Michel Onfray y «El sueño de Eichmann»

michel onfray estudios generales

Es frecuente escuchar el nombre de Friedrich Nietzsche asociado a la prédica del nacionalsocialismo. La noción de superhombre, la mención de la «bestia rubia» en alguna de sus obras, la exacerbación de la fuerza y lo que él denomina «voluntad de poder», y el énfasis puesto sobre aquel «pathos de la distancia»  –ese sentimiento señorial que aspira a instaurar la primacía elitista de los mejores– postulado por Nietzsche para encuadrar su visión laudatoria con respecto a las jerarquías y a la supremacía de actitudes aristocráticas y altivas, todo ello ha dado suficiente pábulo para adjudicar al autor de Así habló Zarathustra la paternidad de una ideología que causó una fractura abismal, indigna y dolorosa en la conciencia histórica de nuestra especie: la insana prédica instalada en el poder en 1933, en Alemania, y cuya imagen emblemática y monstruosa fue Adolf Hitler.

No es fácil desembarazarse de esta imagen uncida a la obra nietzscheana. Aun cuando se sabe que los últimos escritos del filósofo alemán, publicados póstumamente por su hermana bajo el título de La voluntad de poder, fueron alterados en significativa medida por ella con el fin de armonizar las ideas de su hermano con el ideario racista del nacionalsocialismo, ello no impide que haya ganado fuerza la idea, más o menos difundida, según la cual Nietzsche, en todos sus extremos, forjó una doctrina que provee sustento teórico a la ideología que condujo a la muerte a un tercio de la población judía de Europa. Ante la riqueza y sutileza del pensamiento de Nietzsche no podría sostenerse categóricamente algo así, pero el entuerto ha ganado terreno.

Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que difícilmente se podría culpar a un filósofo por la manera en que su obra pueda ser interpretada y hacerlo directamente responsable de las implicancias prácticas que se desprendan producto de su lectura. A nadie se le ocurriría culpar a Karl Marx por los crímenes cometidos por los Jemeres Rojos en Camboya, las matanzas ejecutadas en el sistema de campos de trabajo forzado de la ex URSS   –el diabólico GULAG–   o por lo que pasó aquí en el Perú durante el período de terror que  vivimos durante más de una década debido al delirante propósito de instaurar un sistema político inspirado en la  virulenta sedimentación doctrinaria de la prédica marxista.

Aunque es posible hurgar en los pliegues de tal o cual formulación teórica o sistema para echar luz sobre los intersticios en que podrían brotar malamente ideas de retorcida factura, no se trata de endilgarle responsabilidad a ninguna doctrina por los desmanes que epígonos descarriados podrían haber provocado sobre la base de su interpretación. De hecho, los autores no son dueños de la dirección que toman sus textos una vez puestos en las manos de aquellos que leen e interpretan sus obras.

Michel Onfray, filósofo francés y autor de decenas de obras que ya le otorgan un expectante posicionamiento en el escenario académico actual, lo asume así. Convicción esta que, empero, no le impide dar un giro radical a la tradicional lectura que remite a zonas significativas de la obra nietzscheana el origen del desvarío del racismo ario. No sólo niega tajantemente que Nietzsche pueda ser considerado el padre ideológico del nacionalsocialismo, sino que, siguiendo una dirección interpretativa inaudita, sostiene que más cerca del pensamiento nazi se encuentra Immanuel Kant, un filósofo al que, a primera vista, difícilmente se podría concebir como cercano a esta ideología.

Precisemos: su objetivo no es trazar la ruta directa que conduce de Kant al holocausto. Su propósito es más original y saludable. Él se propone mostrar cómo una doctrina al alejarse del suelo de lo mundano, de lo real y cotidiano, para buscar refugio en el cielo impoluto de los conceptos puros, puede dar origen a contrasentidos, puede arropar los gérmenes de actitudes que terminan desvirtuando totalmente las ideas primigenias, y dar abrigo en sus laberintos discursivos a paradojas interpretativas de diversa ralea como aquella que podría estar agazapada en la mente de un criminal de guerra.

Onfray basa su tesis en un hecho ocurrido hace más de medio siglo: el testimonio dado por Adolf Eichmann, el alto oficial de transportes nazi encargado de decidir el destino de millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, durante una de las sesiones del juicio que enfrentó.

Luego de su secuestro, en Argentina, en 1960, por parte de un comando del Mossad   –el tan eficaz como temible servicio de inteligencia israelí–,  Adolf Eichmann fue sometido a juicio en Jerusalén. En una sesión, el ex oficial nazi declaró haber leído en su juventud con particular atención a Kant y haber aplicado con tesón los principios de la ética propuesta por este filósofo.  El imperativo categórico, dijo,  había sido su divisa no solo en el cumplimiento de su deber durante la guerra, sino durante toda su vida. Así pues, si hemos de creer en su testimonio, los millones de judíos deportados a los campos de la muerte luego de que Eichmann, sin vacilación,  firmara rutinariamente las actas de su deportación, sufrieron ese destino bajo la sombra de la severa filosofía kantiana. El rigor del pensamiento del pequeño filósofo de Königsberg había arropado, y claramente contra lo que él hubiera deseado, a un frío asesino convencido –y satisfecho–  de haber cumplido escrupulosamente con su deber.

