El hombre: ¿lobo o cordero?

Desde la filosofía, se han formulado concepciones que se han propuesto explicar la naturaleza humana. Rousseau fue uno de los pocos pensadores que asignaba al hombre un origen inmaculado. Planteaba el filósofo ginebrino que el hombre nacía bueno, pero la sociedad lo corrompía. El autor de El contrato social consideraba que las artes y las ciencias, lejos de haber supuesto un progreso de las calidades morales humanas, habían empeorado su condición.

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Thomas Hobbes, en el extremo opuesto, sostenía que el hombre era un ser esencialmente malvado y que por ello se revelaba necesario instituir un poder externo a él que limitase sus impulsos destructivos. Acudiendo a una figura bíblica, llamó Leviatán al poder político, al gran dios mortal, al cual los súbditos delegaban la potestad de instaurar y mantener un estado de paz y orden, sacrificando para ello, en medida importante, las libertades individuales. «El lobo es lobo del hombre», dejó escrito el filósofo inglés, retomando un pasaje de Plauto.

El pesimismo antropológico de Hobbes ha sido la ruta más transitada por aquellos que han abordado  –con pretensión sistemática o no– el problema acerca de la naturaleza del hombre. Es el caso, por citar un nombre célebre, de Emil Michel Cioran, autor que es conocido por su pesimismo antropológico a ultranza. El hombre, dice, es la escoria de la creación. Es el destructor por antonomasia. Es la mácula del cosmos. Un ser destinado a la muerte que no logra comprender la inanidad de una existencia sin sustento ni trascendencia.

En otro marco ideológico, incluso el ilustrado Kant, mucho antes, en el fulgurante siglo XVIII, etapa de la historia que respiraba confianza plena en el progreso, en algún escrito sobre filosofía de la historia nos dejó esta desconcertante sentencia: «De una madera tan retorcida como lo es el hombre, difícilmente se puede sacar nada derecho».

Podríamos extender este breve catálogo. Y allí figurarían Arthur Schopenhauer, Ernesto Sabato, Sigmund Freud, Henry James, Friedrich Nietzsche, Fiodor Dostoievski y un largo etcétera. Todos ellos con una lucidez que podría juzgarse despiadada, entrevieron la oscura condición humana.

Ahora bien, yendo a un nivel más concreto, ¿bastaría para arrojar luces acerca de las razones que impulsan a un ser humano a seguir una conducta criminal apoyarse exclusivamente en planteamientos filosóficos? Quizá no sea muy productivo plantear este problema (un problema de ineludibles implicancias sociales, que se sitúa, así, en el terreno de la praxis) apelando exclusivamente a doctrinas filosóficas, y menos aún, considerando en este ámbito de reflexión, también de manera excluyente, una sola perspectiva, como sería el caso si se asumiera que, por lo que dicen los autores a los que hemos mencionado (exceptuando, claro, a Rousseau), la naturaleza del hombre es esencialmente malvada. En este terreno quizá sea más fecundo considerar también lo que ha descubierto la investigación científica. En este campo se han logrado importantes niveles de comprensión del problema acerca de los orígenes de la conducta criminal.

El problema de la conducta delictiva, sus causas, las posibilidades de predecirla y las respuestas que en términos sociales, biológicos, ambientales o multifactoriales se han dado con respecto a ella constituye el campo de estudio de la criminología. En este campo de investigación confluyen diversas disciplinas, entre las que vendría bien mencionar la antropología criminal, la neuropsiquiatría, la psicología forense, la sociobiología y la genética.  Se trata de un campo en que se divisan intensos debates por lo peculiar del objeto de estudio, a saber, el hombre: un ser asaz complejo, en que confluyen además de la dimensión social, aspectos psicológicos y factores biológicos.

Si se sostuviera, cargando de esta forma toda la responsabilidad sobre ella, que es la sociedad la que «fabrica» delincuentes, se estaría asumiendo una postura determinista y por esto precipitadamente reduccionista. El ser humano no es solo el producto del medio ambiente, de las interrelaciones con sus semejantes, pues es además, un ente biológico en el cual neurotransmisores, hormonas y componentes bioquímicos diversos interactúan generando también procesos que tienen un innegable efecto sobre su conducta. Estudios llevados a cabo en el campo de la psiquiatría neurológica y la genética, han arrojado importante información concerniente al impacto que la dimensión biológica ejerce sobre la conducta. Esta asunción, por supuesto  –y esto es algo que es vital recordar– no implica ni por asomo asignarle un papel determinante en última instancia a este factor, pues, de hacerlo, se estaría adoptando el extremo opuesto, esto es, se estaría postulando un determinismo biológico. Pero, con todo, este dato  –el influjo de lo biológico– no debería soslayarse al momento de hurgar en las causas de las conductas criminales. La investigación científica actual sobre el tema, se inclina a sostener que este tipo de conductas disfuncionales se generan a partir de la confluencia de factores de orden biológico en combinación con causas que proceden del entorno social.

Y, sin embargo, creo que hay otro factor que no debería pasarse por alto. Y en este punto se torna inevitable retornar al terreno de la teorización filosófica. El ser humano (y esto lo plantearon plausiblemente los pensadores existencialistas de inspiración atea, me refiero a Albert Camus y Jean-Paul Sartre) no está determinado ni social ni biológicamente; el hombre se va haciendo a medida que «existe», a medida que va eligiendo entre diversas opciones, entre diversas situaciones que le salen al frente. Es conocidísimo aquel aserto de Sartre que hace referencia a esta idea: «El hombre está condenado a ser libre».

Así, pues, tendríamos al menos cuatro factores que habría que considerar al momento de intentar siquiera esbozar un somero panorama en torno a los orígenes de la conducta criminal. Están ahí los procesos biológicos: enjambres de genes, neurotransmisores y hormonas determinando la marcha de los procesos de nuestro organismo; están también los factores ambientales conformados por el influjo que sobre nuestra conducta tiene el entorno familiar, la escuela, los amigos, los medios de comunicación y todo aquello que se incrusta en el tejido social del cual somos esencial parte integrante; operan también como un factor insoslayable las estructuras psicológicas que otorgan el cariz singular a nuestro temperamento y en donde discurren procesos cognitivos, afectivos y motivacionales; y, en la misma medida, se encuentra operando en nosotros la libertad que nos distingue de los animales inferiores y que para decirlo con Kant, hace posible que el ser humano funde (o pueda fundar) en cada una de sus acciones una nueva cadena de efectos y causas.

Comulgo con una perspectiva multifactorial en la explicación de la conducta antisocial: ni la sociedad, por sí sola, genera delincuentes; ni la biología determina unilateralmente las conductas criminales. Ambos factores, al lado de la arquitectura psicológica que da forma a nuestra mente y prefigura nuestros apetitos, confluyen para dar lugar al nacimiento de conductas delincuenciales, en medio de las cuales se encuentra presente también, aun cuando se manifieste seguramente con frecuencia sólo con un leve pálpito de voluntad, abotagada por tantos condicionamientos en esta sociedad plagada de estímulos, la posibilidad de elegir: la libertad humana.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

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