Simbolismo y significado social de la muerte

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Los estudios antropológicos actuales interpretan las costumbres funerarias como expresiones simbólicas de los valores de una determinada sociedad. Este enfoque está apoyado en la observación de que gran parte de lo que ocurre en un funeral está determinado por la costumbre. Incluso las emociones que se exhiben en los rituales funerarios pueden estar dictadas por la tradición. A veces se alquilan plañideras, que no son familiares del fallecido, para que lloren y se lamenten. También los momentos y lugares donde los familiares deben mostrar su tristeza pueden estar definidos por las reglas tradicionales.

Algunos antropólogos han observado que, a pesar de la gran variación de prácticas funerarias, siempre existen cuatro elementos simbólicos principales. El primer simbolismo es el color. A pesar de que la asociación del color negro con la muerte no es universal (algunas culturas, contrariamente, prefieren el color blanco) el uso de ropa negra para representar la muerte está ampliamente difundido. Un segundo elemento es el pelo de los familiares, que puede estar rapado o, por el contrario, largo y desordenado en señal de tristeza. Un tercer elemento son las actividades ruidosas con golpes de tambor o cualquier otro instrumento. Finalmente está la utilización de algunas prácticas mundanas en la procesión con el cadáver. La interpretación antropológica clásica considera las ceremonias que rodean a la muerte (así como las que acompañan al nacimiento, a la iniciación a la edad adulta y al matrimonio) como ritos de paso.

En términos sociales, el significado simbólico de la muerte se observa con mayor claridad en los funerales de los gobernantes. En las culturas donde la tribu o la nación está personificada en el gobernante, estos funerales llegan a ser un drama político en el que participa todo el país. El entierro de un gobernante no es sólo un evento religioso; es un acontecimiento de considerables consecuencias políticas y cosmológicas. Las pirámides de Egipto, por ejemplo, se convirtieron en un símbolo y en una prueba de la autoridad real. Dado que los faraones encarnaban la permanencia social y la autoridad espiritual y temporal, su muerte ponía en peligro todos estos elementos. La participación de sus sucesores en los rituales funerarios proporcionaba una sensación de continuidad, y con ella una cierta tranquilidad.

En Tailandia, después de la cremación del monarca, el nuevo rey y los miembros de la familia real tradicionalmente buscaban entre las cenizas fragmentos de huesos. Estas reliquias se convertían en objetos de culto que, de forma indirecta, significaban la continuidad de la presencia y autoridad del monarca fallecido. En sociedades tan diversas como las de Inglaterra, la Francia del siglo XVIII y el pueblo Shilluk en el Sudán, los rituales funerarios de los monarcas estaban relacionados con ideas culturales sobre la naturaleza de la monarquía, del orden político y de la transferencia de autoridad.

*Este post es una colaboración de Manuel Arboccó de los Heros, docente de la Universidad Privada del Norte.

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