¿Leyó mal Eichmann a Kant? Esta sería la hipótesis más a la mano, y que es la que esgrime, por ejemplo, Hannah Arendt en el libro que escribió sobre el tema. Onfray elige el camino más empinado y asume una tesis que sorprende: No, Eichmann, en lo esencial, extrajo las consecuencias que una doctrina como la que elaboró Immanuel Kant permiten deducir de su corpus: el excesivo formalismo de su moral, la huida hacia mundos de perfecta armonía conceptual y, en el plano de la política, su rechazo a tolerar la desobediencia a la ley y el orden, aun cuando sean impuestos autoritariamente, son las rutas que permiten enrumbar hacia los negros territorios del totalitarismo en que habitan ideas como las que cobijó la mente de un burócrata dispuesto a obedecer sin dudas ni murmuraciones y a matar si ello, como fue el caso, le era ordenado.

El sueño de Eichmann es el libro que Onfray dedica a esta curiosa y no menos escalofriante cuestión. Se trata de una pieza de teatro estructurada en un solo acto y que con un austero decorado da cabida a la acción de tres personajes: Eichmann, en la última noche en su celda, pocas horas antes de ser ejecutado; Kant, que forma parte de una especie de ensueño en que el oficial nazi se sumerge; y Nietzsche, que se deja escuchar sólo para herir con su fina ironía los intentos de justificación que Kant  –para salvar su obra– y Eichmann –para justificar y limpiar sus actos– administran en un duelo dialéctico en que el solterón de Königsberg parece caer derrotado irremediablemente.

Kant decide conversar con Eichmann: está ingratamente sorprendido por su declaración ante el tribunal de Jerusalén, según la cual él toda su vida asumió los principios de la moral kantiana. Quiere saber cómo justifica el teniente coronel nazi tal declaración. Y así aparece ante él, en sus sueños, para pedirle que le explique cómo llegó a extraer semejante interpretación, precisamente, él, que envió al cadalso a millones de judíos. La disputa es intensa. Pero cada vez que Eichmann, recurriendo a pasajes extraídos de algunas obras del filósofo alemán, le prueba que lo que figura planteado allí se condice bien con los principios que asumió al cumplir con su tétrico papel en la Solución Final, el viejo Kant, teniendo como fondo a un Nietzsche que no para de lanzar agudas ironías, no tiene sino que apretar los dientes y vociferar y lamentar profundamente que su doctrina haya permitido deducir de ella principios que sorprendentemente permiten fundamentar una ideología totalitaria y genocida.

Esta breve obra está precedida por un también conciso ensayo intitulado «Un kantiano entre los nazis». En él, Onfray establece las coordenadas teóricas sobre las que se sitúa su peregrina –que no descaminada–  interpretación. Entre las obras de Kant que prestan sustento al ideario totalitario, según el autor, están Crítica de la razón práctica, Fundamentos de la metafísica de las costumbres, la posterior Metafísica de las costumbres, ¿Qué es la Ilustración?, Teoría y práctica, Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y Antropología en el sentido pragmático. De estas obras, Onfray espiga algunos pasajes que otorgan sustento a su tesis: Kant, en su afán de mantenerse fiel a la pureza del deber y a su cumplimiento irrestricto  –aun cuando el imperativo categórico que pregona sea tan vacío que admite cualquier contenido–  da cabida a situaciones en las que es más importante reconocer a la autoridad y prodigarle respeto y obediencia, antes que considerar cuestionarla debido al contenido de aquello que manda cumplir. El temor de Kant a la sepsis de la experiencia mundana, al barro de nuestro mundo que ensucia de falible humanidad nuestros actos, lo lleva a refugiarse en un trasmundo hecho de conceptos puros e imperativos transparentes que, a la larga, bien pueden, como en el caso de Eichmann, ser tomados como moldes en donde verter cualquier propósito, aun el más monstruoso, simplemente a condición de que se respete la regla formal y vacía de su general enunciación. En efecto,  como se recordará, en Crítica de la razón práctica, Kant formulaba así su célebre imperativo categórico: «Obra de manera tal que la máxima de tu voluntad pueda al mismo tiempo valer como principio de una legislación universal». Eichmann había asumido que esa legislación universal tendría que imponer y hacer deseable para cualquiera la desaparición física de un pueblo. El nacionalsocialismo, según esta interpretación, encarnaba el instrumento para llevar a efecto este mandato de la historia.

En suma: según Onfray, era perfectamente posible que el engendro surgiera. Y ese engendro fue Adolf Eichmann, un kantiano entre los nazis.

A releer a Onfray. Pues, a despecho de la solidez y agudeza con que este gran filósofo francés presenta sus argumentos, creo que Kant, en alguna medida, aún puede ser reivindicado.

*Este artículo es una colaboración de José Antonio Tejada, docente de la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

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