Hannah Arendt y la banalidad del mal

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Hannah Arendt, filósofa alemana de origen judío, dedicó buena parte de su obra a estudiar detenidamente el fenómeno del totalitarismo, venenosa floración de la historia contemporánea y que infortunadamente, aquí y allá, aún arroja su sombra. Profundamente interesada en desentrañar las raíces que alimentan este sistema asentado en el terror, la degradación humana y el exterminio, Arendt publicaría un estudio de largo aliento sobre este sistema atroz que sacudió los cimientos de las sociedades europeas en el primer tercio del siglo XX, y una de cuyas manifestaciones se dio en Alemania, cuando el nazismo asciende al poder, instaura las leyes raciales de Nüremberg, inicia los pogromos contra ciudadanos judíos y ejecuta, entre 1941 y 1945, la Solución Final, con el objeto de desaparecer de la faz de la tierra al pueblo israelita. Arendt intituló aquella obra, publicada en 1951, Los orígenes del totalitarismo.

Doce años más tarde, volvería sobre el tema. Tomaría como eje de su reflexión a una figura que, como responsable directo de las deportaciones masivas hacia los campos de exterminio levantados en Europa Oriental, había cumplido un papel protagónico en el aniquilamiento de seis millones de judíos. El producto sería otro gran libro cuyas tesis suscitarían cruda polémica. El personaje en torno del cual la prosa filosófica de Arendt giraría sería nada menos que Adolf Eichmann.

El 2 de septiembre de 1945 finaliza la Segunda Guerra Mundial. Adolf Hitler, luego de la caída de Berlín, en abril de ese mismo año, presuntamente se había suicidado. Algunas figuras prominentes del régimen nacionalsocialista fueron capturadas y otras más lograron escapar. El mundo se puso en alerta y las potencias vencedoras emprendieron procesos para juzgar a los criminales. Unos fueron condenados a muerte; otros fueron recluidos en prisión a perpetuidad o por algunos años. Otros más nunca fueron hallados. Y unos pocos fueron implacablemente perseguidos y finalmente capturados.

En mayo de 1960, un comando del Mossad, el servicio de inteligencia israelí, viajó a Argentina a cumplir una misión especial. Se había ubicado allí a Adolf Eichmann, el teniente coronel experto en transportes encargado de organizar las deportaciones de judíos hacia los campos de exterminio. Luego de un seguimiento que había durado alrededor de quince años, fue hallado: bajo una identidad falsa –Ricardo Klement fue el nombre que había adoptado–, Eichmann se había asentado en aquel país sudamericano y trabajaba en lo que podía. Vivía con su mujer y sus tres hijos y, al parecer, el mundo lo había olvidado. Pero no Israel. Los agentes del Mossad encargados de la operación llegaron a Argentina con identidades falsas y se dedicaron a vigilar durante algunos días a Eichmann, estudiando detenidamente sus movimientos de rutina. Una noche, cuando retornaba a casa luego de cumplir su jornada de trabajo, fue secuestrado, a las pocas horas subido a un avión y conducido directamente a Jerusalén, donde un tribunal israelí se encargaría de juzgarlo. Un año después sería declarado culpable de crímenes contra el pueblo israelita y la humanidad, y condenado a morir en la horca.

Hannah Arendt por aquellas épocas escribía para el New Yorker. La revista, ante la noticia del inminente inicio del juicio, le encarga que asista al proceso e informe. El fruto de ello no sólo fue un extenso reportaje publicado en cinco sucesivas entregas entre febrero y marzo de 1963, sino un libro que también hizo historia, y que se encuentra entre las obras más reputadas –tanto como discutidas y cuestionadas– que la pensadora alemana escribió: Eichmann en Jerusalén. Publicado ese mismo año, el libro consignaba en su portada un subtítulo que anunciaba el equívoco tenor de la investigación: Un estudio sobre la banalidad del mal.

