Metafísica: curiosa historia de una palabra (II)

metafísica estudios generales

La sospecha acerca de que la metafísica no es una disciplina filosófica conformada por conocimientos ciertos, sino, más bien, constituye expresión de una actitud sin sustento teórico relevante se fortalece en los predios del Círculo de Viena (o Wiener Kreis), sociedad de trabajo nacida en los albores del siglo XX e iniciadora del positivismo lógico.

Los positivistas lógicos abordaron esta cuestión de una manera frontal, situándose en la orilla de los impugnadores, pero, al mismo tiempo, echaron algunas luces sobre el origen de esta actitud. Rudolf Carnap, por ejemplo, decía que la metafísica nacía como producto de asumir una actitud emotiva ante la vida; decía que el metafísico era, a la postre, un músico sin talento musical. Y lo decía porque veía que las presuntas ideas que los filósofos especulativos (o metafísicos) formulaban a través de sus sistemas doctrinarios constituían, en realidad, un caudal de afectos que, en lugar de discurrir por medios artísticos y, específicamente, musicales, habían sido encausados ilegítimamente a través de un canal como la filosofía, de naturaleza conceptual. Hans Reichenbach, en esta vena, se encontraba convencido de que el conocimiento humano, en busca de su real progreso, debía desembarazarse de cualquier vestigio de metafísica o, como él lo expresaba, «poesía en conceptos». (Antiseri, 1976, p. 37)

Esta postura de impugnación de la metafísica, claro, llevaba aparejada el remedio: los miembros del Wiener Kreis se encontraban convencidos de que esta tendencia desvirtuada podía ser superada. De hecho, el mismo Carnap escribió un artículo en 1932, publicado originalmente en la revista Erkenntnis, que llevaba un título por demás significativo en este contexto: «La superación de la metafísica a través del análisis lógico del lenguaje». A través de este artículo, Carnap descalificaba la filosofía de Martin Heidegger y sometía a una demoledora crítica –empleando para ello un pulcro procedimiento de análisis lógico– el modo en que este filósofo había abordado el tema, al convertir en central la noción de «nada» en su ensayo ¿Qué es metafísica?

En dicho texto, Heidegger se había referido a la metafísica en términos que, sin duda, se encontraban situados en las antípodas de la postura neopositivista. En las memorables líneas finales de aquel ensayo, se encuentran ideas como estas: «(…) es decisivo: en primer lugar, hacer sitio al ente en total; después, soltar amarras, abandonándose a la nada, esto es, librándose de los ídolos que todos tenemos y a los cuales tratamos de acogernos subrepticiamente: por último, quedar suspensos para que resuene constantemente la cuestión fundamental de la metafísica, a que nos impele la nada misma: ¿Por qué hay ente y no más bien nada?» (Heidegger, 1983, p. 57). Asunciones de este tipo resultaban ser particularmente irritantes para el disciplinado temple analítico de los miembros del Círculo de Viena.

Frente a afirmaciones de esta laya, los miembros de Wiener Kreis, en pleno, se veían a sí mismos como los adalides en la lucha de la ciencia contra el oscurantismo metafísico. La propuesta del positivismo lógico, ciertamente, tenía asidero. Pero no era este tan firme como para evitar que, en diversos frentes críticos, se incubara la sospecha de que la descalificación de la metafísica había sido no sólo sumaria, sino también superficial en la medida en que desconocía el raigal impulso humano, sediento de inalcanzables aunque insoslayables absolutos, que anima a la metafísica.

Si la metafísica, como decían los cofrades vieneses del Wiener Kreis, estaba constituida por enunciados inverificables, por contener términos que no podían ser reducidos a ningún plano de la experiencia, y, por ello, carecían de toda significación, convirtiéndose de esta manera en absurdos, ¿cómo clasificar los términos que ellos mismos empleaban para dar cuenta de la médula de su doctrina? En los trabajos de esta cofradía filosófica se dio vida al principio de verificabilidad, a los enunciados protocolarios (aquellos enunciados que presuntamente se encontrarían directamente relacionados con el dominio de lo empírico, con aquello que, en principio, era accesible a través de la experiencia), al concepto de solipsismo metodológico y de lenguaje fisicalista, a la difusa distinción entre conceptos teóricos y conceptos observacionales; pues bien, ¿alguno de estos conceptos designaba alguna entidad cuya existencia pudiera ser establecida a través de la experiencia?, es decir, ¿alguno de ellos podía verificarse? Si la respuesta es negativa, ¿entonces, qué condición poseían aquellos conceptos? Pareciera ser que la metafísica, arrojada por la puerta, se colaba otra vez por la ventana, como ya algún perspicaz autor lo ha señalado (Saltor, 1972, p. 122).

