigurados en varios de sus escritos. También aparece aquel tópico que en esas épocas empezaba a ser fuente de sugestivos debates debido a la irrupción de la cibernética. En efecto, la pregunta acerca de la posibilidad de crear inteligencia artificial constituía por aquellas épocas elemento central en medio de la naciente filosofía de la mente y las respuestas partían de posturas irreconciliables: unos decían que, en principio, era perfectamente posible replicar la inteligencia humana; otros, se negaban tajantemente a aceptar que alguna vez una máquina pudiera desarrollar las capacidades cognitivas que distinguen a nuestra especie.

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? hace eco de estos temas. La novela está ambientada en un mundo que para 1992 luce devastado por la contaminación radiactiva que ha dejado una guerra nuclear. Los efectos sobre la población y la naturaleza son terroríficos: las personas deben emigrar a los mundos-colonias, entre ellos a Marte, entre la gente que permanece en la Tierra, protegidos por un protector genital de plomo, hay aquellos que debido a la radiación han visto mermadas sus capacidades intelectuales (y a quienes se los llama «especiales») y sobreviven en edificios abandonados situados en zonas de la periferia, donde se acumula el «kippel» (la obsolescencia convertida en parte de un decorado decadente); la fauna casi ha desaparecido y los pocos animales que perviven son comercializados a precios exorbitantes, de modo que el comercio de ejemplares eléctricos está en auge.

En medio de este sombrío escenario postnuclear, los androides orgánicos equipados con la unidad cerebral Nexus-6, que los dota de niveles de inteligencia en algunos casos superiores a la exhibida por los seres humanos, son destinados a trabajos forzados en los mundos-colonia. Ocho de estos androides, renuentes a seguir este destino que les es impuesto durante su corta vida, escapan a la Tierra para tratar de vivir como seres humanos. Y allí comienza su vía crucis. Rick Deckard, eficiente cazador de bonificaciones, trabaja para el Departamento de Policía de San Francisco. Su labor consiste en identificar y «retirar» a todo aquel androide que decida venir a nuestro planeta. El término «retirar», claro, posee una connotación aséptica: en la medida en que quienes son eliminados no son personas, no cabe decir que se las mata, sino, sencillamente, se los «retira» de circulación.

Un rasgo que se supone privativo del ser humano es la capacidad de experimentar empatía. El hecho de cobijar sentimientos de identificación con algún otro (ser humano o animal) es cultivado con afán por los habitantes de este mundo en zozobra. Tener animales (reales, o si ello no es posible, eléctricos) otorga cierto relieve social. El «mercerismo», rito místico que debe su nombre a la figura de su fundador Wilbur Mercer, es un camino más para  practicar la empatía. Un dispositivo electrónico  –llamado, precisamente, «caja de empatía»– hace posible fundirse con los sentimientos experimentados por este personaje arquetípico y compartirlos con todos aquellos que en ese mismo momento están conectados a él a través de las asas de aquel adminículo, sintiendo como suyo el esforzado camino de ascenso que efectúa Mercer a través de una escarpada montaña, hasta caer y, tras esto, nuevamente, emprender la subida. Se trata de un ritual colectivo que conecta a los seres humanos a través de la «pasión» de un Cristo profano. Toda una «teología ciberpunk».

El test de empatía Voight-Kampff, aplicado a través de un aparato poligráfico a todo aquel sospechoso de ser un androide (los androides no experimentan empatía, o, al menos, eso era así hasta antes que se empezara a fabricar el modelo Nexus-6), es el medio empleado por los cazadores de bonificaciones para llevar a cabo el proceso de identificación. Pero, al parecer, esta prueba, en última instancia, no  es infalible. Los Nexus-6, precisamente, se están mostrando capaces, en algunos casos, de salir airosos.

Las dudas campean. La sospecha acerca de quién podría ser un androide encubierto bajo una identidad humana o quién un humano con bajos niveles de empatía que pueda ser falsamente identificado como androide (por un «achatamiento» de los afectos) va creando una atmósfera angustiante bajo la cual, con todo, Deckard debe proseguir con su labor: ubicar a los androides fugitivos y «retirarlos». Pero la semilla de la duda ya ha sido sembrada: ¿En algún momento un organismo artificial creado por bioingeniería podrá emular de modo absoluto los rasgos que definen a los seres humanos? ¿Las fronteras que separan al hombre de la máquina son realmente claras y definitivas, o la tecnología nos aproxima a escenarios en que esos límites terminarán por difuminarse? Las supuestas diferencias substanciales entre lo humano y lo inhumano son puestas en cuestión a través de la novela.

Blade Runner, la adaptación fílmica de la historia, en un inicio, no gozó de mucha simpatía por parte de los críticos. Luego de su estreno hubo cuestionamientos de diverso tenor, entre los cuales, incluso, se encontraba el que efectuó un referente de la ciencia ficción, Brian Aldiss. Pero la agudeza del propio Philip Dick ya había prefigurado el recorrido que seguiría la película. Cinco meses antes de morir repentinamente, el escritor norteamericano  –que por su partida no pudo ver el estreno–  le escribió una carta al productor del filme, Jeff Walker, luego de asistir a una exhibición privada. En ella le transmite un mensaje que terminó siendo un vaticinio, muy al estilo de este precursor del ciberpunk: «En cuanto a mi propio papel en el proyecto Blade Runner, solo puedo decir que no sabía que mi trabajo o mis ideas pudieran ser potenciados en una dimensión de destellos semejantes. Mi vida y mi trabajo creativo están justificados y completados por Blade Runner. Gracias… Va a ser un extraordinario éxito comercial. La película demostrará ser invencible».