Fue esta noción –«banalidad del mal»– la que generó intensas controversias y convirtió en blanco de acerbas críticas a su autora. Hannah Arendt parte de la imagen con que se encontró al ver al oficial acusado. Eichmann, contra lo que podría preverse, no era un monstruo, no era un psicópata desalmado, sino un tipo, al parecer normal, pero que exhibía una deficiente capacidad de reflexión. Precisamente, lo desconcertante y espantoso era eso: que un tipo que no evidenciaba desajuste psicológico alguno, a no ser aquella medianía intelectual, pudiera haber formado parte de un sistema no sólo maligno sino también altamente eficaz que llevó a la más indigna muerte a millones de personas. En eso consistía la banalidad del mal. La maldad humana se hallaba agazapada en el rincón más insospechado. La maldad a escala infernal podía ser practicada por un don nadie. El horror podía ser generado «sencillamente» por la incapacidad de reflexionar, por un déficit de deliberación. No se necesitaba ser un desquiciado para cometer crímenes brutales. El mal se convertía en un asunto banal, justamente, por eso.

Eichmann, que solía expresarse empleando clichés y frases estrafalarias que repetía como un autómata –y que no abandonó ni siquiera el día de su ejecución–, había relatado al tribunal que durante su juventud había leído con delectación a Kant y aplicado durante toda su vida las enseñanzas que se desprenden de la doctrina ética del filósofo de Königsberg. Pero Eichmann no era ni por asomo un intelectual. El burócrata nazi mostraba una impavidez pasmosa cuando el tribunal le recordaba aquel tinglado brutal del cual formó parte: no era capaz de reparar en el carácter monstruoso de aquel plan. Se mostraba compungido en ocasiones por el dolor provocado, pero no cuestionaba el plan implementado para acabar con el pueblo judío. En el umbral en que podría aparecer un atisbo de crítica frente a ello, su capacidad reflexiva mermaba.

Su apego irrestricto a la desquiciada ideología nazi y su celo por cumplir las órdenes dadas en este contexto, con el afán de ascender en la escala jerárquica, nacían de su disminuida capacidad de deliberación. Si bien no era un psicópata, digamos que Eichmann actuaba casi como un autómata. No era el monstruo calculador y frío que uno podría imaginar alevosamente emplazado tras la maquinaria industrial de asesinato que el nazismo montó en el corazón de Europa. Era un tipo apocado, mediocre, gris, que había encajado perfectamente, como un engranaje de preciso funcionamiento, en la maquinaria de asesinato masivo puesta en marcha por el Tercer Reich, precisamente, por su rara predisposición a obedecer sin rechistar. Curiosamente, la obediencia a la ley moral, que enseñaba Kant, encuentra, en el caso de Eichmann, un inquietante punto de contacto con esta tendencia a cumplir incondicionalmente la orden recibida.

Las críticas menudearon. Se dijo que el balance efectuado por Hannah Arendt descargaba el peso de la responsabilidad que debía ser atribuida a un asesino como Eichmann; se sostuvo que explicar sobre la base de una noción como la «banalidad del mal» el obsceno culto a la muerte encarnado en el régimen nazi y en aquel oficial enjuiciado en Jerusalén, que se negaba a pedir perdón a los hombres, era restarle gravedad a un hecho que debería ser señalado como expresión de aberrante singularidad, que debería ser recordado con permanente gesto de horror y preservado en la memoria de los hombres para que nunca más vuelva a ocurrir.

Probablemente quienes se rasgaban las vestiduras hablaban más al abrigo de prejuicios, y embargados –comprensiblemente, claro– por la ira, la impotencia y el ansia de justicia y quizá de venganza. Pero es claro que bajo esa actitud es muy poco posible evaluar argumentos. Y los argumentos proveídos por Arendt podrán ser polémicos e incluso antipáticos, pero de ningún modo deleznables. Es claro que el estudio de Arendt no buscaba justificar los actos monstruosos de un nazi, sino sacar a luz, hasta donde pudiera ser posible, las motivaciones que hicieron de Eichmann aquel disciplinado practicante del mal que infligió indecible sufrimiento a millones de seres humanos.

Años más tarde, un francés iconoclasta volvería a seguir el rastro del burócrata nazi, pero esta vez a través de una obra dramática precedida por un breve ensayo: El sueño de Eichmann. Michel Onfray intentaría demostrar en esta obra que la preceptiva bestial de los nazis y específicamente la que encarnó en aquel oscuro y tristemente célebre teniente coronel alemán, y contra lo que habitualmente se cree, estaría más cerca del ilustrado Kant que del luciferino Nietzsche, pensador este que es habitualmente tomado como la presunta fuente de la que habría bebido el racismo ario asumido por los jerarcas y adláteres del Tercer Reich.

En un próximo post hablaremos sobre este desconcertante libro.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada, docente de la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Privada del Norte.

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