El desafío de ser un profesor de educación básica

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Existen actividades y profesiones variadas en nuestro medio y cada cual tiene su importancia y su prestigio social. Abogados, profesores, ingenieros, carpinteros, albañiles, deportistas, etc., etc. Unas y otras tienen un nivel de dificultad relativo, según las circunstancias del sujeto que las desarrolla, la complejidad del objeto, etc. Algunas, sin embargo, tienen un prestigio social muy alto o muy bajo que no resisten un análisis de fundamentos pragmáticos, sociales o científicos. Tal vez el caso más puntual es el de la educación como actividad profesional.

El ser profesor de educación básica en nuestro país (inicial, primaria o secundaria) está bañado de prejuicios y desconocimiento, no solo por parte de quienes en su mayoría desarrollan dicha actividad, sino más aun por parte de aquellos que constituyen su contexto habitual. Lamentablemente, dicha situación ha ubicado a nuestros profesores de escuela o colegio en una de las escalas sociales y económicas más bajas de los últimos tiempos.

En las siguientes líneas, trataré brevísimamente de esbozar algunos argumentos que defiendan racionalmente si la actual condición social, en la que se encuentran los profesores, responde a cuestiones reflexivas o simplemente son creencias que no tienen ningún asidero.

Según la UNESCO (s.f.), “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos (…)”. Como se observará, dicho objetivo se traduce en la tarea fundamental del profesional de educación sea este egresado de un instituto pedagógico o de una facultad de educación de cualquier universidad. Es decir, si tuviésemos que resumir la tarea de un profesor en educación básica, esta sería la siguiente: “Generar situaciones de aprendizajes en base a una compensación de las desigualdades existentes entre sus estudiantes y conducir las diferencias que éstas podrían ocasionar”. Sin embargo, esto no queda allí, puesto que se anuncia también la atención a la diversidad, que se refiere a la necesidad urgente de una enseñanza individualizada o personalizada que debería tomar en consideración las necesidades concretas de aprendizaje de cada estudiante.

Frente a la tarea descrita, ¿qué tipo de conocimientos y habilidades debe tener el profesional que pueda alcanzar semejante objetivo? En primer lugar, queda descartado el perfil del docente que solo enseña a sumar, leer, escribir; el que enseña física, química o historia. Esto es, el docente enseñante no se ajusta en esta tarea de ser educador. Más bien, este último perfil justifica el prejuicio y desconocimiento de la tarea del ser profesor, puesto que si se cree que ser profesor (por parte del mismo profesor) es traspasar un tipo de conocimiento (simple o complejo) a un sujeto “vacío” (supuestamente el alumno), obviamente uno puede concebir que dicha tarea la puede hacer “cualquiera”. Tal vez, esto es lo que ha promovido la creencia equivocada del facilismo en la tarea del profesor de aula.

Pero si ante la complejidad de la tarea encargada, la escuela ha de responder poniendo en funcionamiento situaciones intencionales, deliberadas, de enseñanza y aprendizaje que estando diseñadas adecuadamente traten de compensar todas las necesidades que surjan, produciendo el tipo de aprendizaje que se necesite, entonces, en definitiva, los principios y consecuencias lógicas obligarán a pensar en un perfil de un profesional cuyo conocimiento y competencias consideren con muchísima atención cada uno de los dos polos del tan trillado y poco conocido bucle enseñanza-aprendizaje. Ahora, bien,…vuelvo con la cuestión anterior: ¿cualquiera puede crear situaciones de aprendizaje en una circunstancia de variedad de estilos de aprendizaje, situaciones económicas diferentes, caracteres diferentes, opciones religiosas varias, etc., etc.?

Definitivamente, el desconocimiento de estos procesos por parte de la mayoría de las personas (estudiantes, padres de familia, administrativos, etc.), ocasiona una idea simplista de una tarea que socialmente es más que importante. Tarea que debería revalorarse no sólo desde el punto de vista científico, sino desde la perspectiva individual, social y hasta política: ¿quién forma a nuestros jóvenes?, ¿qué tan capaces son los que tienen dicha responsabilidad?, ¿qué tanta importancia le damos como sociedad a nuestra educación básica?

“Cualquier profesional puede hacer la tarea del profesor en un aula de educación básica”,… se escucha. “En mi colegio me enseña matemática un ingeniero”, casi grita un alumno de un colegio conocido en Cajamarca. Me pregunto entonces, ¿el colegio ha perdido su naturaleza? Acaso estamos pensando en el colegio como sinónimo de preparatoria para la universidad. Tal vez, nos hemos perdido en el hecho de pensar en la escuela como el espacio en donde se ha de asumir que además de las capacidades cognitivas se ha de adquirir capacidades motrices, afectivas o de equilibrio personal, de relación interpersonal y de actuación e inserción social. Nos hemos olvidado que el espacio de la escuela y del colegio es la educación; que el ámbito del acto pedagógico le pertenece a la escuela y el profesional adecuado para tal cometido es el profesor.

Si necesito darle información a un estudiante lo puedo conducir a una biblioteca, conectarlo con Internet y, si fuera el caso, apoyarlo con un instructor. Pero si pienso en un sujeto que debería desarrollar habilidades para construir su propio conocimiento, desarrollar su motricidad, tener una comunicación efectiva, mantener un estado anímico equilibrado, mantener relaciones interpersonales e insertarse a diversos contextos sociales, etc., etc., no puedo prescindir de un profesional que sea capaz de reflexionar estos entornos y esperar de él lo máximo en creatividad para proponer estrategias cada vez mejores que permita educar en toda la extensión de la palabra.

Termino con algunas cuestiones que espero haber contestado: ¿es fácil ser profesor de educación básica?, ¿el aprecio social colectivo que se tiene del profesor responde a una justa reflexión?, ¿qué sociedad nos espera si continuamos pensando en nuestras escuelas como centros en los cuales solo debemos informar?

*Este post es una colaboración de Joel Calua Torres, director de Humanidades de la Universidad Privada del Norte.

Fuentes:

Artículo de la Oficina Regional de Educación de la UNESCO para América Latina y el Caribe, con la colaboración del Instituto de Estadística de la UNESCO (UIS) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

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