Ludwig Wittgenstein, el famoso filósofo austriaco que por los temas tratados y por la manera en que los aborda en su famoso Tractatus logico-philosophicus fue considerado como un autor que se alineaba en las filas del positivismo lógico, y, por ello, se lo había visto también como parte de la cruzada emprendida por Carnap y compañía contra la metafísica, dejó bien establecida la distancia que lo separaba de esta visión, mostrando, más bien, una cercanía condescendiente hacia aquel presunto saber poseedor de una peculiar genealogía, en que la búsqueda de fundamentos pareciera transparentar el infructuoso intento del hombre de escapar de la contingencia y del azar (Rorty,1996). Wittgenstein no emplea el término metafísica, sino habla de «lo místico», pero mutatis mutandi, se trata del mismo impulso que fue desestimado por los miembros del Wiener Kreis. En el mismo Tractatus, una obra en que hallaremos reflexiones breves en torno a la estructura del mundo y del lenguaje, tanto como farragosos desarrollos lógicos, y, en medio de ello, meditaciones de evidente registro metafísico, donde dejará este pasaje sorprendente: «Sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta, nuestros problemas vitales todavía no se han rozado en los más mínimo». (Wittgenstein, 1987, p. 181). Toda una declaración de principios que lo aleja sensiblemente de las posturas centrales del Wiener Kreis.

La metafísica –para interpolar una incidental apreciación personal– acaso no sea sino la expresión de aquella búsqueda que el hombre emprendió desde que por primera vez –cuándo haya sido eso, es algo que probablemente jamás sabremos con certeza– fue capaz de formular una pregunta que interrogaba por el lugar que ocupaba en el cosmos al constatar que no viviría para siempre. La pregunta por su frágil y perecedera existencia, y su empeño de alcanzar la tranquilidad esencial a través de la aprehensión de algún sustento en un mundo en que hallaba no sólo medios para sobrevivir sino, a cada paso, también obstáculos para desenvolver su vida con tranquilidad –hasta rendir sus armas frente a la final amenaza de la muerte–, quizá haya sido el inicio de aquel quehacer que pasó a denominarse metafísica y que, como hemos visto, pareciera ser la raíz de la reflexión filosófica. Schopenhauer, agudamente, ya se había referido a esto: “La muerte es el genio inspirador, el musagetes [conductor] de la filosofía… Sin ella difícilmente se hubiera filosofado” (Schopenhauer, 1957, p. 65).

La metafísica (y, por extensión, la filosofía) no constituye una doctrina: eso lo dejaron entrever los filósofos que, preocupados por el lenguaje, en el siglo XX, y que transitaban por la ruta abierta por Ludwig Wittgenstein, proporcionaron sugestivos indicios de que finalmente ese sedicente saber, asumido como un cuerpo de conocimientos, no sería sino un producto espectral de los enredos lingüísticos que se generan por un uso extraviado del lenguaje. La metafísica, como lo dejó expuesto con singular agudeza este autor austriaco, en efecto, quizá se habría originado en el intento de volcar a un código lingüístico de naturaleza descriptiva aquello que no se puede decir; de representar con un lenguaje de hechos algo que escapa, por definición, a los mismos hechos: el hombre en su lucha contra los límites que el propio lenguaje le impone ha generado una gran ruma de palabras que, ilusamente cree él, designan algo real, supremamente real. El balance es modesto, trágicamente modesto: acaso y finalmente la metafísica no sea nada más que «toda una nube de filosofía [condensada] en una gotita de gramática» (Wittgenstein, 1999, p. 179). La metafísica, así, no sería más que una simple palabra y quién sabe si de las más vaporosas y esquivas.

Irónico destino de un quehacer que nació con la pretensión de convertirse en un saber fundamental. O pírrica victoria de la razón lúcida –parafraseemos a Camus (1985)–, condenada sencillamente a constatar sus propios límites.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

Referencias:

Antiseri, D. (1976). El problema del lenguaje religioso: Dios en la filosofía analítica. Madrid: Ediciones Cristiandad.

Camus, A. (1985). El mito de Sísifo. Madrid: Alianza Editorial.

Heidegger, M. (1983). ¿Qué es metafísica? Buenos Aires: Siglo XX.

Rorty, R. (1996). “¿Solidaridad u objetividad?”, en Richard Rorty, Objetividad, relativismo y verdad. Escritos filosóficos 1, Barcelona, Paidós, pp. 39-56.

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