Había una vez un genio griego

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Nació en una ciudad llamada Estagira, en Macedonia, al norte de la Grecia continental, en el siglo IV a. C., y muy joven empezaría a cultivar con tesón y brillo aquel quehacer al que los helenos dieron vida hace dos mil seiscientos años y al que llamaron filosofía. Su afán inquisitivo abarcó un amplísimo espectro de temas que luego se convertirían en áreas del saber humano. La biología, la psicología, la astronomía, la política, la ética y la física, de una u otra forma y en alguna u otra medida, partieron de las investigaciones que puso en marcha. Fue él quien sistematizó el conocimiento sobre lógica que se había producido antes, al tiempo que hizo aportes importantísimos en esta rama del saber, todos ellos presentes en el Organon, ejemplar conjunto de sus escritos sobre este tema. Entre sus obras, además, se cuentan aquellas que son consideradas referentes ineludibles de la historia de la filosofía: la Metafísica, Ética a Nicómaco, Política, De ánima, entre otras obras. Su nombre era Aristóteles, fue un genio y para bien o para mal la estela de su pensamiento aún hiende los cielos de nuestra cultura.

Su padre, llamado Nicómaco, fue un renombrado médico de la corte macedónica y miembro del pleclaro clan de los Asclepíades, emparentado, según contaba la leyenda, con la estirpe del dios fundador de la medicina, el mítico Asclepio, quien habría recibido el arte de curar del centauro Quirón. Su madre se llamaba Phaestis, y poco se sabe de ella, a no ser que también procedía de este clan.

Discípulo dilecto del gran Platón (que, a su vez, lo había sido de Sócrates, el tábano de Atenas), Aristóteles permaneció en la Academia platónica hasta la muerte del maestro, y quizá despechado –al nombrarse sucesor a Espeusipo, viendo así eclipsada la posibilidad de ocupar el lugar de su mentor– dejó aquel centro de enseñanza filosófica y fundó el Liceo, donde impartiría su saber. Se cuenta que, debido a una dolencia estomacal, el estagirita –como se lo solía llamar por su procedencia– acostumbraba dialogar con sus discípulos acerca de las materias sobre las cuales se discutía dando largas caminatas bajo un paseo cubierto por árboles: de allí que se conociera a los asistentes al Liceo como peripatéticos (del verbo griego peripatein, caminar).

En el siglo I a. C, Andrónico de Rodas ordenó sus obras. Situó en primer lugar aquellos escritos que versaban sobre los cuerpos sometidos al vaivén del movimiento y a la degradación terrenal, que pasaron a ser denominados «Física». Más allá de estos, emplazó los textos que Aristóteles había pergeñado en torno a las entidades inteligibles, y en donde realizaba pesquisas encaminadas a determinar en qué consistía la existencia como tal hasta llegar a elaborar disquisiciones en torno a lo que él llamaba el motor inmóvil, la substancia suprema, esto es, Dios. Colocados como estaban después de los textos sobre física, Andrónico se refería a ellos como «los que están más allá de los físicos» (ta meta ta phisyca). Esta expresión, con el tiempo, se contrajo, y, a partir de allí, aquellos textos fueron denominados simplemente metafísica. Y así, esta palabra pasó a la historia designando un presunto saber filosófico acerca del ser, acerca de la existencia de las cosas, acerca de las diversas maneras en que se manifiesta la realidad.

