Aaron Swartz y la cultura digital

Un documental que circula en Youtube, El hijo de internet: la historia de Aaron Swartz, nos aproxima a la heroica aventura que fue la vida de este joven norteamericano. Se lo ve allí, muy pequeño, con apenas tres años, leyendo en voz alta sus cuentos favoritos, y, en otros pasajes, muy interesado frente al monitor de una computadora, jugando, y, luego, ya con nueve o diez años, programando.

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A su precoz talento para la programación se uniría más tarde su interés por el activismo político y su preocupación por la promoción de las libertades en el ámbito de los medios virtuales. Fue cofundador de Reddit, un marcador social con software libre, que luego fue vendido y actualmente cuenta con millones de usuarios. Ganador de premios en certámenes de innovación tecnológica cuando aún era un adolescente, integró el equipo creador de las fuentes RSS  –formato para la sindicación de contenidos en línea–,  y dedicó su vida a promover con ardor la denominada cultura libre. Este joven brillante murió a la temprana edad de veintiséis años. Ocurrió a inicios del 2013, y la historia fue más o menos como sigue.

Convencido de que los contenidos culturales debían circular sin restricción de ningún tipo, Aaron creó un script para descargar cantidades ingentes de artículos académicos de acceso restringido. Su blanco fue JSTOR (Journal Storage), uno de los sistemas de archivo en línea de publicaciones periódicas más conocidos, y dedicado a la venta de artículos científicos. Pues bien, el joven Aaron puso manos a la obra: sentado frente a un ordenador del Massachusetts Institute of Technology (el célebre MIT), instaló su programa y comenzó con la operación. El resultado: alrededor de un millón de artículos descargados con la intención de liberarlos en la red y ponerlos a disposición de cualquiera que quisiera leerlos, sin costo alguno. El propósito, en definitiva, no era lucrativo; por el contrario, el objetivo de Aaron era dar un paso más en la edificación de una cultura para la libre circulación de la información.

Se denunció el hecho y el fiscal inició una demanda contra Swartz. Poco después, Jstor se inhibió de continuar con el proceso. Pero el MIT asumió una actitud ambigua y sobre esta base el fiscal decidió mantener la demanda. Muchos condenaron esta decisión.

Aaron enfrentaba la posibilidad de ser enviado a prisión con una condena de treinta y cinco años y una multa impuesta a ser pagada, digamos, durante toda su vida. De hecho, la legislación norteamericana contempla penas mucho más blandas para algunos crímenes –verdaderos crímenes– que resultan ser definitivamente más escabrosos que el que presuntamente cometió el joven activista. Es claro que el rigor de la persecución fiscal de ningún modo fue proporcional a la falta cometida por Aaron. Aunque es claro también que bajo la legislación norteamericana no se trataba de una falta, sino de un crimen. De un grave y abominable crimen. Aaron no estuvo dispuesto a soportar no solo la presión social y la posibilidad de ir a parar a la cárcel, sino la tremenda injusticia que se iba a cometer con él y decidió poner fin a sus días. La rocambolesca acusación fiscal determinó la fatal desaparición de un brillante joven con sanas ideas libertarias. El 11 de enero de 2013 su cuerpo fue encontrado en su habitación suspendido de una viga.

Lawrence Lessig, incansable promotor de la cultura libre y entrañable amigo de Aaron, también cuestionó la acción emprendida por el estado norteamericano. En un pasaje del texto que hizo público en su blog, pocos días después de la muerte de su camarada,  Lessig expresó su indignación sin cortapisas; refiriéndose a la acusación que formuló el fiscal, escribió: «Aquí es donde necesitamos un mejor sentido de justicia, y también de vergüenza. Pues lo extravagante en esta historia no corresponde solo a Aaron. También lo es la absurda conducta del fiscal. Desde un inicio, el fiscal actuó tan empecinadamente como le fue posible para caracterizar lo que Aaron hizo del modo más extremo y absurdo. La «propiedad» que Aaron había «robado», se nos dijo, eran valiosos «millones de dólares»  –con la insinuación (…) de que su propósito había sido lucrar con su crimen. Pero cualquiera que diga que se puede hacer dinero con un montón de artículos académicos es o bien un idiota o un mentiroso. Es claro que este no era el caso, y sin embargo, nuestro fiscal continuó presionando como si hubiera agarrado a los terroristas del 9/11 con las manos en la masa» (Lessig, 2013).

