El embate del «nuevo ateísmo»

Ya hace algún tiempo, las bases de la religión están siendo socavadas por cuatro intelectuales de reconocido talento. Se les conoce como los cuatro jinetes del ateísmo, y se han revelado como los tenaces defensores de lo que, en sentido estricto, ellos prefieren denominar «nuevo ateísmo»: una postura frontalmente impugnadora de la creencia en Dios, que alejada de la prédica política sustentada en la ideología marxista, se presenta ahora como una postura de base científica que se esfuerza en aportar argumentos firmes para rebatir la existencia de Dios.

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Christopher Hitchens (†), Richard Dawkins, Sam Harris y Daniel Denett son estos cuatro abanderados de la cruzada contra lo que ellos y sus seguidores consideran simplemente una gran farsa. Apoyados en los descubrimientos que la investigación científica de siglos y, sobre todo, en estos últimos tiempos, ha logrado realizar, estos cuatro intelectuales, todos ellos especialistas en algún ámbito de la investigación científica y con importantes obras publicadas, se muestran decididos a demostrar que la religión cumple un papel nefasto en el desarrollo de la cultura al favorecer únicamente el oscurantismo, el temor y la culpa.

No obstante, pareciera que tanto el fanatismo religioso (ojo: el fanatismo; no la expresión espiritual, serena y proverbialmente humana, de fe en una instancia, digamos, suprema) cuanto el ateísmo del tipo que propugnan estos adalides del iluminismo científico, esto es, el descreimiento militante e intransigente que se manifiesta en la necedad de demostrar la inexistencia de dios (algo así –para decirlo con un retruécano– como el extravagante propósito de fundar una «creencia en la no creencia de dios») constituyen, cuando cruzan insidiosamente el terreno de la tolerancia, actitudes abominables en pareja medida.

En este contexto, podría traerse a colación las antinomias que formuló Kant en la Crítica de la razón pura.  Como él lo planteaba, en asuntos de esta índole, asuntos que tienen su raíz en profundas demandas espirituales, en cuyo ámbito es imposible recurrir a pruebas empíricas (pues, para decirlo en los propios términos del filósofo alemán, se trata de esferas que ilegítimamente trascienden los límites de la experiencia posible), cualquiera de las dos tesis en contienda puede ser sustentada con igual fuerza argumentativa. Proponerse demostrar la existencia de Dios (pongamos por caso, a través de las pruebas aportadas por Santo Tomás de Aquino y San Anselmo en la Edad Media, y, actualmente, arguyendo como lo hace la teoría del diseño inteligente, que viene a ser algo así como la avanzada científica de la religión), o, por el contrario, tratar de demostrar su inexistencia (a través de la labor de estos cuatro jinetes del nuevo ateísmo, por ejemplo) son empeños destinados por igual a la esterilidad probativa. Qué puede ser considerado un buen argumento en términos objetivos es claro que no puede determinarse con absoluta precisión. Tanto ateos como creyentes «sienten» que sus propios argumentos son los mejores. Aunque, claro, un creyente acaso podría dejar zanjado el asunto diciendo que la fe no tiene que ser objeto de argumentación o sustentación racional. Pero, teniendo en cuenta que la disputa en torno a este tema, usualmente supone el enfrentamiento de argumentos, se constata, por lo dicho, que puede resultar igual de absurdo, descabellado, en fin, necio, pugnar por demostrar cualquiera de estas dos posibilidades.

Richard Dawkins publicó el 2006 un libro al que intituló The God Delusion (traducido al español bajo el título de El espejismo de Dios). En esa obra, entre otras cosas, Dawkins sostiene que la religión es un obstáculo para gozar de una vida verdaderamente plena, liberada de falsedades y mitos. Él, al igual que los enemigos de la fe religiosa, piensa que una vida tal sólo puede ser alcanzada luego de haber desfondado ese suelo de creencias absurdas que, en su opinión, es la religión.

Y sin embargo, sucede algo curioso. Millones de creyentes viven a diario experimentando los frutos de lo que ellos consideran una vida plena precisamente porque cuentan con una base de creencias inconmovible: la religión en muchos aspectos se revela edificante. Esto es lo que muy agudamente advirtió William James. Este filósofo norteamericano rescataba ese fondo espiritual de la religión que resultaba ser fecundo. No se trata de saber si dios existe o no existe, si realmente las creencias religiosas contienen una verdad ultraterrena, lo realmente importante y vital es que las consecuencias que en muchos casos se desprenden de la convicción y el compromiso que se ponen en juego al asumir creencias de ese tipo finalmente son beneficiosas para el ser humano. Claro, aquí, nuevamente, puede surgir un debate más acerca de qué cosas son «realmente» beneficiosas para el ser humano. Y ante esto, yo no sabría sino decir lo que suelo decir al respecto: no creo que existan patrones de evaluación absolutamente neutrales que nos permitan determinar de modo absoluto qué cosas son realmente beneficiosas. Aunque a algunos esto resulte particularmente irritante, lo diré: todo depende de la perspectiva que se asuma.

Sospecho que iniciativas como la patrocinada por el nuevo ateísmo, a la postre, y paradójicamente, fortalecen la fe de los creyentes. En efecto, ¿qué mejor confirmación de lo que anuncian las Escrituras acerca del duro combate que, al final de los tiempos, tendrán que enfrentar los justos contra las «huestes del maligno», que ver la manera en que estos cuatro jinetes del nuevo ateísmo arremeten contra la fe religiosa? ¿No podría ser interpretado este hecho, en efecto, como una señal de que los tiempos postreros se acercan y, por ello, considerar el despliegue de una circunstancia tal una razón para que los creyentes fortalezcan su fe? De manera contraproducente, la crítica ateísta de la religión, podría, a la postre, fortalecer aquello que busca debilitar y aun eliminar.

Heterodoxia es un libro publicado por Ernesto Sabato en 1953. Se trata de una obra que continúa, de alguna manera, la reflexión que en torno a los conflictos existenciales en que se debate el hombre en medio de una sociedad adoradora del frenético progreso tecnológico. Sabato iniciara a través de Uno y el universo, en 1945, luego de abandonar para siempre su labor como físico. Bueno, pues, en aquella obra, mencionada aquí en primer lugar, y que por cierto tiene una factura peculiar (se compone de entradas ordenadas alfabéticamente que indican un tema que sirve de eje para una breve reflexión; se trata de una suerte de «diccionario existencial»), al momento de abordar el ateísmo, Sabato, formula una definición a un tiempo parca, desconcertante y contundente; dice, sencillamente: “Ateísmo: secta religiosa”. Una excelente y aguda definición que pinta en dos palabras la raíz de una actitud como ésta.

Creer o no creer: no me parece que sea éste el dilema crucial. Lo fundamental –ésta es una de la pocas convicciones que me acompañan– es procurar respetar, en la medida de lo posible, a aquellos que no piensan como nosotros.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada, docente de la Universidad Privada del Norte.

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1 respuesta

  1. 13 diciembre, 2016

    […] o no creer (ya lo dije en un texto posteado hace algún tiempo): no me parece que sea esa la cuestión fundamental. Lo central para el hombre […]

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