Convencido de que la tierra era el centro del universo (fiel a un empirismo ingenuo, pero congruente con lo observado, que sólo siglos después sería puesto en cuestión), Aristóteles conjeturó que sólo esta materia que pisamos era perecedera, pues, según creía, la substancia que habita el espacio por encima de nuestras cabezas era eterna, algo que venía garantizado por el movimiento circular –el único movimiento perfecto para Aristóteles– que perpetuamente exhibían los cuerpos celestes y por el éter del que estaban constituidos. Sin duda coherente (tanto como falsa), su concepción estuvo vigente, gracias al impulso de Ptolomeo, durante cerca de dos mil años, hasta la llegada del perspicaz Copérnico, oscuro astrónomo polaco que pensó que sería mucho más funcional explicar los fenómenos celestes y las anomalías que se advertían en su movimiento si se asumía que no era el sol el que se movía sino nuestro planeta. Con todo, poco más de un siglo después, en la época de Galileo, los astrónomos interpelados por este científico florentino aún se negaban a aceptar, luego de acercar sus ojos al telescopio que este empleaba con entusiasmo para hurgar en los cielos, que la materia sutil de que estaba hecho el sol pudiera tolerar manchas en su estructura, pues, decían, Aristóteles –el «maestro de los que saben», según el gran Alighieri– no lo había considerado así. Pero poco a poco, no obstante, aquel viejo paradigma (para emplear el fraseo kuhniano) fue encimado por el emergente heliocentrismo que ahora es nuestro marco de referencia.

«Soy amigo de Platón, pero aún más lo soy de la verdad», escribió en Ética a Nicómaco: la acotación dejaba establecida así, la distancia crítica asumida por Aristóteles con respecto a la doctrina de su maestro y contra la cual asume una perspectiva que podría denominarse empirista, que, en breve, se manifiesta rotundamente en su concepción ontológica, merced a la cual atribuye a la substancia, compuesta de materia y forma, la condición de soporte de todo lo que existe. En abierta polémica con su mentor, sostuvo que las Formas (aquellas substancias arquetípicas que moraban en los cielos de una verdadera y eterna realidad separada de este mundo transitorio y perecedero, tal como lo había planteado Platón) se encontraban atadas a la materia. Nuestro mundo es, así lo planteó, real y no una copia deficiente y transitoria del reino de lo eterno, como había enseñado su celebérrimo maestro. Esta substancial distancia doctrinaria queda plásticamente representada en aquella célebre pintura de Rafael Sanzio –La escuela de Atenas– en que Aristóteles y Platón, lado a lado, parecen disputar: este, señala al cielo, mientras que su discípulo dirige su mano hacia el suelo.

Si bien su concepción sobre lógica –que tenía a la teoría del silogismo como baluarte– fue superada por el enfoque que a mediados del siglo XIX, de la mano de pensadores como George Boole, Augustus de Morgan y Gottlob Frege, se impuso, impulsada con nuevos bríos desde los terrenos de la investigación filosófica, sería necio negar el peso que tuvo en la estructuración del panorama en el que este tipo de investigaciones se abrió paso. Nada menos que el gran Immanuel Kant –el genio de Königesberg que revolucionaría el panorama de la filosofía en el siglo XVIII– llegó a pensar que después de Aristóteles no era ya posible seguir desarrollando la lógica, pues, pensaba, este saber, gracias al genio del filósofo griego, ya se encontraba acabado y completo.

En el campo de la ética, Alasdair McIntyre, filósofo inglés de reputada trayectoria, hace algunos años proponía recuperar el legado aristotélico para hacer frente al embate de lo que él llamó «emotivismo», una orientación teórica que, progresivamente, habría ido socavando el proyecto de hallar fundamentos que garantizaran la formulación de una ética ecuménica, dando vida, con esto, a posturas que se sitúan en los terrenos del relativismo. La ética aristotélica contendría las claves que harían posible una convivencia saludable en términos sociales y, por tanto, una regeneración moral de nuestras sociedades. Utópico o no, este es el empeño que persigue McIntyre a la luz de la concepción aristotélica.

El destino de las mentes brillantes es proyectarse en el futuro y permanecer como fuente de ideas y esclarecida inspiración de nuevas propuestas. Aun cuando en muchos aspectos Aristóteles haya sido superado, el faro desde el cual destellan sus intuiciones, problemas y respuestas, quizá tímida pero sin duda persistentemente, aún nos alumbra.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

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