Fahrenheit 451, entre la barbarie y la esperanza

fahrenheit 451 bradbury

En una sociedad del futuro la tenencia y lectura de libros está penalizada. Un millón de libros figuran en el índex expurgatorio estatal y sólo se leen, entre otros textos de nula relevancia cultural, historietas y periódicos comerciales. La tecnología ha hecho posible ya construir casas incombustibles; los bomberos, por tanto, han dejado de sofocar incendios para dedicarse a una labor abominable: incinerar libros.

Una de las mayores aspiraciones es adquirir «televisores murales» para situarlos en las cuatro paredes de la sala y convertirla en un escenario en que la llamada «familia» –vacuos personajes del mainstream televisivo– interactúa con alelados televidentes siguiendo guiones que recrean situaciones insustanciales y absurdas. La gente dedica la mayor parte del tiempo a ver televisión y a escuchar la radio a través de un pequeño cono que casi permanentemente lleva en las orejas, o a circular a gran velocidad por la ciudad en automóviles que a su paso no vacilan en atropellar personas y perros. Las guerras son una amenaza constante y la última de ellas se presume que será tan corta como letal. El consumo masivo de somníferos forma parte de la rutina de la población. En suma, se trata de una sociedad estructurada sobre la base de regulaciones totalitarias que afectan sensiblemente la capacidad de elegir libremente, en la que la violencia ha sido normalizada, y el vacío existencial ha dado paso a la deshumanización de las relaciones. Una sociedad de este tipo encarna lo que se ha dado en llamar distopía.

Ray Bradbury imagina una sociedad así en su célebre novela Fahrenheit 451, publicada en 1953. En el prólogo de la obra, escrito para la edición de 1993, nos describe la ruta que lo llevó a la escritura de la obra. El incendio de la célebre Biblioteca de Alejandría, con el cual un caudal ingente de cultura se perdió para siempre, y las piras en que se calcinaban los libros prohibidos durante el régimen nazi, fueron hechos que marcaron la aguda sensibilidad de Bradbury, un empedernido lector y asiduo visitante de bibliotecas públicas desde muy niño. Cinco cuentos escritos en distintas épocas irían entrelazando sus temas hasta transformarse en la novela que Hugh Hefner  –en ese entones sólo un joven y desconocido editor– se atrevería a publicar en tres entregas nada menos que en Playboy, su recién lanzada y posteriormente popular revista. Fue toda una apuesta: Estados Unidos se encontraba bajo la neurosis propiciada por la labor inquisitorial desplegada por el tristemente célebre senador católico Joseph McCarthy, dedicado a denunciar a quienes se encontraran bajo la ominosa sospecha de tener vínculos con el comunismo. Publicar una obra que ponía en el centro de su narración la censura ejercida por el estado, aun cuando se tratara de una ficción, constituía todo un riesgo. Afortunadamente, los números de la revista vieron la luz y la novela pudo ser leída, para más tarde convertirse en una obra de culto que nos habla de una sociedad en que la gente vive con ánimo celebratorio la progresiva pauperización cultural que tiene en la destrucción del libro su bárbara expresión, y cuyo emblema es aquella tenebrosa cifra que ostentan los cascos de los verdugos: la temperatura a la que arde el papel. Sí, 451 grados Fahrenheit.

En la contratapa de la edición de Fahrenheit 451, que en 1976 preparara la editorial Minotauro, se recoge la triste impresión que experimentó Bradbury, poco después de haber publicado esta novela. Una imagen que sintetizaba la deshumanización que la tecnología estaba contribuyendo a generar sobrecogió al autor norteamericano: una mujer caminaba abstraída, al lado de su acompañante, diríase sin percatarse de su presencia, ensimismada, conectada como estaba, a través de un audífono, a la pequeña radio portátil que llevaba en una mano. Era este el oscuro símbolo, digamos, de la alienación tecnológica. Una situación que, precisamente, es la que lleva a la sociedad retratada en la novela a abominar de los libros, que son vistos como objetos inútiles que impiden alcanzar la felicidad al llevar la mortificante semilla de la crítica y el resorte vivaz pero fatigoso de la reflexión, fuentes de la incesante búsqueda humana e impulso de las grandes creaciones culturales. Una situación, asimismo, que casi naturalmente –al consagrarse legalmente una actitud que la misma sociedad alimenta– termina en la instauración de una política de estado que censura el uso del libro como vehículo de transmisión de la cultura.