La muerte de Aaron hizo saltar a la palestra uno de los puntos más polémicos en el contexto de las nuevas tecnologías de gestión de la información: la propiedad intelectual. ¿Es posible mantener aún vigentes normativas que regulan la propiedad intelectual y que están pensadas para procesos y objetos que se encuadraban, antes de la irrupción de los medios digitales, en parámetros de intercambio físico? Hablando del texto escrito, y, específicamente, de los textos académicos, ¿es posible restringir su circulación y aplicar punición a aquellos que osan poner en circulación copias de estas obras, sin ningún ánimo de lucro? Richard Stallman, cabeza visible del movimiento por el software libre, en uno de sus  cuentos plantea la posibilidad de que se llegue al extremo algún día, y sobre la base de la vigencia de estas restricciones impuestas a la libre circulación y consumo de productos culturales, a la prohibición de leer textos que no hayan sido comprados por uno mismo. Se trata de un panorama distópico que, sin embargo, podría estar muy cerca de nosotros.

Cómo consumimos textos, cómo los adquirimos y cómo los escribimos y publicamos son cuestiones que se han visto profundamente modificadas por el uso de las tecnologías digitales, que han hecho posible miniaturizar la información y ponerla en circulación de forma muy rápida y a bajo costo a través de canales que potencian increíblemente la gestión y difusión de los datos. El panorama colectivista en el terreno social y económico –y cuya inviabilidad las circunstancias históricas se han encargado de mostrar con el derrumbe de los regímenes de Europa del este– pareciera que pugnan por materializarse ahora en el terreno de la información: la demanda de la cultura hacker, libertaria por definición, es romper las barreras que en el ciberespacio impiden la libre circulación de los productos culturales y, con esto, lograr la democratización del acceso  a ellos. Es buscar la socialización, no ya de los medios de producción, como pretendía Marx, sino de la propiedad de la información y de los recursos que nos permiten acceder a ella, modificarla y distribuirla.

Este tipo de escenarios controversiales son los que se sitúan en el centro de la dinámica generada por las nuevas formas de comunicación, aquellas que gestionan la información ahora bajo modalidades innovadoras que trastocan nuestras ideas (basadas en una lógica que nos remite a la cultura de la imprenta, cuyo eje, como sabemos, es el texto impreso  accesible a través del libro en soporte físico) y que vienen transformando el modo en que vemos el mundo. Se trata del paradigma en cuyo vórtice nos encontramos ahora mismo: la llamamos cultura digital. Para emplear una imagen incorporada por Nicholas Negroponte en su célebre obra, El mundo digital, el actual comercio de bienes culturales se produce sobre la base de intercambio no de átomos, sino de bits. No es descaminado concebir que este nuevo modo de gestión de la información, al permitir una distribución más rápida –mucho más rápida– y una sensible disminución de los costos, traiga aparejada una real democratización del acceso a los productos culturales digitalizados. Ese era, en esencia, el sueño de Aaron Swartz. Un sueño por el que sucumbió y que quizá algún día podamos ver convertido en realidad.

*Este post es una colaboración de José Antonio Tejada Sandoval, docente de la Universidad Privada del Norte.

Referencias

Lessig, L. (13 de enero de 2103). Prosecutor como bully [publicación en blog]. Recuperado de http://www.lessig.org/2013/01/prosecutor-as-bully-3/

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1 respuesta

  1. 14 diciembre, 2017

    […] Aaron Swartz, un joven activista norteamericano, experto en informática y defensor acérrimo de la libre circulación de la información, infringió esta normativa legal y vulneró los sistemas de seguridad de un conocido repositorio de comercialización de artículos académicos (JSTOR), y estuvo a punto de liberar en el ciberespacio más de cuatro millones de artículos académicos, luego de descargarlos empleando una computadora de una famosa universidad de Estados Unidos, el MIT, que inició una demanda, que luego retiró. […]

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