Y fue así. En los años que transcurrieron entre su estreno y 1992 –año en que Ridley Scott presenta un nuevo montaje, conocido como «la versión del director»–,  progresivamente la crítica pasó a reconocer la valía estética de su poderosa narrativa visual y el rico simbolismo de su temática distópica, impregnada de fuertes matices filosóficos, todo lo cual, sumado a la creciente admiración que se le tributaba, convirtió al filme en una obra de culto del cine de ciencia ficción. En algún momento, Blade Runner pasó a ser considerada un hito clave en el nacimiento de aquella corriente contracultural denominada ciberpunk. Y hubo más: a estas dos versiones se sumó una tercera  –«la versión definitiva»–, estrenada el 2007. ¿Es suficiente? No: para el próximo año ya se anuncia el estreno de la secuela: Blade Runner 2049, del cineasta canadiense Denis Villeneuve y coproducida nada menos que por el propio Ridley Scott.

Como inevitablemente sucede, por las peculiaridades del lenguaje visual, la versión cinematográfica de la novela adapta muy libremente la historia. Los datos esenciales se mantienen, pero se añaden elementos dramáticos que potencian los motivos filosóficos presentes en la novela: las preguntas acerca de la naturaleza humana y sobre su destino devienen centrales. El año y la ciudad también cambian: el drama de los ahora llamados replicantes se desarrolla el 2019, en Los Angeles, una ciudad con una permanente lluvia ácida cayendo sobre ella, con avisos comerciales gigantescos, luminosos y asfixiantes, y una caótica muchedumbre de personas deambulando entre comercios al paso.

Aquí también se desenvuelve una implacable persecución. Y también está muy presente la carrera contra el reloj: Roy y sus secuaces quieren, por sobre todo, seguir viviendo. Y en esa medida manifiestan la agónica aspiración que define a la especie: el deseo de escapar a la muerte. Una vez en la Tierra, el plan es ir al encuentro de su creador, el magnate de la Tyrell Corporation, para pedirle que les extienda el tiempo de vida. Roy consigue su objetivo, cuando ya tres de sus compañeros han sucumbido, dos de ellos retirados por el propio Deckard. Pero nada se puede hacer, pues su tiempo de vida ha sido ya programado. Roy no acepta la fría respuesta de su tirano demiurgo y lo asesina brutalmente. Es la cruda rebeldía de la criatura ante el amo que le dio la vida y que ahora se la regatea. Se pueden entrever aquí reminiscencias de aquel clásico de la novela gótica, Frankenstein, o el moderno Prometeo, historia en que  Victor Frankenstein, el científico obsesionado con derrotar a la muerte, es interpelado por el engendro creado por él, que ansía, como Roy y sus compañeros, seguir viviendo.

Por otra parte, la figura nietzscheana del superhombre, aquel ser que exhibe una superabundancia de fuerzas, que ama la vida por encima de todo, y que en el trance de su categórica afirmación incluso está dispuesto a brindarla pródigamente, está encarnada en Roy, que frenéticamente busca sobrevivir después de la eliminación de sus compañeros. Este desmedido amor por la vida se muestra en todo su esplendor cuando se presenta el feroz enfrentamiento entre el cazador y la presa, que cambia de signo, cuando la fuerza de Roy se impone y obliga a Deckard a correr por su vida.

La escena es sobrecogedora. Malherido luego del violento enfrentamiento, y teniendo la vida de Deckard en sus manos, tras haberlo reducido, Roy Baty, sujetándolo, apenas, al borde de un rascacielos, decide salvarlo. Pero ya desfalleciente, la vida (esa vida artificial que tanto aprecia) se le va de las manos. Las postreras palabras del líder y hasta ese momento único superviviente de la banda de fugitivos Nexus-6, al borde del final definitivo, sin duda, figuran entre las más memorables del cine de todos los tiempos: «He visto cosas que los humanos ni creerían. Naves de ataque incendiándose cerca del hombro de Orión. He visto rayos C centelleando cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir» (Scott, 1982).

Un clásico de la literatura de ciencia ficción y un clásico del cine. El libro y la película, cada uno en su propio registro narrativo, son dos joyas. Dos verdaderas obras de arte que no deberíamos dejar de apreciar.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

Referencias

Scott, R. (1982). Blade Runner [filme]. EE. UU. Warner Bros. Pictures.

Jorge, M. (2016). La emotiva carta de Philip K. Dick antes de morir sobre la Blade Runner de Ridley Scott. Gizmodo [web site]. Recuperado de http://es.gizmodo.com/la-emotiva-carta-de-philip-k-dick-antes-de-morir-sobre-1750071985

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