La historia que narra la novela se desarrolla en un momento en que esta prohibición ya ha sido plenamente instituida. Pero paradójicamente –y según lo expone el recalcitrante capitán Beatty–, ha sido la misma tendencia de la sociedad, direccionada hacia el goce inmediato y el vano entretenimiento, hacia la evasión y el culto de la máquina, la que ha debilitado el interés por la lectura de contenido humanista y reducido al libro a la condición de objeto inútil. Los libros –aquellos que abren camino a la imaginación y aguzan la mirada crítica–, según el parecer de la masa, abotargada por estímulos que no le exigen esfuerzo mental, exacerban el afán de saber, generando preguntas que van en busca de respuestas que, en este contexto, definido por una cerril concepción acerca de lo que es la felicidad, son consideradas inútiles y dañinas.

Montag, el protagonista de esta novela, es un bombero que experimenta el aguijoneo de la duda frente al estado de cosas que vive. Sus sospechas acerca del origen de las siniestras restricciones sobre las que se estructura aquella sociedad se refuerzan al conocer a Clarisse, una jovencita que es considerada antisocial según los patrones de evaluación oficiales, pues experimenta goce con aquello que en este escenario distópico, precisamente, es considerado anormal: ella disfruta de un simple paseo por el campo o al empaparse con la lluvia de otoño, se entusiasma con la caprichosa forma de las flores, busca con insistencia el diálogo escrutador, formula preguntas que inquieren sobre los enigmas esenciales de la existencia.

Montag iniciará el camino de retorno. Quiere saber qué dicen los libros que han sido prohibidos. En cada operación de incineración, va robando algunos para esconderlos en su casa. Luego, ya convencido del error tremendo en que ha estado viviendo, irá en busca de un viejo profesor desempleado con el cual decidirán ejecutar acciones contra aquel sistema opresor. Huyendo, luego de cometer un crimen contra la autoridad estatal, el bombero disidente encuentra a centenares de personas errantes que deambulan en el extrarradio de la ciudad llevando libros consigo, pero no entre sus pertenencias tangibles, sino memorizados para ser transmitidos así de generación en generación con la esperanza de que aquel sombrío panorama alguna vez desaparezca para dar lugar nuevamente a una época de florecimiento cultural. La recuperación de aquella frágil libertad se produce en los fueros del pensamiento y la memoria.

En 1966, la novela de Bradbury fue llevada al cine. Bajo el mismo título, el cineasta francés François Truffaut recreó la historia de aquella sociedad distópica. Como es usual, por las peculiaridades del lenguaje cinematográfico, algunos puntos de la narración fueron libremente adaptados. El filme, sin embargo, conserva el espíritu de la novela: recrea con acierto la atmósfera opresiva de una sociedad totalitaria y traduce la perspectiva de quienes, como Bradbury y Truffaut, muestran preocupación por el impacto que la tecnología y el desinterés por la cultura en general, y los libros en particular, podrían tener sobre el destino de la humanidad.

Novela distópica, Fahrenheit 451, sin embargo, contiene un hálito de esperanza. La barbarie se ha enseñoreado en una sociedad que mira con simpatía la prohibición de leer libros que estimulen la imaginación y planteen preguntas esenciales. Pero lejos de abismarse en la angustia y la desesperación aquellos libros andantes que Montag ha encontrado en su huida esperan el retorno de tiempos mejores, en los cuales, sobre las ruinas, con el aporte de aquella memoria colectiva, que heroicamente resguarda el legado de miles de años de cultura, se edifique nuevamente un tiempo de paz y restauración espiritual. Y ello aun cuando, a la vista de la trágica y necia historia humana, se haga evidente que la barbarie y el apogeo espiritual son ciclos que se suceden perpetua y dolorosamente. Granger, el líder de aquella épica multitud nómada, nos dice en uno de los pasajes más vibrantes de la novela: «Y cuando la guerra termine, algún día, algún año, podrán escribirse los libros otra vez; se llamará a la gente, una a una para que recite lo que sabe, y los guardaremos impresos hasta que llegue otra Edad de las Tinieblas, y tengamos que rehacer enteramente nuestra obra. Pero eso es lo maravilloso del hombre; nunca se descorazona o disgusta tanto como para no empezar de nuevo. Sabe muy bien que su obra es importante y valiosa». (Bradbury, 1976, p. 138).

En un mundo como en el que estamos viviendo –y no para condenarlo, sino sobre todo para procurar comprender en alguna modesta medida su curso actual–, Fahrenheit 451 es una novela que resulta casi una obligación leer.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

Referencias:

Bradbury, R. (1976). Fahrenheit 451. Buenos Aires: Minotauro.

1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas (5 valoraciones, promedio: 2,40 de 3)
Cargando...

También te podría gustar...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *