Vallejo frente al dolor

vallejo estudios generales

Conocí al cholo Vallejo haciendo cola para poder alcanzar diez pancitos populares apristas, esos que se quemaban en la puerta del horno, pero igual los llevabas emocionado a la mesa familiar como trofeo al estoicismo que uno debía tener durante casi tres horas para atinarle a un ticket que brindaba el derecho de admisión al calor de esa harina mal moldeada.

Un camarada de 13 años (esa es la edad que tenía) intercambió conmigo la poesía completa del cholo Vallejo por una novela de La comedia humana. Cierto era que hasta ese instante mis conocimientos escolares no habían pasado del “me moriré en París con aguacero” y de ese odio de dios que sentía compartir solidariamente con él y todos los peruanitos de ese momento histórico tan dolorosamente vallejiano, la fotografía respectiva del mentón sostenido por la mano y dejo de contar. Esa era mi bibliografía de Vallejo, tan básica y anémica como los sueldos nacionales.

Esa tarde, recuerdo que lloré desconsoladamente, las señoras de la cola se me acercaban solidarias a tratar de calmarme, prometiéndome que García se iría para nunca más volver (se equivocaron porque volvió, pero esa es otra historia). Yo intentaba explicarles entre sollozos que mis lágrimas no se debían a la torpeza de ese presidente sino al descubrimiento que acababa de hacer, a esos versos que abrían una nueva ruta al lenguaje, hasta ese instante inédito para mí.

Desde esa tarde, y durante varias tardes, me ensimismé en la poesía de Vallejo, me animé como las piedras de Santiago de Chuco, pueblo que lo vio nacer ya hace más de 124 años, y crucé a mis 18 años la ruta hacia la casa paterna, y nuevamente, esa tarde que también llovió, nuevamente lloré agarrado de mi cigarrillo y mirando el poyo de la casa me pregunté por qué tanto talento y no poder nada contra la muerte.

Tras conocer su casa, intenté relacionar cuanto libro cayera en mis manos, y a esto sumarle el taller de poesía que dictaba Marco Martos y artículo periodístico que saliera en algún medio (recuerden, Google no existía) sumado a declamaciones tan geniales como las de Hudson Valdivia y Delfina Paredes. Así fui construyendo a mi Vallejo, de retazos, de versos que me acompañaban durante toda una noche o varias noches enfebrecido por su potencia, genialidad, como ese de quién al gato no dice gato gato o ese de sabinero gusto: Fue domingo en las claras orejas de mi burro.

Vallejo, que transitó la ruta modernista (porque todos somos jóvenes) y que fue atacado por el hoy totalmente desconocido Clemente Palma (disculpen, conocido por lo que hizo) y otros señoritos limeños que hasta el día de hoy existen en la crítica nacional, y que realmente le llegaron a esa frente tan frontal y acompañado de los de Norte se siguió de largo nomás hasta las calles de la Lima, allá por el jirón Ancash donde más de una vez caminamos en poesía, enduendados como Lorca.

Y como otro no lo dijo, él lo dijo: el momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú, 112 días de encierro que va a desbordar en una vanguardia sui generis que se llamará Trilce, y no, Solo de aceros, ni Féretros, tampoco Sherzando y menos aún Cráneos de bronce, aunque déjenme confesarles que hubiera optado por Féretros. Tras mil discusiones casi, casi inútiles jamás desentrañamos el porqué del título. Lo que sí me queda claro es que mientras aquí el cholo Vallejo sacaba desde la imprenta del Penitenciario Trilce, en algún lugar muy lejano, un tal Joyce presentaba Ulises y Elliot su Tierra baldía, ojo, sin conexión a internet.

Cruzó los mares y llegó justo a celebrar el día patrio de los franceses en 1923, y de allí se universaliza, humaniza, concientiza, politiza y se afilia al Partido Comunista, y conoce a la Nin de Miller, vienen Rusia, España y Francia, siempre Francia, también Georgette que conocí una tarde cuando dictaba una conferencia de su esposo, y adolescente, descubrí lo que es el amor, lo que significa una mujer enamorada de ti, esa tarde esa señora me lo enseñó, en sus ojos destellaba una confesión: yo amé a Vallejo, él no.

Y así se le vino la muerte, pidiendo auxilios que nunca llegaron, cartas que nunca se contestaron, pero sí, el arte, su poesía que quedó impregnada en esa España, aparta de mí este cáliz, que se leyó durante esos tres estúpidos años que desangraron a esta nación y en donde ese muerto nunca llegó a levantarse porque el sueño vallejiano era demasiado para nosotros, tan humanos, tan cadáveres. Su esposa y Porras Barrenechea titulan los últimos poemas como Poemas humanos, y más allá de títulos o gustos me parece que es lo más cercano al cholo.

Él se fue de aquí, en París, una mañana y no una tarde como vaticinó, pero igual llovía y tampoco fue jueves, y eso no importa tampoco, ni tampoco el nunca bajar del metro cuando este aún estaba en movimiento, ni sentarse – no olvides, estimado, que tengo este solo par de zapatos, que si bajo a la volada gasto la suela, y que tan solo tengo este pantalón, que si me siento gasto el fundillo. Vallejo se fue con 46 años, sin hijos, sin casa, sin ayes. Se fue a dormir al Cementerio de Montparnasse en la División 12 Ubicación 3, para que cuando los vientos soplen para ese lado del mundo y almorcemos solos y les recordemos a nuestras madres que existe un lugar que se llama París, nos demos una vuelta y leamos un solo verso que recuerde que aún está vivo.

*Este post es una colaboración de Renato Salas, docente de la Universidad Privada del Norte.

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1 respuesta

  1. José Antonio Tejada dice:

    Excelente texto, estimado Renato…

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