Vida después de la muerte

vida después de la muerte estudios generales

Randall Wallace, cineasta norteamericano que dirigió, entre otros, filmes con cierto éxito como El hombre de la máscara de hierro (1998), Pearl Harbor (2001), Cuando éramos soldados (2002), y escribió el guión de Corazón valiente (1995), es autor también de El cielo sí existe (Heaven is for real), estrenado el 2014, filme basado en una historia real que se sitúa en el complejo ámbito de la fe religiosa.

El cielo sí existe aborda, desde la mirada de personajes creyentes, una perplejidad profundamente humana: la actitud del hombre ante la muerte y la pregunta (y las indemostrables certezas también) por su destino después de esta. Y se centra en la respuesta que dan las religiones (con algunas excepciones, como, por ejemplo, la que encontramos en el budismo), esto es, la promesa de una vida ultramundana.

La familia del reverendo protestante Todd Burpo vive una vida con ciertos apremios económicos, pero serenamente afrontada bajo el sosiego espiritual otorgado por su dedicación al servicio religioso. Sufren algunas circunstancias difíciles, como la fractura que sufre el pastor en un juego de béisbol de su comunidad, algo que, no obstante, toma como tema para su actividad de predicador el siguiente domingo en la iglesia. Todo marcha así, siguiendo la rutina, hasta que sucede algo que les cambiará la vida. Su pequeño hijo Colton sufre una apendicitis que lo pone al borde de la muerte. Los doctores no tienen esperanzas de que pueda resistir. Pero el niño, diríase milagrosamente, sobrevive. Luego de su recuperación, empezará a dar cuenta de lo que vio durante el tiempo que duró la operación. Dice que estuvo con Jesús y escuchó el coro celestial de los ángeles (a los que pidió, sin éxito, que interpretasen We will rock you), que vio a su bisabuelo, a quien no conoció, y a su hermana, muerta en el vientre materno, y de quien nunca había escuchado hablar. Dice que ha estado en el cielo. Su narración es desconcertante. Sabe de asuntos de los que sus padres nunca le hablaron e incluso describe con detalles inquietantes los momentos de angustiosa espera en que ellos aguardaban el desenlace fatal. La noticia de esta experiencia se difunde. Empiezan las entrevistas y también las burlas de quienes creen que todo es un invento del niño. Sonia, su madre, se encuentra sorprendida, y en un inicio se resiste a otorgar crédito al testimonio del niño. Y sobre todo el pastor oscila entre la aceptación plena de sus creencias y el escepticismo: nunca ha estado tan cerca de la evidencia de aquel trasmundo que su religión promete a los creyentes, y, no obstante, se muestra incapaz de creer plenamente en aquello.

El pastor Todd experimenta la incomodidad de la duda. Y esto, en definitiva, es una paradoja: él, precisamente, el pastor cuya misión es difundir la fe en Dios y la firme creencia en sus misterios, de pronto se ve confrontado con el testimonio sobrecogedor y también ingenuo, transparente, inocente, de su pequeño hijo. En alguna medida, se da aquí lo que experimentó el padre Manuel Bueno, el personaje de aquella memorable novela de Miguel de Unamuno, que, en tono pragmatista, difunde las enseñanzas de Cristo aun a costa de su incredulidad, que no le permite aceptar sin cuestionamientos aquel cúmulo de verdades reveladas que justamente él está llamado a abrazar con más fe que nadie.

Finalmente, luego de meditar una y otra vez, transmite un mensaje de aceptación plena del misterio en su sermón del domingo. La promesa en una vida futura se encuentra presente en cada acto pequeño de nuestras vidas. Su hijo ha estado en el cielo. No cuestiona su testimonio. Pero más importante que ese o cualquier otro testimonio es la fe que mantiene firmemente dispuesta la actitud del hombre frente a dios: «la fe abre los ojos» es la frase que, escrita por él mismo la noche anterior, en un papel suelto, expresa en su profundo laconismo la verdad que mantiene –y debe mantener–  la resuelta e incontrovertible confianza en un mundo más allá del nuestro, plenamente garantizado por Dios.

Creer o no creer (ya lo dije en un texto posteado hace algún tiempo): no me parece que sea esa la cuestión fundamental. Lo central para el hombre debería ser respetar a aquellos que asumen creencias distintas de las nuestras. Pretender que la ciencia o la religión van a aportar pruebas acerca de la existencia de Dios es ingenuo. También lo es esperar que los hallazgos científicos consigan probar su inexistencia y su condición de espejismo milenario (como cuatro ateístas famosos buscan hacer ver, infructuosamente, desde hace algunos años). La fe es un estado espiritual. Y en ese sentido, ningún hecho le resulta necesario al verdadero creyente para seguir expresando confianza rotunda en aquello que ya constituye para él una realidad, tanto como ningún hecho lo disuadirá de creer en aquello en que tiene profunda fe. La fe no es negociable.  Un milagro lo es (o comienza a serlo) cuando se renuncia a buscar explicaciones y se lo ve como una manifestación de lo misterioso, de lo inescrutable, de aquello que, aun insondable y por eso mismo situado más allá de lo racional y explicable, testimonia, no obstante, la presencia de Dios.

Es inútil fatigarse procurando pruebas encaminadas a debilitar la creencia en Dios o buscarlas para demostrar de una vez por todas que él existe. El cielo sí existe quizá sea, por momentos, una historia dulzona y acaso pueril. Pero, con todo, creo que plantea el tema de la fe de modo sugestivo: como diría Kierkegaard, el contrahecho pastor luterano danés del siglo XIX, precursor del existencialismo, la fe es un salto. Es la absurda seguridad de quien está dispuesto a arrojarse al abismo sin temor a estrellarse.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas (2 valoraciones, promedio: 2,00 de 3)
Cargando...

También te podría gustar...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *