Un mea culpa a propósito de la presentación de Vania Masías

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Me faltaba voluntad, ganas y sobre todo no quería perder mi tiempo en la conferencia de Vania Masías. Días antes del acontecimiento, por todo el campus se veían los afiches que anunciaban su visita, mientras que en nuestras aulas virtuales difundíamos la fecha de presentación para que los alumnos pudieran asistir y llevarse este testimonio como parte de su formación extrauniversitaria.

De todas formas, el prejuicio para con esta talentosa chica se sostuvo hasta el momento que pude escucharla. Es verdad, el prejuicio jamás tiene que oscurecer el juicio, pero nadie es perfecto: me di el lujo equivocado de perseverar en mis pensamientos pesimistas y negativos para con ella. Pensamientos negativos, ya que como docente universitario, tendiente a los libros y al estudio, pensante como lo requiere la praxis académica, analista de los temas de mi especialidad, creía que una chica acostumbrada a transitar en los medios televisivos nada tenía o podría aportar a mis quehaceres rutinarios. Quizás algo presuntuoso de mi parte, pero fiel a mi integridad y transparencia por decir siempre la verdad.

Sin embargo, error de errores, la charla de Vania Masías se reveló como una de las dos horas más productivas de mi semana, y por diferentes razones.

La primera de todas porque el grado de conocimiento y preparación de nuestra ponente estuvo por encima del nivel promedio, incluso de algunos docentes de casas de estudio prestigiosas. Será fruto de sus viajes, de su larga trayectoria alrededor del mundo, del haber vivido años en otro país y haber afinado esa capacidad de adaptación a situaciones y contextos diferentes al propio. Aquellas capacidades que muchos llaman “blandas”, y que hoy representan los ejes de las nuevas metodologías de los procesos de enseñanza y aprendizaje.

El segundo factor fue su convicción y determinación para lo que hace. Esa característica que sin lugar a duda a uno lo lleva al éxito. Estadísticamente comprobado, incluso según un cálculo de expertos de las Naciones Unidas que sostienen que para alcanzar el éxito se necesita una buena dosis de determinación, bastante deseo y mucha disciplina.

El tercer factor son esas buenas vibras, por decirlo en terminología juvenil, que la caracterizan. Si es verdad que el conocimiento nos abre miles de puertas al igual que la imaginación, que según Albert Einstein supera el poderío del conocimiento, es totalmente cierto que la actitud nos lleva al logro de nuestros más altos propósitos. La actitud, ese estado de ánimo que se expresa de una cierta manera. Esa disposición anímica para trasmitir algo de manera eficaz para conectar atención.

Dote o virtud sin duda envidiable, tanto que algunos países llegaron a tener presidentes, más que por sus capacidades políticas, por su actitud. Un ejemplo de ello es el ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi.

Podría seguir enumerando los factores que cambiaron mi opinión sobre la talentosa Vania Masías. Podría adentrarme en los aspectos metodológicos empleados, en el aspecto social de sus iniciativas, pero lejos de querer sobrecargar este espacio, mi propósito, haciendo un mea-culpa, es invitar a la reflexión sobre los prejuicios que todos nosotros tenemos para con los demás. El prejuicio jamás tiene que oscurecer el juicio. No importa quién eres, de dónde vienes, de qué color es tu piel o quiénes fueron tus padres. Lo que importa es tu esencia y hasta que no haya oportunidad de demostrarla jamás nadie deberá lanzarte el dedo acusador, juzgarte o criticarte.

Immanuel Kant, a través de un hilo conductor común tanto en Crítica de la razón pura (1781 y 1787) o Crítica de la razón práctica (1788) y Crítica del juicio (1790), nos invita con severidad a la eliminación de los prejuicios, entendidos como juicios previos a la toma de postura.

Gracias a esta chica, a Vania Masías, por haberme recordado que los prejuicios no solo alimentan las guerras, el odio, la xenofobia, sino que obstaculiza la lúcida criticidad que lleva al oscurecimiento del sano juicio. Asumo, en fin, un mea culpa a fin de que los prejuicios no oscurezcan nuestros juicios.

*Este post es una colaboración de Henry J. Velarde, docente de la Universidad Privada del Norte.

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1 respuesta

  1. Romeen dice:

    Preciso aporte. Gracias

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