El sentimiento trágico de la felicidad

Una mañana, antes de entrar a clase, un ex alumno que prepara su tesis en psicología se cruzó en mi camino al aula. El joven fue siempre un alumno destacado y decidió no solo saludar cordialmente sino también comentarme sobre el tema de su investigación, el que trataba sobre los ítems y pruebas predictoras de la felicidad, investigación que manifiestamente está desarrollada sobre la base de la llamada psicología de la felicidad. Luego de comentarme detalles psicométricos me pidió mi opinión. Le pregunté entonces si conocía la historia de Creso, rey de Lidia. Él se quedó callado por un momento y luego dijo que no, además preguntó qué tenía que ver con el tema de la felicidad.  Pregunta que de repente también te estás planteando estimado lector. Pregunta que procuraremos responder a continuación.

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Según nos cuenta Heródoto[1], Creso, aproximadamente en el año 560 a.C., se convirtió en uno de los reyes más jóvenes y prósperos de la antigüedad. Tenía sometida a una cantidad significativa de pueblos griegos, y producto de sus conquistas había conseguido grandes tesoros. Tenía dos hijos, uno de gran fortaleza física, su más probable heredero, pues su otro hijo era sordomudo y débil. Su pueblo lo aclamaba en la cumbre de la prosperidad. Fue por esas fechas cuando Solón, uno de los siete sabios de Atenas, como era costumbre en aquellas épocas, se encontraba visitando  los diferentes reinos y pueblos para conocerlos. Creso, que se consideraba un hombre feliz por encima de los demás, en vista a su popularidad  y riquezas, entre otras fortunas, mandó prontamente a invitar a Solón al reino de Lidia.  Ordenó a sus súbditos que le proporcionen un aposento lleno de comodidades y que por tres días hagan pasear a Solón por los salones de los tesoros del reino de Lidia. Así lo hicieron y al término del recorrido llevaron a Solón con Creso. Éste al verlo le dijo:

“Huésped ateniense, hasta nosotros en efecto ha llegado enorme fama en torno a ti a causa tanto de tu sabiduría como del viaje, ya que por el afán de ver mundo has recorrido mucha tierra procurando instruirte; pues bien, ahora me sobrevino el deseo de preguntarte si ya conociste a alguien que sea el más dichoso de todos”.

Creso consideraba que por sus riquezas, poder y juventud, él mismo era el hombre más feliz. Esperaba entonces recibir una respuesta elogiosa de Solón; sin embargo, la respuesta lo dejó desconcertado. En primer lugar, y como ejemplo de hombre feliz, Solón citó a Telo de Atenas, quien gozó de salud, tuvo hijos y nietos buenos y sanos a quienes vio disfrutar  de la vida. Telo murió en perfectas condiciones de vida, es decir, no sufrió alguna enfermedad o afección que lo desgastara progresivamente. Según se cuenta, los atenienses tuvieron una batalla con los eleusinos, durante la cual Telo salió a hacer frente al  enemigo, consiguiendo que huya, aunque murió en esas circunstancias y fue por esto elogiado por los atenienses.

Luego de la narración de Solón, Creso se mostró un tanto dudoso y preguntó quién era el segundo más dichoso,  creyendo nuevamente que él sería reconocido con ese título. Sin embargo, rápidamente Solón respondió: “En segundo lugar, los más felices son Cleobis y Bitón”. Ambos eran dos jóvenes argivos campeones de las competencias atléticas, gozaban de salud y de medios económicos para vivir cómodamente. Se cuenta que en las fiestas en honor a la diosa Hera, se necesitaba llevar a la madre de Cleobis y Bitón en un carruaje, pero por diferentes motivos los bueyes que tiraban del carro no estaban cerca, así que los dos jóvenes tiraron del carro dando muestra de fuerza extraordinaria, además de amor a su madre. Al llegar al templo, “(…) la madre, que estaba rebosante de alegría tanto por la acción como por la fama, colocándose enfrente de la estatua suplicó que a Cleobis y a Bitón –sus propios hijos–, que le habían honrado sobremanera, la diosa les concediese lo que para el hombre es mejor alcanzar”. Luego de la súplica y el banquete, los dos jóvenes se quedaron dormidos dentro del templo y nunca despertaron. Rápidamente, los argivos hicieron estatuas y los elogiaron por mucho tiempo. Naturalmente, Creso se molestó con las respuestas de Solón y le preguntó acremente al sabio por qué no lo consideraba entre los más felices.

La respuesta de Solón no deja de ser sumamente interesante. Calcula Solón que el hombre vive en promedio setenta años, lo que es equivalente a veinticinco mil doscientos días,  que, dependiendo de las variaciones de los meses que hacen lo griegos, pueden llegar a ser hasta veintiséis mil doscientos cincuenta. Sostiene Solón que ninguno de estos días es igual al otro. Todo cambia. En ese momento, Creso efectivamente era un hombre muy rico, tenía mucho poder, pero nada podía asegurar que sea un hombre feliz para los demás días que aún no había vivido. Solo se puede decir que es feliz aquel que ha terminado su vida en pleno uso de sus facultades y no le ha sobrevenido la desdicha. Terminando esta historia, Solón fue despedido del reino y le sobrevinieron una serie de desgracias a Creso. En el momento más álgido del infortunio, el rey de Lidia recordó lo que el sabio ateniense le había dicho y entendió que era cierto.

¿Qué es realmente la felicidad? ¿Podemos medirla? ¿Podemos predecirla? ¿Arribaremos a esta respuesta solo cuando hayamos alcanzado la muerte, como dice Solón? ¿Podrá la psicología contemporánea desentrañar este misterio tan antiguo como la humanidad misma?

* Este post es una colaboración de Christian Córdova Robles, docente de la Universidad Privada del Norte.


[1] Todos los pasajes citados  han sido tomados de Heródoto (1994) Historias: Libros I-IV. Madrid: Ediciones Akal , pp. 54-55.

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2 Respuestas

  1. Alejandrina Isabel Araujo Contreras dice:

    Gracias…no conocía la historia de Creso el Rey de Lidia…la felicidad es un tema muy complejo..particularmente..soy feliz cuando estoy en armonia con las personas que me rodean…Saludos y Bendiciones

  2. Alan dice:

    Es muy buena la historia de Creso, la felicidad es un estado del alma, producto de la interacción de muchos factores que la hacen muy difícil de medir. En el concepto contemporáneo solo es cuantificable el grado de bienestar que experimentamos en el día a día respecto a nuestras vivencias, cuya sumatoria acumulada hasta el fin de nuestros días podrá calificarse como felicidad o desdicha.

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