Nabokov: leer literatura con la espina dorsal

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El camino al goce o aprendiendo a gozar, en esas dos pequeñas frases podría resumir el objetivo que se propone el escritor ruso Vladimir Nabokov en su Curso de literatura europea. Sobre el goce también trata su novela más famosa, Lolita; y sobre el goce trata aquello que llamamos literatura. Pero hagamos aquí una distinción muy importante: pongamos por un lado el placer de los sentidos más inmediatos del cuerpo, aquellos que nos aproximan más a los animales; y pongamos por el otro el goce de la belleza.

Del primero decían los antiguos sabios que es el camino a la corrupción de lo más elevado que hay en el ser humano; del goce de la belleza, en cambio, que era el camino para aquella elevación. Los místicos medievales hablan, incluso, del goce de la contemplación divina; es precisamente de este goce del que nos habla Nabokov: el goce puro, aquel que, como sucede en la mística, nos separa del mundo terrenal y nos conduce a momentos de plenitud. No obstante estos místicos solo lograban aquella contemplación divina luego de transitar un difícil camino de aprendizaje y desprendimiento; así también, lograr el goce de la literatura solo es posible si nos atrevemos a andar aquel camino trazado por las grandes obras. Nabokov nos ofrece actuar de guía, sigámoslo.

Todo camino implica un tránsito, una distancia que separa dos puntos; en nuestro caso el camino separa dos tipos de lectores: el mal lector y el buen lector. El primero es el punto de partida, el segundo, la meta. Un mal lector es para Nabokov aquel que solo lee porque espera lograr algo “positivo” para su vida a través del libro, aprender sobre algún suceso, alguna época histórica, hasta a aprender a redactar; incluso aquel que espera solo aprender a vivir mejor, que desea encontrar en el autor a un maestro moral. Pero hay otro tipo de mal lector, tal vez el más extendido y menos sospechado, nos referimos al que busca una participación emocional con el libro, aquel que goza siguiendo alguna historia que le recuerde con nostalgia algo del pasado, que se motiva al sentirse identificado con algún personaje: son los lectores sentimentales, aquellos que leen con el corazón.

Para Nabokov estos son lectores que buscan siempre un goce inmediato a través del libro, en esto reside su entusiasmo y su debilidad. El verdadero goce de la literatura, al que deseamos llegar siendo buenos lectores, es particular; solo se logra con la distancia, hay que dejar que el libro sea por sí mismo, olvidarnos por un momento de nosotros mismos y de lo que creemos y esperamos. Aprender a leer bien significa, entonces, aprender a dejar que la obra de arte aparezca frente a nosotros pura y plena. Gozar de la obra es gozar viéndola surgir frente a nosotros, esperar de ella una enseñanza o una añoranza de nuestro pasado es ocultarla, volverla secundaria.

No hay que leer con el corazón, la literatura se contempla (y gozamos contemplándola) cuando estudiamos detenidamente sus detalles, cuando recorremos cada minúsculo espacio de ese mundo creado. Por ello no basta con leer, hay que releer para captar el todo y sus partes al detalle, solo así se muestra a sí misma. La lectura es un acto mental que requiere paciencia y dedicación, solo a través de este proceso podemos ser buenos lectores; solo a partir de ahí podemos estremecernos y gozar plenamente. Por ello no debemos leer tanto con el corazón, pero tampoco tan solo con el cerebro: debemos leer con la espina dorsal.

Hay escritores, dice Nabokov, que elaboran sobre lo creado, estos son escritores de segunda fila; los verdaderos escritores crean mundos nuevos de la nada: toman el caos y forman vida con él, crean orden donde no había. Gozar de la literatura no es otra cosa sino asistir al acto de creación de un mundo nuevo. No estábamos equivocados al comparar el goce de la lectura con el goce de la contemplación divina, en ambos debemos quedar arrobados, fuera de nosotros mismos, ser solo espectadores del acto de la creación. De lo que se trata es de aprender a gozar, leamos por gusto.

*Este post es una colaboración de Carlos Eduardo Tarrillo Bazán, docente de la Universidad Privada del Norte.

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